Croniquita

Dos papás para un fin de semana

Un grupo de amigues, llega a la recepción del hotel donde pasarán el fin de semana. De entrada, una pregunta desata el despelote que se arma con su presencia: ¿A nombre de qué “familia” está hecha la reserva?
domingo, 18 de abril de 2021 · 00:04

Mayra Romero Isetta

Cuando llegamos al balneario, la encargada nos preguntó a nombre de qué familia se había hecho la reservación. Todos nos miramos confundidos: “¿Familia?”, y casi instintivamente  volteamos a ver a uno de los varones del grupo, es decir, a quien había hecho la  reservación. Intimidado por la mirada de desaprobación que nos lanzó la recepcionista al  darse cuenta de que la genética del grupo era tan variada que era imposible que seamos  una familia, el pobre Dan alcanzó a balbucear su apellido. 

Intimidado por la mirada de desaprobación que nos lanzó la recepcionista al  darse cuenta de que la genética del grupo era tan variada que era imposible que seamos  una familia, el pobre Dan alcanzó a balbucear su apellido. 

Al revisar el registro, la recepcionista nos volvió a mirar feo. Éramos tres chicas y dos chicos. Nadie en el grupo aparentaba ser una pareja, o al menos no una convencional. Por el contrario, cuando entró Leo, el otro chico, y entregó el paraguas a Dan, los ademanes de  ambos los delataron. Esto acrecentó el filo de los ojos de la responsable que nos atendía;  era obvio que no esperaba que llegara un grupo de amigos. Con la voz gélida nos anunció que la cena estaba sirviéndose en el comedor principal. Entonces, Leo nos dijo que fuéramos primero a comer, y que luego bajáramos las cosas del auto; Dan, mientras tanto, recogía las llaves de las habitaciones y nos señalaba el comedor, así como los papás reparten instrucciones a sus hijos. 

Todas eran familias “tradicionales” y ellos... / Fotografía C. Lanza

La entrada al comedor fue triunfal, porque al silencio que provocamos cuando ingresamos  le faltaba la música dramática de La Rosa de Guadalupe y un primer plano de las caras de  los comensales. Todos ellos eran familias “tradicionales” de todas las edades, incluyendo  perritos de compañía. Nosotros éramos los únicos que no teníamos parentesco. 

Todos ellos eran familias “tradicionales” de todas las edades, incluyendo  perritos de compañía. Nosotros éramos los únicos que no teníamos parentesco. 

Una vez sentados, nos trajeron la sopa en un bol. Al estar más cerca Dan del recipiente, se puso de pie y comenzó a servirnos la cantidad que le indicábamos, mientras que, por su  parte, Leo distribuía el pan en los platitos de cada uno. El chiste general comenzó ahí, ya  que estos actos eran algo paternales. Además, uno nos había traído en su auto y el otro  había hecho la reserva y los pagos; los nombramos oficialmente “nuestros papás” durante  ese fin de semana. Este nombramiento lo celebramos con risas estruendosas y un brindis con jugo, que resonaron mucho más por el silencio incómodo que causamos entre el resto de los huéspedes. No iba a ser la única vez que los incomodaríamos durante nuestra estancia. 

Y es que para los miembros de la Comunidad LGTBI+ no es raro, ni nuevo, crear familias  artificiales, sean estas permanentes o temporales. Como me dice el mismo Dan, se crean  “redes de solidaridad”, puesto que, en la mayor parte de los casos, son las familias  biológicas las que rechazan la diversidad sexual, así que no les queda más que unirse entre ellos para conformar su propio núcleo familiar.

En Bolivia, hay grupos famosos como la Familia Galán, que se formó en 1997, y ese  apelativo de “familia” no ha sido accidental. David Aruquipa, en un texto publicado en 2016  narra que “esta familia, sin saber lo que estaba construyendo, se constituyó en un espacio  afectivo, un espacio comunitario, que ayudó a cicatrizar esas huellas que traíamos tatuadas  en nuestros cuerpos”. 

Nos hacen creer que la sangre tiene más peso, y que en algún momento la biología puede  tener su momento de sensibilidad; sin embargo, esta ilusión se rompe con cada noticiero.  Basta ver una reciente historia en los medios: Alessandra, una mujer trans rechazada por su familia, incluso en la muerte, pues, quienes corrieron con los gastos funerarios fueron los miembros de su “familia arcoíris”. 

Nos hacen creer que la sangre tiene más peso, y que en algún momento la biología puede  tener su momento de sensibilidad; sin embargo, esta ilusión se rompe con cada noticiero.  

La nuestra era un arcoíris, aunque solo jugábamos a ser familia por el puro gusto de  provocar ese rato. Después de cenar, volvimos al auto a recoger el equipaje. Nuestros  flamantes padres nos organizaron de tal forma que todes cargáramos algo casi del mismo peso y nos guiaron a las habitaciones. Teníamos más o menos una hora para prepararnos para la celebración de Año Nuevo, así que la más coqueta del grupo se autonombró maquilladora oficial, y esto implicaba que todes debíamos pasar por sus manos. 

... la más coqueta del grupo se autonombró maquilladora oficial, y esto implicaba que todes debíamos pasar por sus manos. 

La segunda entrada triunfal la tuvimos a las 11:23 de la noche, cuando dimos los  primeros pasos en el salón principal del establecimiento. No había protocolo de vestimenta, así que cada uno estaba como más cómodo le parecía, excepto que tanto hombres como mujeres íbamos maquillados con pedrería de fantasía, emulando piercings y antifaces. Otra vez el silencio incómodo entre los otros invitados, y esta vez sí había música de fondo, aunque no tan trágica como en la Rosa de Guadalupe. Eso sí, el impacto que causaron nuestros papás maquillados fue único. Las señoras mayores de algunas mesas no dejaron pasar la oportunidad de murmurar a sus esposos o familiares cercanos sobre lo  “inapropiada” que era nuestra presencia en el lugar. 

No había protocolo de vestimenta, así que cada uno estaba como más cómodo le parecía, excepto que tanto hombres como mujeres íbamos maquillados con pedrería de fantasía, emulando piercings y antifaces. / Fotografía C. Lanza.

Eso sí, el impacto que causaron nuestros papás maquillados fue único. Las señoras mayores de algunas mesas no dejaron pasar la oportunidad de murmurar a sus esposos o familiares cercanos sobre lo  “inapropiada” que era nuestra presencia en el lugar. 

La música comenzó y fuimos los primeros en salir a bailar, no en parejas sino en grupo.  Nuestros papás mantenían su rol de “hombrecitos” y dirigían el ritmo, además de hacernos  dar vueltas (a veces incluso a dos de nosotras al mismo tiempo). Yo, por mi tamaño y a  modo de broma, les hice dar un par de vueltas a los chicos. Esto tampoco fue bien visto por  la audiencia. 

Todes sabíamos por qué: ¿hombres maquillados? ¿Una mujer dirigiendo a los hombres al  bailar? El rol que se otorga a las personas no debe definirlas, menos en un núcleo familiar. El hombre no tiene que ser necesariamente “el macho” agresivo, proveedor, protector, grande  y fuerte; y la mujer no tiene que ser “la damisela en peligro” delicada, maternal y abnegada. No obstante, estos roles están empotrados en el imaginario social, y eso obstaculiza la ruptura de estereotipos calcáreos que se antojan como moralmente correctos. 

Para alivio de nuestra sociedad, el Código de las Familias contempla el abanico de diversidades al definir la conformación de un grupo  familiar. / Fotografía Pixabay

Para alivio de nuestra sociedad, el Código de las Familias (este plural tampoco es  accidental) contempla el abanico de diversidades al definir la conformación de un grupo  familiar. De hecho, en su Libro Primero habla de la diversidad, interculturalidad y equidad  de género que puede nacer en una familia por consanguineidad, adopción o afinidad. Es  decir, que es posible romper con ese molde que en algún momento se nos presentó como  único: un papá trabajador, una mamá dedicada al hogar, hijos (preferentemente parejita),  en una casita amarilla con jardín. 

En fin, parecía que nuestra única misión era causar escozor entre los otros huéspedes los  días de nuestra estadía. Al día siguiente decidimos dedicarnos a la gula y a la pereza. A  orillas de la piscina, Leo y Dan una vez más se encargaron de armar la mesa, organizar las  sillas, y, para sorpresa nuestra, Dan había preparado masitas para nosotros, pensando  justamente en nuestro momento de relajación. 

Varios niños se nos acercaron, curiosos por las piezas de los juegos de mesa que llevamos, sin embargo, no tomaba mucho tiempo para que la madre o la abuela apareciera como leona para salvar a su cría de las garras de los disfuncionales que no tenían vergüenza de mostrar sus tatuajes, de jugar en la piscina, pero, sobre todo, de manifestar su amor entre ellos con discretos actos como tomarse de la mano o abrazarse. 

Nuestro acto final se dio en el almuerzo. Un tema de conversación llevó a otro: matrimonio, matrimonio igualitario, reproducción humana, adopción, aborto, planificación familiar, roles familiares; era como si los dioses paganos hubieran confabulado para que justo nosotros tengamos que discutir sobre esos tópicos con toda la pasión y conocimiento de causa que nos fuera posible. 

Fue Leo quien se dio cuenta de que el silencio en el comedor era abrumador. Solo el tintineo de la vajilla se percibía. Los jefes de familia de las otras mesas, con miradas severas habían instruido a sus respectivos clanes que comieran en silencio, a toda velocidad y sin hacer contacto visual con nosotros. En menos de 20 minutos nos dejaron solos en el comedor. Dan y Leo, como nuestros jefes de familia, también reaccionaron: aprovecharon que nos dejaron el bufete de ensaladas para nosotros y trajeron las bandejas completas a la mesa. 

El viaje terminó como empezó: todos en el auto de uno de nuestros papás riendo y jugando, conscientes de que dejábamos atrás a un grupo de personas poco dispuestas a asumir los cambios que se están dando en el mundo entero. Pero, tanto Dan como Leo, dejaron claro que se puede formar una familia sin seguir un patrón establecido y, además, mantener la dignidad en el intento.

 

  • Mayra Romero Isetta es lingüista, escritora, lectora de cómics, adicta a los videojuegos, sarcástica a tiempo completo y docente universitaria. Reside en Cochabamba y se dedica a las palabras trabajando en la edición de textos y la enseñanza de lenguas. Ha recibido diversas menciones en concursos locales y nacionales de cuento.

  • Este texto es resultado del Diplomado en Escritura Creativa del Departamento de Cultura de la Universidad Católica Boliviana, en el módulo Crónica, dictado por Cecilia Lanza Lobo.

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