Confesiones / Itinerario desordenado

El 52, otras miradas

Tres mujeres miran la historia a través de sus novelas, intensa y bellamente contadas. Décadas después, una joven investigadora las mira a ellas y desmenuza sus imágenes, sus interpretaciones, sus símbolos. Luego, alguien mira a las cuatro y a sí misma, su aldea, su niñez, sus construcciones. Ahora es nuestro turno. ¿Qué es la vida si no este juego de espejos?
domingo, 23 de mayo de 2021 · 00:04

Carmen Beatriz Ruiz Parada

 

La Santa Cruz de la Sierra de mi infancia era una pequeña ciudad donde convivían las delicias de una vida aldeana y los miedos producto del tiempo político y de las amenazas de la naturaleza: a la intervención del Control Político del MNR, al turbión del río Piraí, a la invasión de los ucureños, al tumulto de las luchas cívicas, a las ocupaciones de las quintas improductivas que rodeaban el escaso centro urbano, lideradas por los hermanos Sandoval Morón y a la lascivia del cacique, un temible galán que seducía y robaba quinceañeras en los pueblos donde llegaba y a los gitanos que raptaban niños. Por todo ello, “las niñas bien” debían quedarse tranquilitas dentro de sus casas. El cuento de todos los poblados de campanario.

La historia no pasa de largo

Tengo edad suficiente como para haber vivido y por tanto recordar varios hechos de la historia contemporánea del país. No lo siento como un peso sino como un privilegio. Los años, y de yapa la pandemia, nos benefician con una especie de indulto para dejar de correr, aminorar la prisa y revisitar meandros de la memoria que en el apuro de vivir muchas veces creemos que por haberlos recorrido ya están cerrados… hasta que algo o alguien nos alerta.

Así me pasó con las imágenes y referencias que tengo de la Revolución Nacional de 1952. Más allá de las obligadas referencias de la historia escrita, primero en los entonces escasos textos escolares y posteriormente los leídos en la época universitaria, más abundantes e ilustrativos. Por otro lado, la militancia partidaria estimuló otras lecturas de una realidad que yo percibía debatida y contradictoria entre mi historia familiar y mi incipiente análisis político. 

Los años, y de yapa la pandemia, nos benefician con una especie de indulto para dejar de correr, aminorar la prisa y revisitar meandros de la memoria que en el apuro de vivir muchas veces creemos que por haberlos recorrido ya están cerrados… hasta que algo o alguien nos alerta.

Si bien esas contradicciones no me quitaban el sueño, mi verdadera piedra de toque fue el texto La revolución de 1952 en la novela boliviana contemporánea escrita por mujeres, tesis doctoral de María Vania V. Diaz Romero Paz (presentada en septiembre de 2016 en la Universidad de Oregon, USA para optar al título de Doctor of Philosophy degree in the Department of Romance Languages). 

En su estudio, Diaz Romero analiza tres novelas escritas por mujeres en distintas décadas: Hijo de Opa, de Gaby Vallejos (1977); La Flor de la Candelaria, de Giancarla Zabalaga de Quiroga (1989) y Los Ingenuos, de Verónica Ormachea (2007). Las tres novelas cuentan historias familiares relacionadas con procesos privados y públicos vinculados con la Revolución Nacional que explotó en 1952, pero cuyas raíces se hunden y ramifican con sucesos del pasado y del futuro en el país. 

Mujeres de la época.

Tres novelas, tres mujeres, tres miradas

En la novela de Vallejos, la “opa” es una indígena quechua, parte del servicio gratuito de una hacienda en el valle de Cochabamba. El propietario, Cartagena, la viola sucesivamente, y ella da a luz a Martín, quien es criado en las mismas condiciones de servicio y abandono en las que vivió su madre, en los traspatios de la hacienda. Cuando Martín tiene seis años es testigo del asesinato de su madre a manos de uno de los hijos “legítimos” de Cartagena, su medio hermano Juan José. Martín emprende una carrera política como líder sindical, Juan José se enrola como paramilitar y torturador de los gobiernos de turno y las hijas de Cartagena mueren o languidecen en un ambiente de desidia y rencor. Una verdadera estampa de decadencia familiar y de clase, narrada, según Díaz Romero “(…) en base a descripciones meticulosas de imágenes y sonido, con un estilo modernista, donde el estilo directo se alterna con monólogos cruzados, para luego contrastar con una polifonía caótica donde varias voces de un pueblo que antes parecía ignorado, cobran vida”.

Zabalaga de Quiroga narra la historia de una pareja criolla que rompe con las convenciones de la sociedad oligarca boliviana de mediados del siglo. Aurora Villareal y Alberto Mendívil viven un romance apasionado y escandalizan a la sociedad conservadora cochabambina de los años treinta porque escapan de la ciudad y viven en concubinato en la hacienda La Candelaria, propiedad de la familia de Alberto en el valle. Allí la jovencísima Aurora y el afrancesado Alberto construyen una vida dispar que retrata las injusticias del sistema con la explotación inhumana de los indígenas y la subordinación de las mujeres, hechos que terminarán por pavimentar el camino de la sublevación. Aurora es protagonista y en parte narradora en esta novela que, según Díaz Romero, “(…) problematiza la cuestión de las genealogías, cuestiona la explotación de los indígenas y plantea al sujeto femenino como el que va a posibilitar la integración de la nueva nación”. 

Ormachea, en Los Ingenuos, narra la saga de los Gonzales de Tezanos - Pinto, una familia oligarca terrateniente, su apogeo, los avatares de su decadencia y el fin de sus privilegios, debido a los cambios drásticos producidos por la Revolución del 52 en Bolivia. Es una revisión crítica de la historia de Bolivia durante el periodo pre y post revolucionario, desde 1944 hasta 1956, enfatizando en la Revolución de 1952, desde la voz y la mirada femenina de una de las protagonistas devenida en la narradora principal. Según Díaz Romero, “En la novela de Ormachea, los sujetos de la historia que se privilegian son los ‘vencidos’, ‘los ingenuos’, ‘la oligarquía’ que está perdiendo privilegios y que desde una voz femenina, son mirados y escrudiñados. Desde el espacio doméstico y desde esta mirada femenina se hace un recuento de la revolución”.

Mujeres de la época.

Más miradas, más reflejos

¿Por qué me conmueven y me provocan a la reflexión estas tres novelas y el estudio que merecieron? Quizá porque, más allá de las cercanías y lejanías que evocan, no creo que haya mujeres y hombres bolivianos que no seamos hijos de la Revolución del 52, independientemente de en cuál década del siglo XX hayamos nacido, aceptándolo o no, porque aun estando en contra, no se puede negar su carácter constitutivo y fundacional, como lo afirma Díaz Romero citando a René Zabaleta Mercado: “Lo que somos hoy [...] a favor o en contra, estaba ya inmerso o no revelado en los días aquéllos. Es un verdadero momento constitutivo; allá se fundó no solo el Estado del 52 sino también toda la sociedad civil del 52”. No podría decirse mejor.

Díaz Romero parte del análisis de las historias familiares como metáfora de la nación. Así, los clásicos recovecos domésticos de mestizajes, violencias, incestos, alumbramientos, complicidades, obsesiones, caídas, huidas y encuentros son los hilos narrativos de los cuales podemos jalar para tejer esas inextricables redes en las que nos movemos las y los bolivianos. Con el valor adicional de que se cuentan desde voces de protagonistas y narradoras mujeres. Polifónicas e introspectivas, éstas se hacen escuchar como las imágenes que, reflejadas desde un espejo, nos obligan a mirarnos en el aquí y el ahora de este país actual creciendo en el rumor de identidades conflictivas.

Díaz Romero parte del análisis de las historias familiares como metáfora de la nación. Así, los clásicos recovecos domésticos de mestizajes, violencias, incestos, alumbramientos, complicidades, obsesiones, caídas, huidas y encuentros son los hilos narrativos de los cuales podemos jalar para tejer esas inextricables redes en las que nos movemos las y los bolivianos.

Tres mujeres me hacen mirar la historia a través de sus novelas, intensa y bellamente contadas. Décadas después, una joven investigadora las mira a ellas y desmenuza sus imágenes, sus interpretaciones, sus símbolos; yo las miro a las cuatro y me miro a mí misma, mi aldea, mi niñez, mis construcciones, y ahora ustedes me miran a mí. ¿Qué es la vida si no este juego de espejos? 

Sí, yo creo que las miradas y las voces femeninas tienen matices, tonalidades y caracteres propios y múltiples. Díaz Romero destaca que las tres autoras estudiadas por ella se distancian del discurso laudatorio de la Revolución al tiempo que cuentan desde adentro situaciones que probablemente no se conocerían de otra manera. De este modo muestran en paralelo la explotación de los indígenas y la subordinación de las mujeres y el papel que éstas jugaron y juegan tendiendo puentes, luchando por construir integraciones con gestos cotidianos que suelen escapar a la mirada masculina o que incluso pueden, no sólo negarse, sino calificarse de extravagantes: mujeres educando y criando hijos propios y ajenos, repartiendo panfletos, ocultando perseguidos y armas, visitando presos y llevando mensajes.

En fin, si cualquier revolución puede vivirse “como un asedio”, yo, que nací en el 56, prefiero vivir la nuestra, la fundacional, con sus logros y sus fracasos, como un parto germinal de la inclusión que tanto buscamos. Aunque haya todavía mucho camino por recorrer. 

 

  • Carmen Beatriz Ruiz Parada es comunicadora social, profesión que ejerce en las áreas de desarrollo rural y derechos humanos. Escribe historias de vida y narrativa.

 

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