Música

Episodios sinfónicos

Hace 19 años el Teatro Colón de Buenos Aires recibía de pie a Gustavo Cerati junto a la orquesta sinfónica liderada por Alejandro Terán. ¡Qué magia da la sinfónica al rock! No olvide ponerse el conciertazo, de fondo, para esta lectura.
domingo, 25 de abril de 2021 · 00:03

Mar Buendía

Entra el Maestro y todos aplauden. Es joven y está visiblemente feliz. Saluda a su orquesta. Se escuchan nuevos aplausos, esta vez mucho más efusivos y aparece él. Camina por una esquina del escenario, entra y dirige la primera mirada a los músicos que lo acompañarán esa noche. Se acerca al micrófono, su mirada es dulce y segura, domina el escenario con una sonrisa.

Tiene las manos en el bolsillo mientras redoblan los tambores a órdenes del Maestro para darle la bienvenida. Pone los brazos atrás y comienza a cantar.

Es una escena mágica y está al alcance de cualquiera en YouTube. El hombre que entra con un largo saco azul, solemne y risueño, no es otro que Gustavo Cerati, el 6 de agosto de 2001 en el Teatro Avenida de Buenos Aires. El disco que saldría un par de meses después, titulado 11 episodios sinfónicos, es uno de los más importantes de toda su carrera y, sin duda, uno de los mejores ejemplos de lo que le puede hacer una orquesta sinfónica al rock.

Cerati, en pleno concierto sinfónico / Imagen de Instagram del Fan Club.

Es una escena mágica y está al alcance de cualquiera en YouTube. El hombre que entra con un largo saco azul, solemne y risueño, no es otro que Gustavo Cerati.

Un par de meses después, el 22 de abril de 2002, repite la presentación, esta vez en el tan famoso Teatro Colón. Han pasado 19 años de aquella presentación y aún hoy en día continúa siendo uno de los despliegues sinfónicos más perfectos de la historia del rock latinoamericano.

Hay algo mágico en los instrumentos clásicos, en las notas bien interpretadas de un conjunto de violines, tambores inmensos, flautas y violas. La sinfónica es un espectáculo para los sentidos y, aunque por sí sola es suficiente, ha demostrado, a lo largo de los años, que uniéndose a varios géneros musicales consigue placeres auditivos que dejan huella.

Me vienen los 11 episodios porque soy fiel amante seguidora del Príncipe, como calificó la prensa a Cerati esa noche, trazando un vínculo entre su atuendo y el del personaje de Saint Exúpery, el por demás conocido Principito. La imagen quedó inmortalizada en la portada del álbum que hoy, a 19 años de la presentación más grande, todavía mueve pasiones.

El "look" inmortal del Principito argentino y el francés.

El Maestro da la orden y el Colón comienza a retumbar. “Canción animal” se abre paso a la noche. El único que se mueve es el Maestro mientras el Príncipe arrastra las letras que conoce de memoria, pero que claramente está disfrutando en esta nueva melodía. No solo él, todos quienes conocemos la canción sabemos su letra, pero no. La “Canción animal” de esa noche es otra, ¡oh magia del xilófono! Una seguidilla de clarinetes que acentúa el “gemir es mejor” de la letra y una caída rítmica de los violines que acompañan la palabra “amor” del verso que dice “cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor”, definitivamente nos entregan una canción más animal que nunca. Estando en la silla mientras veo el concierto pienso un momento en los espectadores: dulce contradicción la de tener a todos los fans rockeros acostumbrados a los gritos y a los saltos, sentados, pendientes a cada nota que sale del escenario.

La canción termina y las arpas acompañan un final que en otro concierto la guitarra estaría llorando, pero aquí, en lugar de anunciar un fin, crece a la emoción de los 10 episodios restantes.

Maestro y Príncipe se rinden ante los aplausos por un momento antes de volver dulcemente a los violines para “Bocanada”.

Sin duda el ensamble no es casual, no hay espacio para perder el hilo perfecto que las cuerdas crearon esa noche.

Como de un ensueño salen las primeras notas de un “Corazón delator” perfecto. No hay cómo discutir. La mejor canción, la mejor versión.

Puedo confirmar que el embrujo de esta canción no es únicamente humano. Sabida mamá gata, mi pequeño Moscú que ronda ahora entre las nubes también se quedaba embelesado con los violines misteriosos y profundos que elevan la canción y le exigen a Cerati explotar en su propia canción.

Puedo confirmar que el embrujo de "Corazón delator" no solamente es humano.

“Como un mantra de mis labios” le repetí a Moscú la canción hasta su última noche de vida y, con el Príncipe en los oídos, se fue a ser luz.

Se refresca la noche con una versión magistral de “El rito”, la no tan conocida e instrumental “A merced” y “Raíz”, una canción que aunque siempre he asociado a tonos muy de tierra argentina, suena aquí muy universal.  Y luego llega la no muy comprendida “Sweet Sahumerio” que alcanza nuevos niveles de misterio con violas y trombones.

Un par de clásicos que cobran nuevo sentido, "Persiana americana" y "Verbo carne" que además resignifica sus silencios cargados de pequeños acordes pendientes en el aire. Y entre el sabor que deja esta canción, "Un millón de años luz" anuncia el final que no podía venir sino de la mano de "Signos". La letra, la melodía y el arreglo sinfónico le permiten arrastrar esta canción hasta el límite, poniendo a los espectadores al borde del asiento, listos para romper en aplausos y finalmente ponerse de pie para saltar como sus cuerpo han querido hacerlo desde el inicio.

La noche, al llegar al episodio 11, ha sido corta. Pero es suficiente. La sinfónica de Alejandro Terán y Cerati han hecho historia.

 

  • Mar Buendía no nació aquí, pero es nomás collita. Fan de la salteña sin aceituna, las películas de terror, Cerati y Friends, la serie noventera. García Márquez es su Dios.

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