Confesiones

Ictus

Si usted no sabe lo que es un ictus pase y lea. Si sabe, pase y comparta el sentir de una nieta que, a pesar de las circunstancias, todavía disfruta de la sonrisa de su abuela.
domingo, 28 de marzo de 2021 · 00:04

Ariadne Ávila

 

Era de noche. Por primera vez, mientras caminábamos tomadas del brazo conversando, la vi frágil. 

—Te acompañaré hasta tu casa —le dije interrumpiendo la charla.

—No, mamita… Yo te acompaño.

Era natural que lo propusiera. Cada vez que salíamos juntas de algún lugar, era ella, mi abuela, quien me llevaba a casa en su auto. Sin embargo, en aquella ocasión, ambas salimos a pie. Quedamos en acompañarnos hasta la última esquina a la que cada una podía llegar sin desviarse de su camino. Sentí preocupación al despedirme, pero la dejé ser libre, como siempre. Y esa noche, todo salió bien.

La mañana del 24 de diciembre, unos días después de nuestra última caminata nocturna y a la víspera de nuestros festejos navideños, llegó a mi celular un mensaje de mis padres. Mi abuela había sufrido un accidente cerebrovascular. 

Fui hasta su departamento y corrí a su habitación. Cuando la vi, no podía hablar, ni mantenerse de pie sin perder el equilibrio, ni encontrar los detalles mínimos de su cotidianidad (cremas, perfumes, aretes, celular). Mi madre y la señora que trabajaba limpiando la casa buscaban sus prendas y accesorios; mi padre hacía llamadas (a la ambulancia que no llegaba, a mis tíos, a mi hermana); yo solo atiné a sentarme frente a ella y sostener sus manos por un instante, mientras ella intentaba, desesperadamente, pedirnos algo sin lograr articular las palabras para nombrarlo. Miré de reojo la habitación y pensé en el día que mi abuelo falleció. Sentí terror.

La mañana del 24 de diciembre, unos días después de nuestra última caminata nocturna y a la víspera de nuestros festejos navideños, llegó a mi celular un mensaje de mis padres. Mi abuela había sufrido un accidente cerebrovascular. 

¿Por qué se tardaba tanto la ambulancia?

Imagen / Pixabay

Accidente cerebrovascular (ACV)

También llamado ictus. El flujo de sangre hacia una parte del cerebro se detiene, sin este flujo las células neuronales comienzan a morir por no recibir oxígeno y nutrientes. Una persona puede morir con un ACV. Durante el accidente, el paciente siente dolor de cabeza, puede sentir confusión, debilidad muscular, incapacidad para entender el lenguaje y entumecimiento del rostro. Apenas se presentan estos síntomas, debe buscarse atención médica.

Ventana terapéutica

Las primeras seis horas después de sufrir un ACV son muy importantes. Durante este tiempo queda abierta la llamada ventana terapéutica, en la cual puede aminorarse el daño sufrido por el cerebro e incluso, en ciertos casos, puede evitarse la muerte. El diagnóstico, por ende, tiene que realizarse con rapidez y el paciente debe llegar a tiempo a un centro médico. 

Nunca supimos a qué hora empezó el ACV de mi abuela. La mañana del 24 de diciembre, la señora que hacía la limpieza en su departamento la encontró, al llegar, sin habla, totalmente confundida sentada en su cama. Ya habían pasado horas desde que había iniciado el cuadro.

Tuve que irme del departamento después de un rato. Mi padre me pidió que le ayudara con mi hermana menor y otros pendientes que habían quedado al aire en su casa aquella mañana. Entonces, me quedé a la deriva, sin certezas. Me enteraría de todo después, cuando mi padre o mi madre me lo contaran luego de todo el caos. 

Sin embargo, para ellos tampoco hubo certezas. Y durante un largo tiempo, quedaron en la misma incertidumbre que yo. Me contaron que, al llegar al hospital del seguro de mi abuela, los médicos intentaron que ella hablara. Y ella no podía. Me contaron que se la llevaron dejándolos en espera y la tuvieron largo rato haciéndole pruebas. Me contaron que debían hacerle una tomografía, pero en ese hospital no había equipo para hacer tal estudio, así que la llevaron a otro. Yo llamaba, como loca, a mis padres, a mis tíos que estaban ahí, a mi esposo. A veces alguien contestaba, a veces nadie. Cuando alguien contestaba, solamente me entregaba segmentos minúsculos de la información que necesitaba conocer.

Entonces, me quedé a la deriva, sin certezas. Me enteraría de todo después, cuando mi padre o mi madre me lo contaran luego de todo el caos. 

Todo parecía suceder con lentitud. 

Finalmente, a las cinco y media de la tarde, llegaron mis padres con noticias. Aún me parecieron insuficientes. Mi hermana del medio, doctora, llegó con ellos y explicó mejor el cuadro, con chuwis (como dicen): “Parte de su cerebro se ha muerto”, nos dijo. “Está incompleta”, pensé, “parte de ella se ha perdido”. E intenté seguir escuchando, tratando de comprender el hueco que las circunstancias abrían en nuestra vida. Después de oír todo lo que tenían para decirme, me fui a verla. 

Quería encontrarme con mi abuela, mirarla a los ojos y comprender qué tanto se había perdido de ella. Al llegar al hospital, corrí a la habitación en la que estaba y la encontré dormida, rodeada de familiares. Estaba tranquila. Me sintió entrar y se alegró al verme, pidió mi mano y se la di. Al sentir la tibieza de su piel y su mano presionando con ternura la mía supe que seguía ahí y que, a pesar de todo, estaríamos bien. Para entonces, ya eran casi las siete de la noche, así que todos los familiares fueron despejando la habitación para ir a pasar la Nochebuena y nos quedamos solas por un momento.

Al sentir la tibieza de su piel y su mano presionando con ternura la mía supe que seguía ahí y que, a pesar de todo, estaríamos bien.

Se sentía quietud y paz en el ambiente. No duraría mucho.

Después de un rato, soltó mi mano con brusquedad. Su rostro, antes plácido y sumido en el descanso, se arrugaba. Le pregunté si estaba bien; no hubo ningún tipo de respuesta. Empezó a moverse de un lado al otro sin hallar posición para quedarse tranquila. Poco a poco, aquella mano con la cual me había devuelto las esperanzas comenzaba a ponerse rígida, doblada, entumecida. Le pregunté a una enfermera qué estaba sucediendo, ¿era necesario llamar a un doctor?; pero me dijo que eso era normal y sujetó el brazo con una venda que aseguró a la cama del hospital. 

Tuve que irme, pues ya se acababa el horario de visitas. 

En la madrugada, nos contó mi padre –quien se quedó con ella–, mi abuela se incomodó aún más. Su brazo fue perdiendo movilidad, también su pierna y todo el lado derecho de su cuerpo. Se escaparon un par de palabras de sus labios y no volvió a decir más nada.

Tipos de ictus

Existen varios criterios de clasificación para los ACV. Uno de los más conocidos divide a estos en hemorrágicos (cuando se rompe un vaso sanguíneo del cerebro) e isquémicos (cuando una obstrucción en las arterias impide el paso de sangre). La mayoría de estos accidentes son isquémicos, como el de mi abuela. 

Entre otra de las clasificaciones que existen, está aquella que clasifica los ACV de acuerdo a su perfil temporal. El ictus con tendencia a la mejoría es aquel en el que el paciente recupera rápidamente (en tres semanas más o menos) el 80% de su déficit neurológico. El ictus estable es aquel en el que se detiene el daño cerebral en las primeras 24 a 72 horas. El ictus progresivo muestra un aumento de la lesión cerebral y, por tanto, un empeoramiento en los síntomas.

Al día siguiente, el día de Navidad, volvieron a hacerle una tomografía, preocupados por sus síntomas nuevos. La mancha negra en su cerebro que le había quitado las palabras había crecido expandiendo la oscuridad, llevándose, ya no solamente el lenguaje, sino esa libertad que tanto amaba mi abuela: No podría mover el lado derecho de su cuerpo, todo el lado derecho. Y eso no era todo. La mancha podía seguir propagándose, oscureciendo su cerebro, quizás, hasta apagarlo. 

Estuvo en observación en el hospital por varios días. Confundida, sin habla, fuera de sí. A ratos se la veía muy presente, a ratos se perdía en aquella oscuridad de su cerebro. A veces buscaba la soledad. Creo que la atosigábamos. Y es que no podíamos dejarla en paz, simplemente no podíamos despegarnos de ella. Temíamos mucho. 

Pasaron los días y, por suerte, la mancha negra llegó a su límite de expansión. Mi abuela pudo regresar a casa. Sin palabras ni movimiento en su lado derecho, pero viva.

A ratos se la veía muy presente, a ratos se perdía en aquella oscuridad de su cerebro. A veces buscaba la soledad.

Hemiplejia

La mitad del cuerpo del paciente deja de moverse; a veces, incluso, se llega a perder la movilidad de la mitad del rostro. Una persona hemipléjica requiere de ayuda y asistencia para sus actividades cotidianas. 

Rehabilitación

Después de sobrevivir a un ictus, el paciente debe seguir un proceso de rehabilitación en el cual se intentará recuperar todas las pérdidas: habla, movilidad, motricidad, memoria, etc. Este proceso puede alargarse muchísimo, incluso años. Y a pesar del tiempo que pase y todos los avances que se consigan es muy probable que nunca se alcance el 100% de las capacidades que se tenían antes de sufrir el accidente cerebrovascular. 

Ha pasado un año y unos meses desde el accidente cerebrovascular de mi abuela. Ahora vive con mis padres y hace poco cambió la silla de ruedas por un bastón. Ya no me lleva a casa ni nos acompañamos mutuamente por las calles de La Paz, tampoco conversamos con palabras; no volvió a pronunciarlas ni a leerlas ni a escribirlas. Una enfermera cuida de ella de lunes a viernes y mi madre, con ayuda de mis hermanas y mi padre, la cuida los fines de semana. Sigue haciendo fisioterapia; muy lentamente va recuperando la movilidad de su mano derecha, va pisando mejor con el pie derecho. 

"Queda un camino largo y quizás sin muchos frutos; pero la batalla más pesada terminó y mi abuela ha ganado".

Su vida ha cambiado y aún existe posibilidad de que sufra un nuevo accidente cerebrovascular; sin embargo, poco a poco fue saliendo del abismo oscuro que muestran las tomografías de su cerebro y volvió a sí misma. Le gusta que la visitemos. Nos invita a tomar asiento en la sala y participa activamente de nuestras conversaciones con gestos, risas y miradas. Se hace la burla de todos nosotros y nos hace reír también, como antes, como siempre. Incluso se ríe, a veces, de su propia incapacidad de hablar. 

Queda un camino largo y quizás sin muchos frutos; pero la batalla más pesada terminó y mi abuela ha ganado.

 

  • Ariadne Ávila es escritora y editora de textos. Tiene publicada una novela, El laberinto sin paredes, y cuentos dispersos en antologías.

 

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