Patrimonio

Todos somos #RosaAgramonte

Una experiencia patrimonial del tercer tipo. El palacio de Rosa Agramonte parecía una casa agonizante con las tripas para afuera. ¿Seremos capaces de revertir esa pena? ¿Haremos historia juntos?
domingo, 18 de abril de 2021 · 00:03

Tatiana Suárez Patiño

Todos los encuentros que he tenido con el patrimonio cultural han sido placenteros. A la fecha son ocho años que Restauraciones Supay presta el servicio de conservación y hemos restaurado piezas en todos los estados. Personalmente valoro mucho la producción material, porque para mí los objetos son una representación de su creador, y pocas son las veces que he encontrado bienes culturales en tan mal estado que no me pueda ser posible ver su belleza debajo de todos los daños. Pero el 22 de febrero de 2019 todo eso cambió.

...para mí los objetos son una representación de su creador, y pocas son las veces que he encontrado bienes culturales en tan mal estado que no me pueda ser posible ver su belleza debajo de todos los daños.

Tuve una experiencia patrimonial del tercer tipo cuando ingresé por primera vez al palacio Rosa Agramonte. No, no tuve contacto con OVNIS precisamente, pero sí me encontré con los fantasmas y los demonios de nuestra historia.

Este palacio fue construido en La Paz, posiblemente en 1890, está en plena plaza Murillo, frente a la cancillería y tiene su ingreso principal por calle Junín #608. ¿Ubican? Es el edificio de tres plantas que se cae a pedazos, donde antes había una tienda de Discolandia.

Fachada frontal y lateral del palacio Agramonte en la actualidad / fotografía Tatiana Suárez Patiño.

Después de entrar a este palacio y conocer su historia, mi vida no ha sido la misma. Y hoy con esta crónica quiero cambiar la suya también. Así que, acompáñenme a repasar esta triste historia.

Primero, el contexto. ¿Quién era Rosa Agramonte Moraleda y cómo llegó a ser tan potentada como para tener un palacio en la plaza Murillo?

La dama fue heredera del conquistador Alonso de Mendoza. Sí, el fundador de La Paz quien acumuló muchas tierras que luego pasaron a sus herederos. Ellos, durante varias generaciones, se convirtieron en latifundistas y terratenientes y multiplicaron esos bienes a lo largo de varios siglos hasta llegar a Rosa, cuyo drama digno de Netflix se los cuento al estilo de “te lo resumo así no más”.

Rosa Agramonte Moraleda fue heredera del conquistador Alonso de Mendoza, quien acumuló muchas tierras que luego pasaron a sus herederos. Ellos, durante varias generaciones, se convirtieron en latifundistas y terratenientes y multiplicaron estos bienes a lo largo de varios siglos hasta llegar a Rosa.

Rosa nació en 1912 y fue la única hija del matrimonio Agramonte-Moraleda. Quedó huérfana a los 8 años y básicamente heredó una cuarta parte de la ciudad de La Paz y una buena parte de las haciendas más fértiles del altiplano. Con 17 años la casaron en un matrimonio arreglado con su primo Jorge Cusicanqui. Entre 1929 y 1944 estuvieron felizmente casados (dicen), no tuvieron ni wawas ni gatos juntos, pero algo pasó. Un día Rosa hizo maletas, dijo ¡adiós! y se fue a Francia a vivir la vida, dejando al marido aquí para que administrara sus bienes.

Retrato de Rosa Agramonte Moraleda / Imagen rescatada del Facebook "Fotos antiguas de La Paz".


Llegó la revolución del 52 y le expropiaron varias propiedades, entonces Rosa tuvo que volver al país y solucionar este tema. Antes de retornar, dicen que dejó un testamento fechado en Burdeos el 15 de abril de 1964 en el cual proclamaba a su chófer, el señor Louis Alexander Dufraisse, como uno de los herederos de una parte de su fortuna.

Llegó a Bolivia, inició los trámites para su divorcio, y en el trajín, 1968, su marido murió. Unos meses más tarde, 1969, ella murió también, dejando una fortuna tan grande como la de los "barones del estaño". Sí, como lo leen, Rosa era tan pudiente como Simón I. Patiño.

Rosa era tan pudiente como Simón I. Patiño.

Sin herederos u otros familiares cercanos, el gobierno de facto de Alfredo Ovando le puso ojito a su fortuna. Se anuló el testamento en favor del señor chófer francés, y sacaron el Decreto Supremo Nº 08987 del 07/11/1969, que instruía que todos los bienes de Rosa, propiedades, joyas, dinero, etc., en adelante serían administrados por el gobierno a través de una Fundación Cultural.

Hasta aquí suena bien, por fin algo de la acumulación de fortunas que se produjo en siglos pasados iba a retornar a la sociedad; se sentía posible una redistribución de la riqueza si se invertía ese dinero en mejorar la calidad de vida de todos los bolivianos, pero no, no fue así.

Se creó la Fundación Cultural Rosa Agramonte para ayudar al desarrollo del sector, pero durante 30 años hubo una malversación de fondos tan descarada que hasta el mismo Goni (Gonzalo Sánchez de Lozada) dijo “nos calmaremos ¿qué estar pasando aquí?”. Así que sacó el Decreto Supremo Nº 24511 del 26/02/1997 mediante el que se incorporan definitivamente como propiedad del Estado los bienes vacantes dejados por Rosa. Chau Fundación Cultural.

Se recuperó muy poco en comparación con la fortuna inicial y no volvió mucho para el uso y goce de todos los bolivianos. Les ruego googlear este último decreto mencionado (Nº 24511), necesito que se indignen conmigo cuando sepan la cantidad de inmuebles patrimoniales y propiedades que no se están cuidando y que nosotros no estamos disfrutando.

Ahora sí, regresemos al presente. El año 2019 entré al palacio, estaba muy feliz porque me moría de ganas de ver sus molduras, la portada, los balcones, la imprenta del periódico Jornada… Quería hallar entre los daños un poquito de la belleza de sus creadores. Pero al cruzar la puerta, la alegría se transformó en otro sentimiento.

Les ruego googlear este último decreto mencionado (Nº 24511), necesito que se indignen conmigo cuando sepan la cantidad de inmuebles patrimoniales y propiedades que no se están cuidando y que nosotros no estamos disfrutando.

El olor a putrefacción me golpeó tan fuerte que me tambaleé; me vi parada en medio de una construcción colapsada, llena de basura descomponiéndose a mi alrededor. Todo estaba tan dañado que parecía como si una garrafa hubiera explotado; la casa agonizaba con las tripas para afuera.

Vista del ingreso principal del palacio Agramonte / Fotografía de Alberto Valeriano.

Este fue mi primer mal encuentro con el patrimonio. Todo empeoró al saber que en medio de las ruinas y escombros, okupas viven en la indigencia, sin luz ni agua potable, junto con 14 perros que orinan y defecan en todas partes y a la fecha siguen allí. Esto sucede a la vista y paciencia de todos, ahí en el Km 0.

Fue en ese momento cuando tuve un episodio del tercer tipo y me di cuenta que todos somos Rosa Agramonte: estamos tan abandonados como ese inmueble, nuestra identidad cultural agoniza y se pudre.

(...) me di cuenta que todos somos Rosa Agramonte: estamos tan abandonados como ese inmueble, nuestra identidad cultural agoniza y se pudre.

Al ver nuestro patrimonio deshaciéndose, vi todo lo que estaba mal con nosotros como sociedad, porque esa casa es una metáfora de nuestra historia como país, así estamos, esa es nuestra herencia. Ante tal escenario muchas personas dirán: “Eso es insalvable, no tiene futuro, tiren todo abajo y hagamos ahí un mega edificio en nombre del progreso”. Pero aquí la restauración nos da una lección de vida valiosa: todo se puede salvar si hay voluntad y recursos. Siempre es posible la rehabilitación. 

Vista del tercer patio, colapsado / Fotografía Arq. Ana Patricia Huanca.

Y así fue como con voluntad y mucho trabajo, los profesionales de la Dirección General de Patrimonio del ex Ministerio de Culturas y Turismo, obtuvieron y gestionaron un fondo de la Cooperación Italiana para preservar este palacio y convertirlo en el Centro de Conservación Plurinacional del Patrimonio Cultural Boliviano (CPPPC-B).

Todo se puede salvar si hay voluntad y recursos. Siempre es posible la rehabilitación. 

Actualmente el palacio Rosa Agramonte le pertenece al nuevo Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización. ¿Se imaginan?, sería un sueño salvar esta casa y que luego nos sirva como centro para salvar el patrimonio artístico, arqueológico, documental, arquitectónico, etc.

Este sueño puede hacerse realidad porque el proyecto ya está hecho y existe el fondo de la Cooperación Italiana, solo falta presionar para que se redacte y se firme el convenio institucional y se designen recursos humanos capacitados para que lleven a cabo este gran trabajo de rescate.

Modelo del palacio restaurado / Imagen Arquitecta Andrea Delgadillo. 

Yo sé que en el país necesitamos muchas cosas: hospitales, carreteras, colegios, pero también necesitamos un centro de conservación para nuestro patrimonio cultural, porque nuestra identidad social es tan importante como todo lo mencionado.

Observo la foto de cómo se vería el palacio rehabilitado y conservado, y digo: “esto se merece mi patrimonio, eso se merece mi Bolivia”.

¿Qué dicen? ¿Hacemos historia juntos? Ustedes y yo, presionando para que este proyecto pueda reactivarse y cumplirse. No sé, piénsenlo.

 

  • Tatiana Suárez Patiño es restauradora de bienes culturales y una amante del patrimonio a tiempo completo, es divulgadora cultural a tiempo parcial y en sus ratos libres escribe, viaja y charla con sus dos gatos. restauraciones.supay@gmail.com 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

67
3