Confesiones

Es cruel esta vida, después de todo

Así como existen películas no aptas para menores de edad, El agente topo debería estar calificada como no apta para mayores de 60. ¡Qué grave pensar en nuestro futuro —o presente— a esa edad!
domingo, 25 de abril de 2021 · 00:05

Willy Camacho

 

Recuerdo las risas, los aplausos, la alegría sincera en sus rostros. Era como una fiesta infantil y nosotros ocupábamos el lugar de los payasos, del mago, de los títeres. Había masitas, api, creo que dulces también; los viejitos del Hogar Quevedo disfrutaban de una jornada inusual, y nosotros también.

Hace muchos años, quizá 15, junto con otros escritores y músicos fuimos al asilo. La idea era hacer lecturas, canciones, para distraer a los viejitos. No recuerdo de quién fue la iniciativa, quizá del Etno Café, quizá solo de Yumi Tapia, quizá de otra persona (me disculpo de antemano). Y también me habría olvidado de la experiencia misma, de no haber revivido esos recuerdos luego de ver El agente topo hace un par de noches.

Hace muchos años, quizá 15, junto con otros escritores y músicos fuimos al asilo. La idea era hacer lecturas, canciones, para distraer a los viejitos.

La película de la chilena Maite Alberdi es candidata a Mejor Documental en los Oscar 2021 y está disponible desde febrero en Netflix. No sé por qué no la había visto antes, ya que su lanzamiento estuvo acompañado de muy buenos comentarios por parte de cinéfilos. Es que la historia me parecía algo aburrida: un viejito, Sergio, es contratado por una agencia de detectives para investigar, como agente infiltrado, supuestos abusos que estaría sufriendo la madre de una cliente de la agencia.

Sergio, el protagonista, junto a Maite, la directora. / EFE

Aunque me gustan las películas policiales, cuando el protagonista/héroe es de la tercera edad, mi prejuicio se activa y automáticamente lo relaciono con aburrimiento. Y aquí me acuerdo de mi papá, que allá por los años ochenta disfrutaba de una serie alemana –para mí, infumable–, que se llamaba “El viejo” (Der alte). Un detective de la policía, ya al borde de la jubilación, que resolvía casos sin despeinarse, porque no podía ni siquiera trotar. Claro, seguramente hacía gala de experiencia, instinto y pensamiento lógico. Pero, según mi yo de esa época, lo policial tenía que ver con tiros, explosiones, peleas, autos chocados… o sea, acción pura y juvenil.

Mi papá cumplirá 84 años en noviembre –la misma edad de Sergio Chamy, protagonista de El agente topo–, pero no los aparenta; por lo menos parece diez años menor. Y, honestamente, no recuerdo a mi papá de otra manera, es como si siempre hubiese sido viejo. Claro, veo las fotos de hace años y los cambios son evidentes. Es que yo he acompañado su envejecimiento, nunca hemos estado alejados, de modo que se me ha hecho imperceptible. De cualquier manera, no logro, ni siquiera como ejercicio, imaginarlo en el Hogar Quevedo o en el San Francisco del Monte (donde Sergio se infiltra). No lo veo así de viejito.

Mi papá cumplirá 84 años en noviembre –la misma edad de Sergio Chamy, protagonista de El agente topo–, pero no los aparenta; por lo menos parece diez años menor.

¿Qué haría mi padre en un lugar de esos? Seguramente hablaría mucho, es un buen conversador, o quizá se aburriría, porque a él le pican los pies para salir a la calle. Antes de la pandemia, no paraba en casa. Se iba al Club 16 de Julio todos los días para estar con sus amigos, o se iba a pasear al centro. Ahora sale a caminar casi a diario, dentro del barrio, pero cada día una cuadrita más lejos.

Cuando les llevamos música y lecturas a los viejitos del Quevedo, aquella vez, para ellos fue una fiesta, un día especial. Recuerdo que me dio mucha pena irme, ellos estaban muy contentos y no tenía corazón para cortarles su diversión; sin embargo, tienen horas para todo, no es bueno sacarlos de su rutina. No recuerdo si prometí volver. Ojalá que no, pues obviamente no he cumplido.

Escenas parecidas se ven en la película de Alberdi: les llevan música, les hacen fiestas… es decir, en el Hogar San Francisco los tratan muy bien, de modo que la sospecha sobre supuesto maltrato no se confirma, pero lo que el agente topo sí descubre es más cruel aún: esas personas que dieron todo por sus hijos, ahora parecen abandonadas en una jaula de oro, bien cuidadas, sí, pero solas, pues para cualquier padre o madre, sobre todo cuando ya han pasado los sesenta años, no hay mejor compañía que la de sus hijos y nietos.

La película chilena está nominada al Oscar como mejor documental.

Hay una señora que pide limosna en la avenida 6 de Agosto, en La Paz, en la acera del shopping V Centenario. Está ahí siempre que paso (esta semana pasé todos los días, pues estaba pendiente de la Feria del Libro que se llevó a cabo a media cuadra de ahí). Parece un pajarito enfermo; encorvada, con la mirada completamente nublada, incapaz incluso de pedir ayuda, solo tiene extendida una mano, casi con timidez. Está ciega y seguro le cuesta moverse. Alguien la deja ahí todos los días y también la recoge. Probablemente un familiar que no tiene para pagar un Hogar Quevedo ni algo más económico, alguien que no tiene dinero para mantenerla ni tiempo para cuidarla, de modo que opta por dejarla en esa esquina para que se quede quietita y gane su pan. La ves y piensas: “Es cruel esta vida, después de todo”. La misma frase que dice Petita, una interna del Hogar San Francisco del Monte, cuando habla con Sergio, en una de las escenas más conmovedoras del documental.

Alguien la deja ahí todos los días y también la recoge. Probablemente un familiar que no tiene para pagar un Hogar Quevedo ni algo más económico, alguien que no tiene dinero para mantenerla ni tiempo para cuidarla, de modo que opta por dejarla en esa esquina para que se quede quietita y gane su pan.

Le entrego algunas monedas, llego a tomarle la mano un poco y le digo, con el tono más afectivo que puedo: “Aquí tiene señora, buenas tardes”. Ella apenas dice “gracias”, ni siquiera esboza una sonrisa, sigue con la misma expresión de miedo contenido.

Repito el ritual cada día de esta semana, y nada. Ella sigue igual, no cambia su expresión. Con otras señoras y señores que están en similar situación me ha funcionado la calidez. Todos sonríen, agradecen no tanto por las monedas sino por el gesto, por el trato humano. Pero esta señora no, permanece imperturbable en su postura pétrea. ¿Qué pensará durante las horas que pasa ahí todos los días? ¿Qué penas rumiará en silencio?

Y como ella, miles en nuestro país. Eso de las casas de retiro son cuentos del primer mundo. Aquí hay unos cuantos asilos y pare de contar. Todos atraviesan la misma soledad, pero seguro es más soportable cuando hay gente, aunque sea pagada, que se preocupa por ti.

Esos de las casas de retiro son cuentos del primer mundo. Aquí hay unos cuantos asilos y pare de contar.

En fin. Mi papá siempre me pide sugerencias para ver algo en la tele. No coincidimos en gustos, jamás me hace caso. Él preferiría ver El viejo o algo así. Eso sí, jamás le recomendaré El agente topo, no se lo sugeriría a nadie que le tocaba vacunarse en abril. Es que, pese a que comienza con mucho humor, a medida que avanza nos enfrenta a una soledad que trasciende la pantalla, a una soledad más contagiosa que el coronavirus, y probablemente igual de mortal. Esta película puede despertar conciencias, pero también conducir a estados depresivos. Así como no es bueno que un niño de seis años vea El exorcista porque podría quedar traumado, El agente topo debería estar prohibida para mayores de 60.

No quisiera encontrarme de nuevo a la viejita de la 6 de Agosto, ni tampoco volver al Hogar Quevedo, ni pensar en la posibilidad de que mis padres lleguen a estar tan desvalidos. Soy honesto, me aterra la crueldad de esta vida, y prefiero hacer lo que muchos hicieron (ya me lo contaron) al ver El agente topo: presionar el off.

 

  • Willy Camacho es paceño y atigrado. Dice ser un cholo urbandino orgulloso, por eso no se cansa de cantar esa cueca que dice: “... cholo, cholo he nacido, cholito voy a morir...”.

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