Premio Nacional de Crónica

Prohibido para impacientes

La crónica. ¿Un relato anacrónico o la última trinchera del periodismo contra la volatilidad de los relatos efímeros?
domingo, 16 de mayo de 2021 · 00:06

Cecilia Lanza Lobo

 

Hace mucho, muchísimo, que el tiempo ha dejado de ser un asunto cronológico. El tiempo hoy es relativo, simultáneo, pero sobre todo es un modo de percibir el mundo en el que no importa cuánto transcurre sino lo que sucede en ese lapso. Importan las sensaciones, la intensidad y, efectivamente, da la impresión de que todo se acorta, todo es veloz y “no hay tiempo” para nada. Entonces, si es así, devoremos todo antes de que el tiempo nos coma primero.

Esa sensación está sobre la mesa desde fines del siglo diecinueve cuando la humanidad hizo de la máquina y la tecnología su nueva religión y no paró, y no paró, y no paró. De ahí que tarde o temprano, todos nos montamos inevitablemente en ese tren-bala rumbo a todas las revoluciones pensables, cada quien a su modo. Bajarse o rechazar ese viaje es otro cuento.

Hace mucho, muchísimo, que el tiempo ha dejado de ser un asunto cronológico. El tiempo hoy es relativo, simultáneo, pero sobre todo es un modo de percibir el mundo en el que no importa cuánto transcurre sino lo que sucede en ese lapso.

Nosotros solemos ser consecuentes con “la hora boliviana”. No es que lleguemos con retraso a la puntualidad del resto del mundo, sino que cada mundo vive su propio contexto y el nuestro es, por ejemplo, el Gran Poder. Abiertas las fronteras del planeta, diluidas por el mundo virtual de la Aldea Global, aquí convivimos el mundo rural, sin energía eléctrica, con el último aullido de la tecnología digital, juntos y revueltos.

Quizás ese sea el tiempo de nuestro enamoramiento de la crónica latinoamericana contemporánea del modo en que lo vivimos hoy, no tardío respecto del contexto de otros países, sino a la “hora boliviana”.  A su propio ritmo, en su propio tiempo.

Porque han transcurrido ya 25 años, quizá más, desde el surgimiento de aquellos textos raros que comenzaron a leerse en algunas revistas en Colombia, México, Argentina. Un cuarto de siglo que es toda una eternidad en tiempos en que un minuto es ya una eternidad.

Portada de la revista El malpensante, Colombia.
Portada de la revista El malpensante, Colombia.

Como cuenta la argentina Leila Guerriero, una de las principales exponentes del género, “hubo un tiempo -1996, 1997- en el que no existían los llamados ‘cronistas latinoamericanos (ni revistas que los publicaran, ni antologías que los antologaran)”, un tiempo en el que “no había cronistas ni crónicas sino periodistas dispersos que (…) escribían artículos —a los que llamaban, precisamente, artículos— que se parecían más a una pieza de nuevo periodismo norteamericano que a una noticia de periódico, inspirados, probablemente, en aquellas formas gringas y en algunos referentes latinoamericanos (Juan Villoro, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, por nombrar a los más evidentes) que habían insistido en cultivar ese género multinominado (…) con tozudez y empeño”.

Hubo un tiempo en que más allá de cómo se nombraran, estaban allí. Pero sobre todo, hubo un tiempo en que Mario Jursich, director de El Malpensante, una de aquellas revistas en que estos textos se publicaban, llegó a decir que “puede que el nuevo ‘boom’ latinoamericano se esté dando en forma de periodismo”. Y así sucedió durante un buen y próspero tiempo. La crónica latinoamericana parió grandes textos, y nunca como entonces lo real maravilloso nos cupo tan bien: la factualidad de la vida cotidiana misma narrada de tal manera que, efectivamente, América Latina parecía –es- una ficción permanente.

...puede que el nuevo ‘boom’ latinoamericano se esté dando en forma de periodismo.

Pero hubo también un tiempo –todavía lo hay- en que todo fue crónica y todos fueron cronistas. La crónica se puso “de moda” y esa olla burbujeante de alguna manera cansó. No sólo por aquella “hiperinflación sentimental de la crónica” de la que hablaba Cristian Alarcón refiriéndose a los temas recurrentes de nuestra crónica (pobreza, caos, violencia, folclore político), sino por cierto abuso del género mismo. Lo cierto es que la crónica bajó de la cresta de esa ola y hoy anda en aguas algo más sosegadas.

Pero hay otra razón que se planta frente a la crónica hoy, y es precisamente la brevedad del tiempo de los relatos contemporáneos, que hace de la crónica un relato ciertamente anacrónico. ¿Quién lee hoy textos de 30 mil caracteres cuando hay quien nos lo resume así nomás?

La respuesta parece obvia. Por eso quizá sea mejor preguntar cuán posible es comprender la complejidad de un hecho en sólo segundos, o con apenas un par de datos. Así, volvemos al principio: los impulsos nerviosos de un lenguaje cada vez más visual frente al relato de la crónica como texto ambicioso, no necesariamente extenso sino muy trabajado, por tanto capaz no sólo de transmitir sensaciones sino fundamentalmente sentidos.

Por eso nuestro camino sigue siendo la crónica, ¿la última trinchera del periodismo frente a la volatilidad de los relatos efímeros?

El Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela

Diría yo que nuestra crónica está siguiendo su propio camino de madurez. Y el Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela es, o pretende ser, la plataforma permanente de sostén y despegue.  

Por eso este año no sólo premiamos una crónica ganadora y cinco finalistas sino que incluimos un Laboratorio (clínica) para el trabajo final y edición de 15 textos semifinalistas.

Prohibido para impacientes y pesimistas abstenerse. Este Premio es una apuesta por la crónica como modo de resistencia frente a la exigencia de los relatos nerviosos del mercado de la brevedad, pero también un modo de resistencia ante la crisis que desbarata todo y ante la que respondemos sumando más y mejor. Pues a partir de este año convocamos a participar de nuestro Premio, acompañadas por seis importantes medios nacionales: el diario Opinión, de Cochabamba, con su directora Leslie La Fuente. Correo del Sur, de Sucre, con Óscar Díaz Arnaud. La Palabra, del Beni, con su directora Cynthia Vargas, El País, de Tarija y su directora, Danitza Montaño. La Región, medio digital de Santa Cruz, con Rocío Lloret, y Juan José Toro, de El Potosí. Así, el Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela de Rascacielos es hoy más nacional que nunca.

Prohibido para impacientes y pesimistas abstenerse. Este Premio es una apuesta por la crónica como modo de resistencia frente a la exigencia de los relatos nerviosos del mercado de la brevedad, pero también un modo de resistencia ante la crisis que desbarata todo y ante la que respondemos sumando más y mejor.

Lxs invitamos a descargar las bases de nuestra convocatoria aquí: https://bit.ly/3wf6v5L

 

  • Cecilia Lanza Lobo es cronista. Trotadora de nacimiento, paracaidista prematura, ciclista a la vista. Hizo televisión y video periodismo, fue bloguera en Americas Quarterly y videoperiodista de Video Journalism Movement. Dirige Rascacielos.

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