Croniquita

Un desastre cuadro por cuadro

Cumplir el sueño de vivir el arte, más aún siendo joven, puede llevarte a cometer ciertos pecadillos, pero nunca falta un “buen samaritano” que te da un sopapo de realidad para que pongas los pies sobre la tierra. ¿Qué harías tú por ser algo así como un rockstar?
domingo, 2 de mayo de 2021 · 00:05

Leaño Martinet

 

Debido a que casi cada dos años nos trasladábamos de ciudad, estuve en una infinidad de escuelas y colegios. Traslados, traslados y más traslados. Ya estaba cansado de presentarme ante la clase explicando que mi papá no era un militar que mudaba de destino, sino que los azares de la vida nos hacían viajar de aquí para allá. No solo era difícil hacer nuevos amigos, también era triste recordar a los que se habían quedado atrás.

Siempre tuve envidia de las personas que conservan “amigos desde kínder”. Eventualmente, se ponían emocionales y me restregaban sus adorables recuerdos en la cara. En lo personal, me parecía que esas amistades eran falsas y forzadas, nacidas de la necesidad de evitar la soledad en el agobiante mundo escolar. Los amigos de la infancia constituyen meros mecanismos de defensa para evitar el acoso del resto de los estudiantes. Lo único que esas personas tienen en común es el barrio y el centro educativo. Y sí, envidio esas amistades.

Siempre tuve envidia de las personas que conservan “amigos desde kínder”. Eventualmente, se ponían emocionales y me restregaban sus adorables recuerdos en la cara.

Una amiga que trabajaba como enfermera en un colegio sostenía la hipótesis de que cada curso era una fotografía perfecta de la sociedad en su conjunto, y no había que analizar mucho para distinguir la diversidad de habilidades que poseían los estudiantes. Creo que ella podía prever claramente quiénes iban a terminar trabajando en un hospital, en un banco o en la prisión. Además, en cada nuevo curso descubría a una o uno que tenía habilidades artísticas, las cuales rápidamente eran aplacadas por la familia y el profesorado, recurriendo al cliché de que un artista se muere de hambre.

Llegando a la adolescencia, impulsado por la firme rebeldía de la edad, resolví que echaría por tierra ese cliché y mi futuro sería, precisamente, artístico. Decidí que iba a vivir dibujando y pintando el resto de mi vida. La curiosidad me empujó a buscar otros seres que compartieran el mismo destino, y así trabé amistad con Nardo, quien me aventajaba por lo menos cinco años. Era un tipo muy hábil en el arte de la conversación, administraba perfectamente los tiempos entre chistes, anécdotas y preguntas. Pasábamos dos o tres tardes por la semana reunidos en nuestra oficina, es decir, en las gradas callejeras del edificio V Centenario, en La Paz. El lugar era perfecto para reunirse, puesto que toda la socialité de la ciudad circulaba eventualmente por allí. Constituía una especie de cuello de botella entre el barrio bohemio de Sopocachi y el centro de la ciudad. Resultaba fácil toparse con músicos, escritores o dibujantes que vivían su cotidianidad.

Llegando a la adolescencia, impulsado por la firme rebeldía de la edad, resolví que echaría por tierra ese cliché y mi futuro sería, precisamente, artístico. Decidí que iba a vivir dibujando y pintando el resto de mi vida.

Mi amistad con Nardo se basaba en una meta común: pretendíamos vivir dibujando, confiando en que nuestro oficio nos diera suficiente dinero para subsistir. Era claro que, de ambos, él necesitaba alcanzar más rápidamente aquel destino, puesto que los años le comenzaban a agobiar y no podía vivir soñando eternamente. De todas las opciones que barajábamos, la más interesante consistía en publicar historietas, con la esperanza de que llegaran a tener tanto éxito que nuestros bolsillos se regocijaran de alegría. Nardo, con su poder de habla, era excelente haciendo contactos; llegamos a conocer a casi todos los dibujantes que habían alcanzado la anhelada meta. Con todo, aquel futuro no se mostraba muy promisorio, porque la mayoría de ellos se quejaba de las ajustadas condiciones en las que vivían como dibujantes. Sin embargo, nuestros ideales nos velaban la cruda realidad y, por consiguiente, mantenían nuestra aspiración intacta.

Historieta creada por Leaño Martinet para el primer número de Crash! / Foto gentileza del autor

En medio de esa odisea llegamos a conocer al tupiceño Juan Alfaro, que usaba el alias de Juancho y había realizado una revista de humor político en los años setenta, llamada Cascabel. Fue la primera persona que se entusiasmó con nuestra intención de publicar. Imagino que la idea, para él, representaba un segundo aire de vida, una forma de retomar las andanzas de su juventud. Pronto, Juancho asumió el liderazgo del grupo, dado que era el único de los tres que había publicado su trabajo y hecho una vida del trazo. Nardo le concedió toda su confianza y, pese a que yo tenía mis reservas, al final lo acepté y decidimos avanzar en la travesía.

Gracias a Juancho pudimos tocar las puertas de varios periódicos y editoriales. La mayoría de sus representantes nos escuchaba respetuosamente y, con el mismo respeto, nos mostraba la puerta de salida. Por entonces, nuestro medio se encontraba muy alejado del mundo de las historietas fantásticas. La única referencia previa era un extinto suplemento dominical en el que habían publicado Susana Villegas y Álvaro Ruilova, los dos dibujantes más talentosos de nuestra generación. Sin embargo, para cuando nosotros nos encontrábamos en escena, ya a nadie le importaban las historietas ni la fantasía ni nada.

En medio de esa odisea llegamos a conocer al tupiceño Juan Alfaro, que usaba el alias de Juancho y había realizado una revista de humor político en los años setenta, llamada Cascabel. Fue la primera persona que se entusiasmó con nuestra intención de publicar. Imagino que la idea, para él, representaba un segundo aire de vida, una forma de retomar las andanzas de su juventud.

Al borde de la desesperación, cuando sopesábamos vender algunas de nuestras posesiones para reunir el dinero suficiente y publicar algo de forma independiente, Juancho nos llamó con una excelente noticia: la editorial Eureka estaba muy emocionada con nuestro proyecto y deseaba publicarnos. En aquel momento, el mundo se me vino al piso. Los nervios se me pusieron a mil porque, aparte de algunos borradores, no tenía absolutamente nada listo para publicar. Hice y deshice en mi pequeño taller buscando ideas, garabateé como nunca en la vida, con más miedo que placer, y al final logré concluir unas cinco o seis páginas que contaban una historia sin pies ni cabeza.

La sinopsis podría enunciarse de la siguiente manera: “Una mujer contrata a alguien para matar a su marido porque éste se niega a concederle el divorcio, pero el sicario descubre que también le han pagado para matarla a ella en venganza porque su padre era responsable del asesinato de unos jóvenes comunistas en la calle Harrington”. Aunque la historia carecía de sentido, funcionaba por su estilo críptico: como no se entendía nada, el lector debía darse modos para otorgarle un significado y armaba su propia historia.

Juancho nos llamó con una excelente noticia: la editorial Eureka estaba muy emocionada con nuestro proyecto y deseaba publicarnos. En aquel momento, el mundo se me vino al piso. Los nervios se me pusieron a mil porque, aparte de algunos borradores, no tenía absolutamente nada listo para publicar.

Con la confianza recuperada, acudimos a la reunión con la editorial, que estaba manejada por una hermana y dos hermanos barbudos de baja estatura, sonrisas forzadas y fuertes apretones de mano. De nuestro lado, el único que hablaba era Juancho, entremezclando temas de periodicidad, exclusividad, derechos de autor, regalías y muchas otras cosas que me resultaban ajenas. Yo reparaba en el brillo de sus ojos: parecía haber perdido diez años en esa charla, era joven nuevamente. El más pequeño de los hermanos nos indicó que Frank Arbelo, el diseñador gráfico que trabajaba en la editorial, también hacía ilustraciones y sería interesante que participara en una de las historietas. Nardo y yo dudamos al respecto, pero no teníamos voz. Juancho aceptó encantado, bajo la condición de que la portada de la revista fuera suya.

La revista ya tenía forma, pero le faltaba un nombre. Decidimos que lo más práctico era usar una onomatopeya y la bautizamos Crash! Frank no tardó mucho en diseñar un logo, y días después teníamos nuestro primer número diagramado y listo para entrar a imprenta. Los hermanos se encargaron de armar toda la parafernalia de la presentación. De improviso, organizaron una fiesta de inauguración con banda de rock y firma de autógrafos. Era algo surrealista ver nuestros dibujos en casi todos los periódicos, los cuales celebraban el nacimiento de la primera revista de historieta boliviana. Por supuesto, Crash! seguramente no era la primera, pero esas exageraciones sirven para vender.

Acudimos a la reunión con la editorial Eureka, que estaba manejada por una hermana y dos hermanos barbudos de baja estatura, sonrisas forzadas y fuertes apretones de mano.

Durante aquellos días nos sentimos como estrellas de rock que acababan de presentar un disco. Acabábamos de dar el paso más difícil de nuestras promisorias carreras como dibujantes, publicar nuestro trabajo, y ya estábamos planeando el segundo número. Yo tenía una historia mucho mejor elaborada, que trataba sobre unos niños que descubrían un túnel entre la plaza Abaroa y la plaza Murillo. El túnel escondía galerías habitadas por todos los héroes de la patria, quienes relataban que sus aventuras no eran nada más que movidas de ajedrez para alcanzar el jaque mate patriótico. Me gustaba mantener aquel estilo críptico y ya había pensado en hacerlo propio. 

Sin embargo, como no todos los días son soleados y periódicamente llegan las tormentas para recordarnos que no todo en esta vida es color de rosa, muy pronto recibimos lo que se suele llamar un “sopapo de realidad”.

No sabíamos que la editorial con la que trabajamos mantenía vínculos políticos con el neoliberalismo que gobernaba entonces, lo cual le había granjeado enemigos en el bando contrario. Entre ellos, su mayor némesis era un peruano asilado en nuestro país –acusado de formar parte de una guerrilla en el suyo– que dirigía una rabiosa publicación. En territorio boliviano, se había dedicado al periodismo y, eventualmente, lanzaba misiles mediáticos contra el gobierno de turno y sus amigos.

La tira de Nardo y la de Moebius, el principio del fin. / Foto gentileza del autor.

Nos dedicó un par de números de su publicación, acusándonos de plagio. Aunque aseguraba que Juancho había imitado al inglés Simon Bisley en la portada de la revista, lo realmente catastrófico fue que denunciaba a Nardo de haber copiado, casi fielmente, una historieta del francés Mœbius. El reportaje no dejaba de ser impresionante: mostraba que los dibujos habían sido casi calcados. Si bien Nardo había modificado un poco el estilo original, el delito era evidente. No había forma de negarlo, los dibujos hablaban por sí solos: era un desastre cuadro por cuadro.

Durante aquellos días nos sentimos como estrellas de rock que acababan de presentar un disco. Acabábamos de dar el paso más difícil de nuestras promisorias carreras como dibujantes, publicar nuestro trabajo, y ya estábamos planeando el segundo número.

Nardo me expuso un sinfín de explicaciones sobre la inspiración y cómo las ideas rondaban en las cabezas de todos. Aunque era muy hábil en el arte de la conversación, resultaba imposible salir ileso de aquella acusación. No le creí nada. Hasta el día de hoy pienso que simplemente no supo manejar el pánico de publicar por primera vez y eligió la salida fácil: montar algo seguro y esperar que nadie se diera cuenta. Juancho se puso de su lado, creo que por mantener a flote el bote, que ya se encontraba claramente partido en dos. La rabia hizo que me alejara de ambos, y de todo en realidad, durante un tiempo. Ya estaba abandonando la idea del arte y comenzaba a imaginar mi próspero futuro trabajando para la banca.

La editorial movió las piezas rápidamente y quiso ofrecer batalla. El asunto se convirtió en una burda pelea entre gallitos: ya no importaba el plagio ni los ideales políticos, sino dañar al contrincante. En medio de aquel remolino, Frank hizo propia la revista y llegó a publicar unos diez o doce números en los cuales desfilaron casi todos los grandes nombres de la historieta nacional. Obtuvo un relativo éxito de ventas y aquello sirvió para impulsar la escena historietil durante aquellos años.

Nardo me expuso un sinfín de explicaciones sobre la inspiración y cómo las ideas rondaban en las cabezas de todos. Aunque era muy hábil en el arte de la conversación, resultaba imposible salir ileso de aquella acusación. No le creí nada.

La publicación del peruano que nos había sepultado desapareció cuando su director se volvió asesor del primer presidente indígena de nuestro país. Con los años, el director de nuestra editorial neoliberal adoptó la misma línea ideológica. Al parecer, el tiempo había hecho que los enemigos abandonaran sus acérrimas ideas juveniles y formaran una especie de amistad. Es que la política es así: uno acomoda el corazón al calor de las circunstancias y necesidades.

Algunos meses después, Nardo se marchó del país. Hace como veinte años que no lo veo, aunque llegamos a escribirnos y me comentó que seguía dibujando. De Juancho tampoco supe más; alguna vez me llamó para emprender otra publicación, pero yo ya estaba en otro tren.

Mi madre guardaba con cariño un ejemplar de aquella primera revista de historieta boliviana, pero la última vez que le consulté por ella me dijo que, al parecer, se había perdido durante un traslado.

 

  • Leaño Martinet es boliviano de nacimiento y francés de pasaporte. Un artista visual que escribe de vez en cuando.

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