Retrato

Mi amigo, el 9 de área

“No hay Mano de Dios, no hay gloria eterna; solo hay un partido torpe, sucio, difícil y, en ese partido, hay un equipo que necesita festejar un gol y mi amigo se va a encargar de que así sea”. Ese amigo querido es el periodista Boris Iván Miranda, cuya repentina partida deja un profundo vacío pero también entrañables recuerdos.
domingo, 23 de mayo de 2021 · 00:05

Luis Velasco Schmiedl 

Los números son tramposos. Y no lo digo porque desde que dejé el colegio no he vuelto a encarar la matemática con entusiasmo, sino porque los números que usamos a diario, vulgares y pueriles, siempre nos dejan promesas rotas. Te veo a las cuatro, hablamos el 25, llego en 10. Y luego no, no y no. Dos milenios y medio de Filosofía y la idea de números perfectos, armónicos, constructores lógicos de la consciencia humana, es algo casi tan irreal como nuestra habilidad de llegar en 15, si decimos 15.

Mi cerebro reconfigurado para la vida en redes sociales me obliga a pensar inmediatamente en un meme de Pitágoras. Seguro hay en Internet. Todo hay en Internet.

En Internet también hay un video de mi amigo. La página web dice que lleva ahí 15 años pero es más antiguo. ¿Ven cómo los números engañan? En el video, mi amigo está jugando fútbol. No se nota si es de mañana o solo hace frío, pero en La Paz eso da igual. Mi amigo retoma el control del balón cerca a la mitad de la cancha y se deshace hábilmente de tres defensas. Puede abrir la cancha con un pase al lateral pero no lo va a hacer. Mi amigo lleva el número nueve en la camiseta: su misión es encarar y definir. El remate de zurda rebota torpemente en el arquero y cae a los pies de un defensa, que en un vano intento por despejar el balón lo dispara directamente a los brazos levantados de mi amigo, donde rebota y se introduce tímidamente en el arco. Es gol. ¿Es gol? Es gol.

Durante mi corta experiencia dentro de una cancha de fútbol, también llevé conmigo un número engañoso. Mi camiseta siempre tenía un cinco impreso en la espalda, pero me ponían a jugar de tres o de seis, alguna vez incluso jugué de dos. No obstante, mi amigo siempre llevaba la nueve y jugaba de nueve. Y es acá donde quiero que me pongan atención: el nueve es un número especial, destinado a los que hacen cosas especiales.

Mi amigo lleva el número nueve en la camiseta: su misión es encarar y definir. El remate de zurda rebota torpemente en el arquero y cae a los pies de un defensa, que en un vano intento por despejar el balón lo dispara directamente a los brazos levantados de mi amigo, donde rebota y se introduce tímidamente en el arco. Es gol. ¿Es gol? Es gol.

En el video, mi amigo no duda. Festeja el gol, confiado. Y la seguridad con la que lo hace obliga al árbitro a cobrarlo a su favor y marcar con un pitazo el centro de la cancha. No hay Mano de Dios, no hay gloria eterna; solo hay un partido torpe, sucio, difícil y, en ese partido, hay un equipo que necesita festejar un gol y mi amigo se va a encargar de que así sea.

Me es difícil pensar en una situación en la que no haya sido el primero en poner el pecho o poner el hombro. Verán, en el fútbol, el nueve suele ser un delantero, bien pegadito al área. Los centros que viajan con bendición de gol suelen estar destinados a ellos, porque el equipo entero sabe que son los más capaces de clavar la pelota al fondo del arco. Y por eso no solo son los más valiosos, sino también los más queridos.

Al final, el hado inexorable se encargaría de mandarle centros un poco más lejos de las canchas, pero mi amigo los iría a buscar todos. “Como todavía no me contrata un equipo de fútbol, vivo del periodismo”, decía mi amigo. En la cancha y en todo lo demás, jugaba de nueve.

A los que lo vimos de cerca jugársela en la vida, nos regaló golazos. Controlaba la bola con maestría, la cabeceaba con clase y, cuando la jugada estaba armada, nos metía pases al vacío a muchos que en algún momento necesitábamos firmar la autoría de un gol o dos. No había nada más lindo que gritarlos juntos luego.

También vivimos pifias, faltas, calentones, tarjetas amarillas, expulsiones, cambios, traspasos. Lo vimos capitanear y lo vimos en la banca. Pero con él aprendimos la importancia del equipo y, sin duda alguna, el enorme valor de estar en la cancha, de estar en la vida. De estar.

En un mundo de números mentirosos, mi amigo, el nueve de área, nos regaló el sosiego de la certeza que solo los más grandes irradian. En mi libro, ese nueve es grande como Batigol, Ronaldo o Gerd Muller; seguramente él habría puesto también a Palermo.

Tal vez por eso su partida nos quiebra. El área está vacía y el nueve no está para pararla, hacer la finta y largar la bola hacia el arco. No lo veremos a las cuatro, no hablaremos el 25, no llegará en 10.

Sin embargo, tal vez Pitágoras sí tenía razón y los números son entes que existen en el mundo de las ideas. Tal vez, y la Tetraktys no es más que el diagrama de una alineación titular. Tal vez el nueve no se ha ido y simplemente lo llamaron a jugar otro partido. Tal vez está allá arriba y de nuevo de la mano de su viejito aprende a patear ese viejo balón amarillo y negro. Tal vez el hado inexorable le concede al fin el sueño de ser futbolista.

 Ilustración de BeStMaker sobre una fotografia de Boris Iván Miranda, tomado de la mano de su padre, el también periodista Iván Miranda.

Tal vez está allá arriba y de nuevo de la mano de su viejito aprende a patear ese viejo balón amarillo y negro. Tal vez el hado inexorable le concede al fin el sueño de ser futbolista.

Mientras tanto, desde la umbría del desconcierto, no concibo dentro mío tener la fuerza para despedirme otra vez. Mis dedos, acalambrados e inseguros de tanto escribir y reescribir, apenas pueden cometer el improperio de calcar la silueta de Sacheri y hacer de su prosa una elegía; porque a la hora de aclarar mi pensamiento y dejar ir, quiero tener la certeza –aunque se me permita solo una– de que los que conocimos a mi amigo, los que de verdad lo conocimos, al cerrar los ojos esta noche y todas las noches, así lo soñaremos: “(…) con la gorra estrujada en la mano derecha, la ropa sucia y el paso confiado, alejándose de nosotros, perdiéndose en las sombras de la noche junto al banderín del córner, escalando sin prisa los peldaños de la eternidad”.* 

* Valla Invicta, de Eduardo Sacheri.

  • Luis Velasco Schmiedl  es cineasta. Itamae autoproclamado. Soñador.

 

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