Memoria

Doblando la esquina que llueve

Pasión, disciplina, profesionalismo, calor humano, sanación. Teresa Dal Pero tenía todas esas virtudes y más; de ahí el porqué de tantas vidas marcadas por su amistad y arte.
domingo, 28 de marzo de 2021 · 00:01

Jullia Peredo Guzmán

Fotografía de portada / Mariana Bredow

Día del Teatro y vuelven a llover los homenajes con tus fotos, tus imágenes, tu voz. Poder hablar con las personas que te han querido, que han conservado algo tuyo para devolverlo en sus ojos encendidos, es quizás el mejor regalo que me ha tocado vivir en estos días en que tu ausencia, a pesar de todo empeño, empieza tristemente a hacerse parte de lo cotidiano. 

Mi historia contigo empieza más o menos como la de todas las teatreras bolivianas de mi generación. Te veo bajar del escenario, veintitantos que suelen parecer menos, el pelo rubio y desordenado enmarcando una sonrisa luminosa y feroz, y un pequeño aretito en la nariz. Desarmas la escenografía en un silencio que se me hace sagrado, eclesiástico. Me miras y yo te sonrío balbuceando un par de preguntas desde la perplejidad de mis nueve años recién cumplidos. María Teresa. Me cambias la vida, me revelas lo único que desde ese momento tendrá sentido en ella y te vas como si no hubiese pasado nada, doblando la esquina en que llueve un jacarandá morado mientras comes como un pajarito unas galletas waffle. Esas, tus favoritas, para siempre tendrán el sabor de nuestras tardes de ensayo y risa, algo que todavía no alcanzo a sospechar: ejercicio que de tan profundo le devolverá la ligereza al resto de mi universo.

María Teresa Dal Pero
(Ferrara, Italia, 1966-2021) / Foto del archivo de la autora.

Desarmas la escenografía en un silencio que se me hace sagrado, eclesiástico. Me miras y yo te sonrío balbuceando un par de preguntas desde la perplejidad de mis nueve años recién cumplidos. María Teresa. Me cambias la vida...

Tuve la suerte de reconocerte varias veces y de maneras distintas. Años más tarde, como maestra en un curso de dirección que me ayudó a entender el oficio como nunca lo había concebido: un hacer desde el cuerpo, un significado nacido de la acción y no al revés. Luego, lectora cautiva, volví a encontrarte a través de tu obra en mi tesis, trabajo que hubiera sido imposible sin tu ayuda. Resulta que tus puntos de partida mezclaban a Vian, a Simone Weill, a la gente que conocías por azar o maravilla, un libro en italiano publicado por una editorial extinta en los 70 y, por supuesto, a tu propia vida, a la que siempre diste la cara con toda la intensidad de la que fuiste capaz. Detalles que alimentaron mi cariño y que escribo con la misma sonrisa con la que tú me has recibido, y escuchaste desde entonces mis delirios sobre tu trabajo, tu talento, tu historia personal. 

Así, un día me escuchaste cantar y tuviste la generosidad de invitarme a un proyecto al que, de tan parecido a un sueño cumplido, me aterraba. Tuve que hacer la audición de espaldas para no temblar mientras tú te reías y hablaba el Pollito, irónico y a la vez conciliador con mi pánico. Los que te conocen, conocen al Pollo, al señor Oh Detto y alguna otra entidad que nació de tu sentido del humor, de tu versatilidad, de tu mirada lúdica y desprejuiciada sobre todas las cosas. Explicarlos es algo difícil. No eran y eran personajes que, de pronto, brotaban en tus reacciones espontáneas, y a veces surgen también entre los que te queremos, como vuelven las mareas de las cosas verdaderas. Esa mirada siempre solícita, siempre receptiva, amorosa y artera a la vez, la tenías también a la hora del consuelo, de la charla de café y de la sanación que obrabas en las personas sin un atisbo de pretensión o superioridad, aún cuando, todos lo vimos, venías de una esfera mucho más alta. 

Los que te conocen, conocen al Pollo, al señor Oh Detto y alguna otra entidad que nació de tu sentido del humor, de tu versatilidad, de tu mirada lúdica y desprejuiciada sobre todas las cosas.

En Vozabierta, nuestro proyecto conjunto, fui creciendo asombrada y conmovida ante la rigurosa disciplina con que encarabas cada una de tus curiosidades y tus deseos. Imagino que eso era lo que te hacía tan deslumbrante. Tu voz de tormenta y cuna, tu cuerpo pequeño que se hacía de pronto inmenso en escena, son algo que ha quedado grabado en todos los que hemos tenido el privilegio de presenciarlo. 

"Tu voz de tormenta y cuna, tu cuerpo pequeño que se hacía de pronto inmenso en escena". / Foto de archivo de la autora.

En todas partes tu nombre siempre está rodeado de gratitud. 

Y es que, más que maestra, has sido siempre una compañera entrañable y dejas mucho más que el cariño, la admiración o incluso la vocación. Demostraste que es posible habitar el tiempo en tus propios términos, que no es necesario hacer concesiones ni pelear para conseguirlo, que se trata apenas de una forma de transcurrir. Y lo has hecho así, simple. Con tus abrazos interminables, tu oído atento, tu energía prodigiosa y desconcertante, con la tenacidad, el coraje y el humor con que enfrentaste también tus últimas horas. Son varios y vanos los intentos que tengo de despedirte, tal vez porque las personas como tú no se van nunca. Acaso el único homenaje posible sea encontrarnos en tu nombre, a tu manera irreverente y solemne al mismo tiempo, tener para siempre presente eso que has demostrado con tu vida, y te escucho decir en el último mensaje: “Es todo un aprendizaje, depende de cómo decidas vivirlo”. 

 

  • Julia Peredo Guzmán es cantante, escritora y teatrista. Público cautivo desde 1994.

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