Croniquita

Tarzán Boy en el Uru Uru

Oruro disponía de 14 millones de euros para labores de conservación medioambiental, sin embargo, tuvo que venir un francés bienintencionado para que nos pongamos a hacer el trabajo sucio gratis.
domingo, 2 de mayo de 2021 · 00:02

Pequeño paseo anti turístico por la asepsia

Sergio Gareca

Fotografías de Marcos Flores

 

Yo creo que lo que necesitamos fomentar es nuestro turismo interno con base en rutas antiturísticas, y sacar folletería, subir fotos desde los basurales, fotos con los polillas, fotos desde las puertas de los prostíbulos. Deberíamos maquillar a nuestros muñecos que cuelgan de los faroles. 

Pongamos, por ejemplo, que nos encontramos en la ceja de El Alto como quien llega al aeropuerto en La Paz, y hacemos concurso de regata con muñequitos en el Choqueyapu y gana quien se haya enredado más y haya sacado más bolsas plásticas del río. 

Pongamos que tomamos un micro rumbo a los botaderos. Pongamos que en el turismo de aventura tenemos que barrer las calles de noche. Pongamos que en la doble vía Oruro-La Paz, Oruro-Cochabamba, ponemos murales que tengan muchos colores y digan: “No bote basura del bus y métasela en la felicidad de su viaje”. 

El Uru Uru llegó a parecer un relleno sanitario. / Foto gentileza de Marcos Flores.

Pongamos que en la doble vía Oruro-La Paz, Oruro-Cochabamba, ponemos murales que tengan muchos colores y digan “No bote basura del bus y métasela en la felicidad de su viaje”. 

Pongamos que hemos recorrido el país conociendo lo peor de nosotros. Que posteemos muchos estados, que se vean muchísimos videos de violencia y porquería. Que todo parezca básicamente un noticiero, pero con víctimas sonrientes. 

Supongamos que después de esa vuelta, y nado de estilo mariposa en el río Rocha de Cochabamba, llegamos a Oruro y vamos a las orillas del Uru Uru, en Rancho Quitaya para conocer sus franceses aborígenes que se dedican a limpiar y limpiar sin descanso.

El área geográfica donde se identificó el problema. / Foto gentileza de Marcos Flores.

 

Y, por sobre todas las cosas, allí sintamos cómo la miseria nos retuerce las tripas al ver que esos pobres franceses en taparrabo, no tienen nada que limpiar, y pensemos en sus criaturitas que no podrán limpiar nada el día de mañana, y volvamos a la juventud, cuando tomábamos vino en cartón en aquellos prados, observando las caras sucias de las muñecas rotas, y los perros de la lejanía nos veían con desconfianza y se acercaban de a poco para saber cuál era el olor de los humanos vivos, de los que se perdieron al ir a la escuela y se iban un poco más allí para que no los viera la policía o si los veía no los molestara, y se sentían felices de estar en ese lugar a donde a la policía le da flojera llegar, y también a la municipalidad. El páramo del olvido de nosotros mismos. 

Y entonces empecemos a revivir nuestra sana costumbre de tomar gaseosa en envase desechable al mediodía, y soplar el aire de esa satisfacción para verla flotar en nuestros basurales queridos, nuestro resplandor de vidrios rotos al lado de las rieles, que se van lejos de nosotros a ver el reflejo del cielo en el agua. Allá lejos, en la tierra nueva que nunca alcanzamos a ensuciar con nuestros propios ojos. 

Entonces podría acercarse a nosotros el rey de los franceses limpiadores y poner cara de Cristo, enfocarnos con su medalla de reconocimiento, y nos reconoceremos. Y le diremos: Hace mucho que un europeo no nos hacía trabajar y lo estábamos extrañando. Nos acomodaremos a sus primitivos rituales de limpieza. Y, por miles, nos solearemos felices como ocas en la pampa. 

¿No les parece un mundo maravilloso donde podríamos bailar todos juntos “Tarzán boy” por las noches, con la conciencia tranquila?

Entonces podría acercarse a nosotros el rey de los franceses limpiadores y poner cara de Cristo, enfocarnos con su medalla de reconocimiento, y nos reconoceremos. Y le diremos: Hace mucho que un europeo no nos hacía trabajar y lo estábamos extrañando.

II

Cuando me enteré del llamado a limpiar el lago, lo primero que hice fue pensar en mis amigos activistas ambientales locales, que han caminado con sus proyectos bajo el brazo durante años, de una oficina a otra. Que han hecho llamados públicos, que se han dado a la tarea de visitar colegios y universidades en charlas de concientización, que se han informado y han puesto esa información, muchas veces alarmante, a disposición del público. Durante años he visto a compañeros claudicar y a otros aguerridos ensuciarse las manos esperando que alguien más se quede con ellos bajo el sol.

Evidentemente, al caer al piso, una cara resplandece al sol y la otra está oculta. La cara que resplandece al sol es la exitosa campaña en las orillas del lago Uru Uru y Uyuni. Pero la otra cara es aquel tiempo en que ecologistas, comunarios, o cualquier persona que haya pasado por allí, llamó a la sociedad a actuar y la sociedad contestó: “ocupado”. 

Un atardecer en el Uru Uru. / Foto gentileza de Marcos Flores.

No es la primera vez que nos pasa, ni es la primera vez que sucede en el mundo. Cuando la pequeña Greta Thunberg hizo su aparición en 2019 con declaraciones sobre problemas ambientales, lo hizo sobre varios daños y muertes de ambientalistas que habían luchado por los bosques, por su propio medio ambiente, en distintas partes del mundo.

Debemos dejar en claro que limpiar es una maravilla. Pero hay algo horrible que nos pasa y nos está pasando desde siempre, y es que no hemos aprendido a escucharnos, es que vivimos en el país del siempre no, hasta que sean palabras del más allá las que nos hagan resucitar y levantarnos de nuestra tumba de sociedad apática.

Uno de los detalles más preocupantes es que, desde 2002, junto al Lago Poopó, el Uru Uru ha sido declarado por la Convención de Humedales de la UNESCO como Sitio RAMSAR. Lo que implica que este espacio es un humedal donde se concentra mucha biodiversidad y es determinante en el funcionamiento del ecosistema. Y que Oruro, en el programa Cuenca Lago Poopó (en seguida explicaremos cómo influye el Uru Uru en la cuenca), tenía 14 millones de euros de recursos, dinero que alcanzaba y sobraba para resolver estos problemas. Lo que quiere decir que solo se necesitaba que alguien se remangara la camisa (cosa que no hicimos) y, desde luego, que todos los demás nos ensuciáramos. Pero ahora ya no tenemos los 14 millones y vamos a hacer el trabajo sucio gratis.

La labor de limpieza la vienen realizando voluntarios orureños desde hace mucho. / Foto gentileza de Marcos Flores.

Oruro, en el programa Cuenca Lago Poopó, tenía 14 millones de euros de recursos, dinero que alcanzaba y sobraba para resolver estos problemas, pero ahora ya no tenemos ese dineral y vamos a hacer el trabajo sucio gratis.

III

Más allá de extremos extranjeristas y autoctonistas que pudieran afectarnos al pensar en este fenómeno social en el que la vergüenza puede más que un sólido discurso, creo que hay un problema económico. 

Los trabajos de voluntariado tienen muchísimo más éxito que las actividades de la burocracia oficial. Una kermesse de metaleros a favor de compañeros caídos es más efectiva que el seguro de salud a la hora de compensar los gastos de hospital. La magia de la solidaridad humana y la fuerza de un ideal. 

En este momento, obviamente juega mucho nuestra pobre autoestima. Es decir, nos daba mucha pena que el amigo francés viera nuestros calzones de polietileno flameando así en la pampa. Entonces vemos que la vergüenza de un pueblo puede más que 14 millones de euros. 

IV

Para escribir este artículo he llamado a mi amigo Marcos Flores, activista ambiental que nos ha facilitado las maravillosas fotografías que lo acompañan y son todas de primera línea. 

Por aquella zona que se limpió en la campaña impulsada por el francés Alexis Dessard pasa el tren hacia el sur del país. Más de una vez hemos debido realizar excursiones hacia Machacamarca, que se encuentra a 20 km. de la ciudad de Oruro. Lo hicimos con mi padre, así como otras excursiones interesantes. Hay un libro maravilloso sobre eso, hecho por Francisco Díaz Queraltó, un jesuita que se dedicó a caminar las pampas orureñas y que trazó alrededor de 20 rutas de excursión alrededor de Oruro para conocer lugares entre conocidos y desconocidos. 

El Uru Uru es un lugar hermoso, que podría ser aprovechado para promover turismo. / Foto gentileza de Marcos Flores.

Obviamente, juega mucho nuestra pobre autoestima. Es decir, nos daba mucha pena que el amigo francés viera nuestros calzones de polietileno flameando así en la pampa. Entonces vemos que la vergüenza de un pueblo puede más que 14 millones de euros.

Hay una alegría positiva por el trabajo realizado. Algunos barrios ya repiten la experiencia y eso es maravilloso. Pero debemos aprender a dar justicia a nuestros propios esfuerzos. Un día prendemos la tele y lo están condecorando al Grinch en el congreso y uno ve a los compañeros alrededor, zapateando de rabia por tener una oportunidad para darle combustible a sus ideas. Miles de proyectos deshechos. Recuerdo ahora solamente el caso de los respiradores que se compraron en España, cuando aquí podíamos comprarlos mucho más barato dándole trabajo a la gente. 

Entonces pienso en mi amigo Omar, que hizo esa máquina para fundir plástico y hacer los ladrillos de las casas prefabricadas, que costaba algo así como mil pesos con alta funcionalidad y nadie le tomó la palabra. Pienso en todas las veces en que se ha pedido el cierre del zoológico orureño. Pienso en aquel muchacho que ganó un premio internacional de astrofísica y buscó un financiador para su beca y le dieron un tijchazo en su nariz en todas las oficinas cuyas puertas que tuvo que tocar. Pienso en mi amigo Rolito, periodista de acción que, en el mismo lugar de los basurales que se limpiaron en aquella campaña, propuso un malecón turístico. 

Pienso en nosotros, bailando “Tarzan boy”, aquí y ahora. Negándonos a escuchar, tantas cosas, tantas cosas. No tiene nada que ver y por eso le subo el volumen.

 

  • Sergio Gareca es escritor, músico y cineasta. Fundó el Kolectivo Perro Petardos, el Ateneo Semilla Cámbrica-Mundo Libre y forma parte del Movimiento Cultural Suyana y del equipo organizador del Festival Internacional de Poesía de Bolivia.

 

 

 


 

 

 

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