Confesiones

La biblioteca de Álvaro, una amiga y el viejo Pinochet

Una llamada telefónica desató un susto y tres “clics” en la memoria. ¿Qué tienen en común la intención de “obligar” al exvicepresidente a donar su biblioteca, la biblioteca en cuestión y los libros de Pinochet?
domingo, 18 de abril de 2021 · 00:05

Cecilia Lanza Lobo

Todavía tembleque por lo vivido en carne y hueso aquellos días de octubre de 2019, luego de las elecciones anuladas, la convulsión social y la caída de Evo Morales, un día de esos recibí una llamada de voz entusiasta: “¡Hay que obligar al Álvaro (García Linera) a donar su biblioteca!”. ¿Qué? 

Era la propuesta que una amiga había planteado o plantearía en el Parlamento de las mujeres organizado esos días aún extraños, todavía humeantes y algo suspendidos porque no terminábamos de digerir lo sucedido. De modo que la amiga buscaba apoyo para su propuesta, y a mí se juntaron dos cosas gráficamente resumidas en un alarido frente al mismísimo Satanás. 

Recordé la violencia de las hogueras de octubre, una de ellas en la puerta de mi casa, y el vínculo fue inevitable: “¡Hay que obligar al Álvaro!”. Peor aún ¿a “donar su biblioteca”? ¿Qué?, ¿por qué? Digo, ¿por qué tendría alguien que donar sus libros, los libros que usa, lee, revisa, necesita, en fin, sólo porque a alguien se le ocurre “obligarlo”? No, no entendía ese gesto autoritario sino como eco de esos días absurdos.  

¿Donar la biblioteca de quien desdeña la ficción? / Imagen Pixabay.

...¿por qué tendría alguien que donar sus libros, los libros que usa, lee, revisa, necesita, en fin, sólo porque a alguien se le ocurre “obligarlo”? No, no entendía ese gesto autoritario sino como eco de esos días absurdos.  

La segunda fue otra sensación apoyada sin embargo en un argumento: ¿Cómo podría ser un legado no sólo útil sino hermoso para los jóvenes —deseo de la amiga en cuestión— la biblioteca de un hombre que desprecia la novela, aprecia la guerra y no sabe amar? 

Mi negativa a su pedido fue rotunda, y la acompañé por otros dos retacitos de memoria.

La primera es la biblioteca del exvicepresidente y los libros que gustaba o gusta todavía regalarle a Evo Morales. Le regaló, por ejemplo, El arte de la guerra de Sun Tzu, el general chino de cuyo texto se dice que es el mejor libro de estrategia de todos los tiempos, el mismo que inspiró a Napoleón, Maquiavelo o Mao Tse Tung. ¿Por qué Álvaro escogió este libro? Porque “le gusta muchísimo (…)”, y porque cree que Evo “tiene mucho el perfil de un guerrero cuando hay que serlo y un conciliador cuando hay que acercar partes”. 

El arte de la guerra, de Sun Tzu.

De hecho, Álvaro siguió impajaritablemente el consejo de Maquiavelo que, inspirado por Sun Tzu, dijo que el buen gobernante debe traer bajo el brazo el pan, el circo y el garrote. En una entrevista con el periódico ABC de España (20/12/05) Álvaro dijo: "Los que desestabilizan gobiernos están con nosotros, pero tenemos que ofrecerles resultados... Ahora, el Estado también es fuerza. Hay que saber hacerse amar con las demandas estructurales, pero también hacerse temer con los que se pasen de la raya. Si esto sucede, tendremos la voluntad política de hacernos temer. Eso es el Estado y el que no lo comprende (así) debe dedicarse a escribir novelas".  (¡Ups!)

Aquí entra el segundo retacito de memoria.

Es una escena del día en que Augusto Pinochet, viejo, enfermo y en franca decadencia, entró en su biblioteca para mirar resignado cómo los peritos bibliográficos de la democracia hurgaban sus libros, perforando su reino, para saber no sólo quién pagó las facturas, sino a cuánto ascendía el desfalco a las arcas del Estado por concepto de libros por parte del ex presidente de facto. 

Merodeaba por ahí el viejo Pinochet, que ayudado por un bastón había llegado hasta la biblioteca de su fundo de Los Boldos de Santo Domingo en la costa central, cuando se le ocurrió hablar. Preguntó por la lupa que pendía del cuello de Berta Inés Concha Enriquez, líder del equipo, diciéndole que él tenía varias de ésas. Se puso a buscar sin éxito, se olvidó lo que buscaba y finalmente decidió marcharse. En la retirada derramó un dato: que a los presidentes les regalan muchas cosas, de preferencia libros, y que él había sido presidente 17 años. Volteó y se fue.

Augusto Pinochet, viejo, enfermo y en franca decadencia, entró en su biblioteca para mirar resignado cómo los peritos bibliográficos de la democracia hurgaban sus libros, perforando su reino, para saber no sólo quién pagó las facturas, sino a cuánto ascendía el desfalco a las arcas del Estado por concepto de libros por parte del ex presidente de facto. 

Todo indica que Pinochet fue un compulsivo comprador de libros. Es más, cuentan que el viejo general convocaba a los libreros al Palacio, que obedientes exponían para él la oferta considerada de su posible agrado y, arrinconados en silencio, esperaban que el dictador escogiese y se marchase sin haber dicho una sola palabra. 

La biblioteca de Pinochet / Fotografía Centro de Investigación Periodística (CIPER).

Entre los libros del general, que suman alrededor de 55 mil ejemplares cuyo valor aproximado es de 3 millones de dólares, ciertamente figura el que Álvaro escogió para su pupilo, El arte de la guerra, de Sun Tzu, además de muchísimos de los que ostenta el exvicepresidente, desde El Príncipe de Maquiavelo, por mencionar el más conocido, pasando por biografías y hazañas de héroes de la patria, historia, teoría marxista, sociología política y las artes de la guerra en todas sus variantes. Entre los gustos del generalísimo no figuraban las novelas. Eso sí, la factura rezaba: Presidencia de la República.

Igual que Pinochet, Álvaro no sólo no tiene novelas sino que las desaira. Lo de Pinochet es obvio. Cómo podría un dictador tener utopías, cómo podría creer que los sentidos producen realidades y que la ficción, por tanto, es capaz de inventar mundos nuevos. Lo de Álvaro también.

Entonces ¿cómo podríamos regalar esa biblioteca?

 

  • Cecilia Lanza Lobo es cronista, hizo televisión y videoperiodismo. Dirige Rascacielos. 

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