Crónica

De pan vivió el hombre

Lo que un panadero mira cada madrugada mientras reparte el pan, durante la cuarentena cambió. ¿Por qué los minibuses de siempre esta vez cargaban pollos en vez de gente? ¿Por qué las caseras estuvieron a punto de alabar otro pan?
domingo, 18 de abril de 2021 · 00:07

De pan vivió el hombre

Testimonio de un panadero

 

Luis Raimundo Quispe Flores

 

Se había ya decretado la cuarentena parcial pero las cosas siguieron más o menos normales hasta el día domingo en que se decretó el encierro total. Desde ese día las cosas cambiaron. La cuarentena fue dura pero fue apenas la primera manifestación fáctica del virus. Como una bestia insaciable e infalible, el virus acecharía nuestras calles, nos “estudiaría” a la perfección para finalmente meterse en nuestros hogares y trabajos para dejar daños y vacíos que nos serían difíciles o imposibles de reparar. Así pasó en muchos hogares, así pasó en el mío.

Prevenidos por las noticias del exterior y adiestrados por otros momentos de crisis, en nuestra casa, en El Alto, donde también funciona nuestra panadería, mi padre, mi hermano menor y yo, nos habíamos abastecido con los insumos necesarios para trabajar un buen tiempo sin reaprovisionarnos. Así pues, el domingo antes del primer día de cuarentena rígida trabajamos de manera normal preocupados solo por la distribución del pan, pues las disposiciones del gobierno nos confundían un poco al manifestar que se garantizaba la circulación de artículos de primera necesidad, pero al mismo tiempo decía que sólo podrían circular vehículos con un permiso especial. No sabíamos si el minibús que usábamos para repartir el pan podría circular libremente. Nuestra dirigencia, por su parte, solo pudo decirnos que no habían coordinado nada aún pero que por el momento saliéramos temprano y portando la licencia de funcionamiento.

Ilustración Sol Alfa Osorio / Colectivo Amuyayaña.

Así como no nos detenían la gran mayoría de feriados o paros, ni las dudas nos detuvieron el primer día de cuarentena. A las 5:30 am, mi padre y yo salimos con el minibús como lo hacíamos todos los lunes. Pero no era un lunes normal y aquello nos recordó el paisaje con el que nos encontramos. A las 5:30 las calles nunca estaban llenas ni muy bien iluminadas pero siempre nos topábamos con las luces de minibuses y taxis, y también con gente que esperaba tomar alguno de esos vehículos.

Raimundo junto a primos y hermanos.

Aquel lunes solo encontramos oscuridad, silencio y vacío. El lugar donde más se hizo notar el cambio fue el cruce entre las vías del tren, la  avenida Estructurante y la avenida 6 de Marzo (mejor conocido, el lugar, como “la riel”). Sin importar la hora del día, noche o madrugada, siempre se podía ver movimiento allí, pero ese día no había nada; como faros solitarios sólo brillaban las luces de los semáforos cambiando de colores para nadie. Después de pasar por ese cruce, mientras manejaba, me sentí invadido por una sensación que solo podría identificar con la extrañeza, esa extrañeza que transmiten las películas y cuentos de terror o ciencia ficción. Esa sensación  disminuyó sólo cuando llegamos a las cercanías de la recién habilitada avenida Arica, cuando  nos topamos con los camiones repartidores de gas y de pollos, con los que siempre nos cruzábamos a esa hora. Estaba ya clareando pero las luces de esos camiones se sintieron más importantes que la cercana luz plena del sol.  

A las siete de la mañana, mientras repartíamos el pan a nuestras últimas casera en la zona Unificada Potosí, el panorama no había cambiado mucho, el sol ya había salido pero casi no había ni gente ni vehículos circulando. Cuando terminamos, estacionamos el minibús en la parada de aquella zona como era nuestra costumbre; todos los días mi padre yo tomábamos allí un par de jugos de quinua mientras charlábamos sobre la venta del día, pero ese día no pudimos hacerlo, nuestra casera de jugos no había salido, así que nos tocó charlar con la boca extrañando el sabor de ese jugo. Mirando el lugar donde solía estar el puesto de nuestra casera, hablamos sobre lo jodidos que serían los días en adelante para todos aquellos que no podrían trabajar durante la cuarenta rígida; gente como nuestra casera o como los choferes de los minibuses. Esa gente que no recibe sueldo ni de una empresa ni del Estado la pasarían muy mal. 

Ilustración Ana Sainz Young / Colectivo Amuyayaña.

Antes de partir se nos acercó un perro de esos que rondan la parada en busca de alimento, esos a los que siempre les damos algunos pedazos de los panes desechos. Mientras le daba su ración, le dije “toma muchacho, yo por lo menos voy a seguir viviendo”.

En el camino de regreso pensé nuevamente en mi casera, en los minibuseros y en mi amigo, el perrito, sintiendo una agridulce sensación por la fortuna que tenía mi gremio de poder seguir trabajando. Me sentí entre los verdaderos privilegiados. No solo de pan vive el hombre sino de la voluntad de sobrevivir.

Me sentí entre los verdaderos privilegiados. No solo de pan vive el hombre sino de la voluntad de sobrevivir.

Si la vida te da limones aprende a hacer limonada, dice una vieja y conocida frase, y aunque algo trillada me parece adecuada para describir el modo en que la gente supo adaptarse para sobrellevar económicamente la cuarentena. Solo el flojo muere de hambre, escuché decir muchas veces a mi padre, y desde la ventanilla de nuestro minibús repartidor de pan, en las calles vi que la gran mayoría de nuestra gente puede adolecer de muchos defectos, menos el de la flojera.

Solo el flojo muere de hambre, escuché decir muchas veces a mi padre, y desde la ventanilla de nuestro minibús repartidor de pan, en las calles vi que la gran mayoría de nuestra gente puede adolecer de muchos defectos, menos el de la flojera.

 

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Durante las dos primeras semanas de cuarentena la venta de pan se elevó entre un 10 y 15 por ciento. Aquello no nos sorprendió ni a mí ni a mi padre, pues comprendimos que ante la escasez o subida de precio de muchos alimentos, la gente recurría al infaltable y confiable pan. Lo que sí nos sorprendió fue que luego de unas tres semanas nuestra venta bajó significativamente, llegando al punto de que algunas caseras pedían solo la mitad de la cantidad que habitualmente nos compraban. Aquel bajón en la venta tenía explicación en dos hechos relacionados directamente con la falta de trabajo que había ocasionado la cuarentena: mucha gente, al verse sin ingresos, había optado por hacernos la competencia elaborando y vendiendo pan en las calles, mientras que otras muchas personas, tomando en cuenta que era tiempo de cosecha, habían decidido irse al campo. Aquella explicación, que supimos por boca de nuestras caseras, no nos cayó tan mal como podría esperarse ya que la disminución de los ingresos significaba también más tiempo de descanso. Por otro lado, aquella explicación alejó el temor de que la situación estuviera tan mala que la gente simplemente ya no podía comprar siquiera un pan. 

Aquel bajón en la venta tenía explicación en dos hechos relacionados directamente con la falta de trabajo que había ocasionado la cuarentena: mucha gente, al verse sin ingresos, había optado por hacernos la competencia elaborando y vendiendo pan en las calles, mientras que otras muchas personas, tomando en cuenta que era tiempo de cosecha, habían decidido irse al campo.

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Mencioné que aquella primera mañana de cuarentena rígida, no nos topamos con ningún minibús; pues bien, ese panorama cambió tres semanas después. Los minibuses volvieron a circular, solo que sus pasajeros ya no eran personas sino aves. 

Debieron aparecer allí muchos días antes pero nosotros no notamos su presencia sino hasta que su número era ya muy elevado ¿Qué hacían tantos minibuses y una fila de gente en las puertas de aquella empresa que meses antes había sido saqueada? Eso no lo pudimos saber sino hasta que nuestra casera nos lo contó. Aquellos minibuses y sus choferes se amontonaban allí para comprar pollos que luego distribuían a tiendas y ferias de distintos barrios. No sé exactamente cuántos de los minibuses y sus dueños cambiaron de rubro pero debieron ser muchos, porque era cada vez más frecuente encontrar esos vehículos que en el lugar donde antes llevaban el letrero de sus rutas llevaban ahora un llamativo logo de pollos Sofía. 

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Pese a lo esforzado de nuestro oficio, siempre valoré su seguridad y estabilidad, porque pocos alimentos son tan universales y por supuesto infaltables como el pan en la mesa. Y ese hecho resulta una ventaja, un privilegio con respecto de otras actividades. Sin embargo, esa misma virtud del oficio del panadero puede convertirse en una desventaja. Porque cuando mi padre enfermó, por ejemplo, no quedaba más que cumplir la responsabilidad de producir pan, cueste lo que cueste.

Ilustración Gabriela Copa / Colectivo Amuyayaña.

Sin embargo, esa misma virtud del oficio del panadero puede convertirse en una desventaja. Porque cuando mi padre enfermó, por ejemplo, no quedaba más que cumplir la responsabilidad de producir pan, cueste lo que cueste.

En el horno trabajábamos tres personas: mi padre, mi hermano menor y yo, a un promedio de nueve horas al día. Era un trabajo fácil de cumplir. Pero la falta de papá, cambió todo; la falta de sus manos y su dirección. Fue muy difícil llenar el vacío que dejó, no tanto por la suma de horas de trabajo sino porque mi hermano y yo no teníamos aún perfeccionadas las técnicas del chapeado y el horneado. Los primeros días sin él, sacamos panes duros, planos, quemados y deformes. Aquella ineficiencia nuestra era desesperante pues nuestras caseras, exigentes como todo cliente, amenazaron con pedir el pan de otro panadero. Fue muy difícil. Sin embargo y por fortuna, después de semana y media de duro trabajo logramos sacar panes aceptables.

La familia de panaderos. A la izquierda, el papá; sin él,
no es lo mismo

Aquella ineficiencia nuestra era desesperante pues nuestras caseras, exigentes como todo cliente, amenazaron con pedir el pan de otro panadero.

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Cuando corrieron las voces de un nuevo bloqueo en plena emergencia sanitaria creí ingenuamente que no llegarían a hacerlo, que las evidencias de la realidad del virus y su letalidad harían entrar en razón a los políticos, pero no fue así. Los bloqueos sucedieron y se dieron con más fuerza en el Distrito 8 donde repartíamos el 60 por ciento de nuestro pan. Aquellos bloqueos endurecieron nuestra ya difícil labor.

El minibús, listo para partir el pan.

Porque la nueva crisis que significaba el encierro del Distrito 8 elevó la cantidad de pedidos y nuestras horas de trabajo. Lo segundo todavía pudimos soportar, mi hermano y yo; pero lo realmente difícil fue hacer llegar nuestro a las caseras. Aunque hacíamos esfuerzos, como salir más temprano para esquivar los bloqueos, estos se hicieron cada vez más contundentes particularmente en algunas zonas como Unificada Potosí, a la cual no podíamos acceder de ninguna forma por los tres puentes que nos daban acceso, porque estaban completamente zanjeados (abrieron zanjas para impedir el pas) y vigilados desde muy temprano. Durante más de dos semanas, no tuvimos más remedio que estacionar el minibús cerca de la avenida Arica y repartir el pan desde allí a pie. Mi hermano se quedaba cuidando el minibús y yo me daba modos para cargar en yutes unos 150 panes y caminar varias cuadras y en repetidos viajes para llegar hasta la puerta de los puestos de venta de nuestras caseras. 

Mi hermano se quedaba cuidando el minibús y yo me daba modos para cargar en yutes unos 150 panes y caminar varias cuadras y en repetidos viajes para llegar hasta la puerta de los puestos de venta de nuestras caseras. 

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La enfermedad de mi padre y los bloqueos fueron momentos duros para nosotros pero la pandemia aún nos tenía otra sorpresa más: la escasez de gas. El gas, ese insumo vital para mantener el calor del horno, empezó a escasear justo los días de bloqueo pero no precisamente porque bloquearan la planta de gas, sino porque los trabajadores de ésta comenzaron a enfermar haciendo que la producción cayera en picada. Ese fue el acontecimiento que nos llevó realmente al límite. 

Ilustración Giovani Durán de la Vega / Colectivo Amuyayaña.

Luego trabajar toda la noche, luego de repartir nuestro pan durante el día y desde la madrugada, mi hermano y yo íbamos a hacer fila a la Planta para comprar gas. Los primeros días tardamos solo una hora, más o menos, haciendo fila; era algo tolerable para nosotros en ese entonces, pues creímos que serían pocos días, pero no fue así. Con el paso del tiempo, las filas se hicieron cada vez más largas, igual que las horas de espera. Fueron días terribles, parados bajo el sol al lado de nuestras garrafas debatiéndonos entre el cansancio, la impaciencia y el sueño. En dos ocasiones llegamos con el gas a las tres de la tarde y ya no pudimos más; solíamos dormir cuatro, tres y hasta dos horas antes de trabajar, pero esos días no tendríamos ni eso. Mi hermano y yo no teníamos el virus pero de pronto estábamos sin fuerza en los músculos y sin aliento en el pecho.

Fue realmente una dura prueba para nuestros cuerpos y voluntades cumplir con nuestra labor. Pero pese a ello, sentíamos la satisfacción de poder mantener a flote el principal y único ingreso de nuestra casa mientras nuestro padre convalecía; y, segundo, quizá mi mayor complacencia era que a pesar de todo teníamos más contacto con las caseras y saber que, aunque tarde, lográbamos hacer llegar un producto que muchas familias aisladas y sin recursos necesitaban. Lo normal siempre fue que las caseras se enojaran si llegábamos unos 20 minutos tarde, pero aquellos días de bloqueo y de escasez de gas, aunque llegábamos a veces casi una hora y media tarde, no recibimos ninguna queja.

Así se miraba Senkata los días del conflicto. El pan por encima
de todo.

Ha pasado más de un año, y si bien no estamos en cuarentena rígida, vivimos aún acechados por el virus. Recuerdo aquellos días y sólo se me ocurre pensar que los que podemos debemos seguir trabajando, y los que no, buscar medios nuevos para hacerlo. Porque sólo trabajando podemos combatir no al virus sino sus consecuencias, pues mantener nuestros hogares vivos es la única forma de vencer el vacío en los bolsillos, el vacío de nuestro ánimo y hasta el vacío que nos dejaron muchos. Solo la vida puede vencer a la muerte y el trabajo, entiendo yo, es la mayor expresión de ésta.

 

  • Luis Raimundo Quispe Flores es egresado de la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, maestro panadero y orgulloso vecino alteño.

 

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