Crónica

Las mujeres de colores

En el botadero de Kara Kara, en Cochabamba, “Las doñas de las botellas” no son solo las mujeres de la basura, sino el primer eslabón hacia una economía consciente y circular. ¿Cómo cosechar esperanza en medio de un basural?
domingo, 2 de mayo de 2021 · 00:07

Mar Buendía

 

Antonia camina delante mío, no mira al suelo para hacerlo, pero yo sí, adivinando el peligro de mis siguientes pasos. Avanzamos entre colores. Caminamos sobre basura, pedazos de metal, fragmentos de vidrio y varios materiales que cubren el suelo. Pero Antonia no mira al suelo, ella tiene la mirada puesta en su pequeña, que juega sobre unos saquillos al borde de la montaña en la que más Antonias escarban.

“Las doñas de las botellas”, las llaman los camioneros y las barrenderas del lugar. No tienen una agrupación ni están sindicadas pero están bien organizadas. Este grupo de mujeres trabaja todos los días, luego de que los camiones ingresan al botadero de Kara Kara en Cochabamba, con un acuerdo “por debajo de la mesa” porque no está permitido que personas particulares ingresen a los rellenos sanitarios. Es una cuestión de salud y seguridad. Pero ahí están. Ellas son 9, aunque veo a lo lejos, entre otras montañas de basura, otros grupos con hombres y algunos niños. Aunque su presencia no es legal, los estudios de organismos como el propio INE reconocen que mujeres como las Antonias -e incluso familias enteras- son las responsables de la mayor parte de lo que se recicla en el país, que no alcanza ni al 10% de los residuos generados diariamente.

Pregunto por sus nombres y sonríen. Aunque han aceptado hablar conmigo, no están tan convencidas, son conscientes de la ilegalidad en que se encuentran y tienen miedo que el acuerdo con la empresa de recolección pueda verse vulnerado. “A la Antonia nomás preguntale”, me dicen. Entonces les digo que todas serán Antonias por ese día. Ríen.

Ilustración Giovani Durán de la Vega / Colectivo Amuyayaña.

Me siento al lado de la wawa, en el saquillo, y comienzo a observarlas. Lo que hacen las Antonias es dedicarse al vidrio. Se estima que en la Llajta el 77% de la basura puede ser gestionada para el reciclaje. El papel y el cartón son los desechos más comercializados, aunque el vidrio es uno de los más valiosos. Quizás lo supieron las Antonias que llegaron antes y por eso, de entre toda la basura, separan las botellas, envases y cualquier elemento que sea vidrio. Tienen unos guantes de cuero que hace tiempo han pagado su valor y a pesar del calor cochala, trabajan con medias dentro de las abarcas. Ese es su equipo de seguridad. Han acaparado esa esquina del botadero y allí funciona su centro de operaciones. 

Tienen unos guantes de cuero que hace tiempo han pagado su valor y a pesar del calor cochala, trabajan con medias dentro de las abarcas. Ese es su equipo de seguridad.

Hasta que ganen algo de confianza les digo que solo voy a mirarlas y de rato en rato les preguntaré algo. Quiero entender la logística de su trabajo. Las Antonias más jóvenes corren -un poco jugando, un poco en serio- con dos carretillas y se van hasta el medio del botadero donde está la basura en general. Allí hacen una primera selección del vidrio que traen luego hasta esta esquina donde las Antonias más viejas lo clasifican y separan.

Las muchachitas ríen mientras corren; cuando levanto la vista descubro un camión descargando los desechos cerca de donde antes se encontraban ellas. Las otras mujeres miran con algo de tristeza cómo cae la basura y enseguida me hacen comprender porqué. Encontrar botellas enteras es un tesoro, pueden venderlas hasta en 50 centavos por botella y hay mucha gente que se las compra. Ellas, en particular, trabajan con pequeños productores de miel que comercializan su producto en las botellas recicladas. El problema con la manera en que los camiones descargan es que es poco probable que lo que llegue de vidrio, lo haga entero. 

“El vidrio de colores cuesta más”, me dice la Antonia que antes se había resistido a darme su nombre. Es su aporte. Le sonrío y le digo que me cuente, pero mueve la cabeza. Antonia, la de verdad, sale entonces con la explicación. El vidrio verde es el más requerido porque lo usan para las botellas de vino y los otros colores también tienen buen precio, aunque no se encuentran fácilmente. El vidrio transparente, el más común, es el que más hay, pero ese solo llega a costar entre 3.50 y 3.70 centavos el saquillo mediano. Me cuenta también que una de las Antonias más joven se gana otros pesos lavando e hirviendo las botellas para una señora que vende leche vegana en “uno de esos barrios grandes”.

Ilustración Sol Alfa Osorio / Colectivo Amuyayaña.

(...)  una de las Antonias más joven se gana otros pesos lavando e hirviendo las botellas para una señora que vende leche vegana en “uno de esos barrios grandes”.

Con el tiempo, Antonia ha ido aprendiendo de su oficio. Es la hija de “la doña de las botellas” original, quien ya murió hace algún tiempo y le dejó el puesto a su hija mayor. Antonia ya conoce el precio de su trabajo, sabe qué vidrio sirve para qué y dónde ofrecerlo. “Una vez, unas gringuitas han venido, querían que se los recojamos botellas de papilla de bebé, solo de eso, no sé para qué querrían, pero harto nos ha costado, nos han pedido 50 en una semana. No habíamos quedado precio y cuando fuimos a entregarle yo me asusté porque vi que solo un billete me estaba pasando y parecía falso y bien raro. Yo tenía 20 años y no sabía nada. He ido a una de esas que cambian plata a que me explique qué era ese billete. Eran 100 dólares. Ha sido la mejor venta que hemos hecho hasta ahora.” Antonia no pasa de los 30, pero su rostro está claramente envejecido por las condiciones de su oficio. Tose mucho, asumo que es por el polvillo que desprende el vidrio, pero prefiero no comentarlo. Antonia está concentrada y solo voltea para ver que su pequeña no haya abandonado el lugar.

Cuando estoy a punto de preguntar algo más, Antonia grita una palabra en quechua y una de las jóvenes se detiene. Con ojo de águila, Antonia ha podido ver que la joven estaba a punto de meter un pequeño fragmento verde en el yute de los pedazos cafés. “Si no está bien separado, ya no te pagan lo mismo”, explica dirigiéndose a mí, pero mirando a la joven para recordarle la pulcritud que requiere su trabajo. Todas vuelven a trabajar y yo olvido mi pregunta.

Ilustración Ana Sainz Young / Colectivo Amuyayaña.

Hace unos años, el gobierno anunció con gran bombo la construcción de una planta de reciclaje y producción de envases de vidrio. Gente vino a hablar con Antonia y sus compañeras, que entonces eran como 15 o más. Les prometieron algún tipo de acuerdo si se registraban en una base de datos. Ellas trabajarían con un suelo fijo y cosas así. Las más jóvenes se entusiasmaron, a las mayores ya les habían prometido eso por lo menos 2 gobiernos y 3 alcaldes más. Ya no creían nada. 7 años después nadie volvió a hablar del trabajo prometido. Entonces continuaron. Su anécdota me hizo eco en la cabeza; es una de esas contradicciones de nuestro sistema. Ellas saben que lo que hacen es ilegal, las alcaldías conocen la existencia de esta ilegalidad debajo de sus narices, pero acuden a ellas cuando necesitan de sus servicios. Parece que nadie más quisiera hacer el trabajo sucio del que viven las Antonias.

Ellas saben que lo que hacen es ilegal, las alcaldías conocen la existencia de esta ilegalidad debajo de sus narices, pero acuden a ellas cuando necesitan de sus servicios. Parece que nadie más quisiera hacer el trabajo sucio del que viven las Antonias.

Pregunto por los otros grupos de personas que parecen pequeñas hormigas a lo lejos. Antonia me explica que todos los grupos reciclan algo, pero ellas se han ganado el derecho de ser las únicas que reciclan vidrio. Algunos buscan papel, otros buscan piezas para repuestos y otros buscan chatarra metálica. Un grupo más busca miscelánea, objetos que puedan venderse con pocos arreglos. Todos están organizados y tienen sus representantes y nadie puede meterse a reciclar lo que el otro grupo hace.

Me cuentan que ha habido problemas, como en todo, porque siempre hay grupos nuevos que quieren entrar pero ya no hay espacio. “Nosotros nos hemos ganado este puesto desde nuestros padres”, me dice otra Antonia. Y la siento heredera orgullosa; claramente el negocio del vidrio es una monarquía. 

Durante los años que Antonia ha estado trabajando allí, al menos 5 organismos internacionales y grupos de voluntarios se les han acercado. Algunos recaudan fondos para material de seguridad. Les han dado chalecos, gafas y sombreros, pero ellas no pueden acostumbrarse a eso. Reciben los guantes de buena gana, eso sí. Otras organizaciones las han ayudado de maneras más concretas a pesar de su situación legal. A través de vacíos y vericuetos que los buenos abogados bolivianos encuentran, han conseguido brindarles asesoramiento para tener mejores acuerdos con el botadero porque -por supuesto- su ingreso no es gratuito. También les han dotado de redes de conexión para llegar a clientes seguros. Así conocieron a los productores de miel. Antes tenían que peregrinar llevando sus vidrios a quienes sabían que los usaban, esperando ser las primeras, porque también están las recolectoras directas de los basureros en cada barrio y otros grupos que funcionan en mercados y ferias. Hasta para vender basura hay competencia.

La wawa comienza a fatigarse y Antonia se saca los guantes mientras se sienta a mi lado y se recorre la blusa para darle de lactar. Aprovecho esos minutos para observarla. Sus manos tienen demasiados callos y la piel de sus pantorrillas brilla. Me doy cuenta que son los pequeños fragmentos de vidrio. “No duele, te acostumbras”, me ha sorprendido mirándola y me contesta sonriendo.

Cuanto más entiendo de su labor, comprendo que ellas no son solo las mujeres de la basura, sino en realidad el primer eslabón hacia una economía consciente y circular. Ahí, cambiando sus guantes viejos y quitando el brillo de sus piernas, en mejores condiciones laborales está realmente el camino de una economía en armonía con la Pachamama. 

Ilustración Gabriela Copa / Colectivo Amuyayaña.

Luego de unos minutos la wawa se duerme y Antonia la acomoda, un poco más allá, sobre unas mantas, segura y lejos de los vidrios. Ella vuelve a su labor. El día no ha terminado para estas mujeres que buscan dar con el premio mayor de las botellas enteras y los vidrios de colores.

 

  • Mar Buendía es la afortunada humana que recibió a Moscú, el mejor ser de luz del universo (por supuesto, un gato). Tratando de comprender los designios de ese universo, adoptó a Berlín y Toulouse, siempre teniendo a Moscú como estrella estelar.

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