Crónicas esféricas

La globalización: Suecia 1 – Senegal 2

¿Qué hacen dos borrachos bailando por una calle de La Paz a las 5 de la mañana de un domingo, mientras gritan “Senegal, Senegal”? El fútbol genera una globalización mágica, siempre que haya bebidas espirituosas para entrar en trance, claro.
domingo, 30 de mayo de 2021 · 00:02

Martín Díaz Meave

El mundial de Japón y Corea del Sur era un acontecimiento esperado pero extraño. Por primera vez la Copa del Mundo se iba a llevar a cabo al otro lado del mismo; por ello, los partidos internacionales que estábamos acostumbrados a ver al mediodía o en la tarde (tarde y noche europeas) se jugarían a las 2 y a las 4 de la mañana. Los cotejos decisivos se jugarían a las 6 y a las 7. Los futboleros sabíamos de estas veleidades pues una vez al año, generalmente los primeros días de diciembre, había que madrugar un domingo para presenciar la copa de copas, la Intercontinental, que por entonces disputaban el campeón de la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol) y el campeón de la UEFA Champions League. 

Pero en verdad era algo poco usual. Yo estaba haciendo mis primeras armas como director creativo y los chicos a mi cargo se me acercaron a hablar.

–Queremos ver el Mundial, pero obviamente se juega tarde, o temprano, según lo quieras ver. Y no queremos fallar en el trabajo. 

Lo que me proponían era sencillo, establecer un rol y trabajar hasta tarde en la noche para irse a ver los partidos tranquilos y llegar a media mañana sin culpa. Tenía coherencia y a mí me gustaba la idea, no solo por ser fanático del fútbol, sino porque siempre sentí que en una agencia publicitaria uno resulta más productivo mientras menos llamadas, correos y encargos tiene que atender. De noche, según yo, todos íbamos a ser más eficientes. Tramité el inusual horario ante mis superiores, a quienes les daba lo mismo mientras las cosas salieran como debían.

Lo que me proponían era sencillo, establecer un rol y trabajar hasta tarde en la noche para irse a ver los partidos tranquilos y llegar a media mañana sin culpa.

En el Mundial 2002, un partido entre Suecia y Senegal despertó pasiones incluso en Bolivia.

En todo caso, lo que sí llamaba la atención en la oficina era la subasta de los equipos mundialistas, un acontecimiento tan esperado como la misma Copa. El experimento había comenzado en el mundial de Francia con mucho éxito. La fórmula era simple, cada Mundial tenía 32 selecciones participantes. Cada uno de estos equipos/países se vendía en un remate al mejor postor. Todo ese dinero iba a un pozo común. Al final del campeonato, quienes eran propietarios de las cuatro selecciones ganadoras se llevaban porcentajes del pozo: 50% la primera, 25% la segunda, 15% la tercera y 10% la cuarta. Según me han dicho, la costumbre perdura hasta hoy. En ese entonces, Marcelo, Pedro y yo, junto con varios chicos del departamento de medios, nos preparamos con tiempo y, aunando esfuerzos, compramos los equipos de Portugal, Francia y Argentina. Los tres serían eliminados en primera ronda, dejándonos en la quiebra. 

En medio de todo, yo tenía, pese a todo, un inconveniente con los horarios.

La Choca y yo habíamos comenzado a salir hace poco y las cosas simplemente no se habían dado de la manera adecuada. Al parecer, no nos favorecía el timing. Los dos veníamos saliendo de relaciones algo intensas y todo estaba muy fresco. Nos seguíamos viendo porque, pese a ello, la pasábamos bien juntos, aunque a la hora de hablar del tema ambos parecíamos ponernos más nerviosos de lo que debíamos.

Evidentemente, los nuevos horarios no nos iban a favorecer. Por entonces, Pedro me hacía de confidente, veíamos juntos todos los nuevos proyectos y su sed por aprender era grande. Con él no solo compartía problemas propios de mi nueva responsabilidad, sino también los personales.

–Uta, men, qué te puedo decir. Jodido. A veces hay que dejar ir nomás. Pero si se gustan, no sé… a lo mejor intentar. No sé, men, jodido.

Decidimos romper la confianza de oficina y lo invité a plegarse al grupo ese fin de semana. Por “el grupo”, me refería a un combinado de amigos míos y de mis hermanas que habíamos comenzado a vernos con cierta frecuencia, entre los cuales estaba la Choca. Quedamos ese fin de semana para ir al Malegría.

La fiesta se interrumpió para poder ver el partido mundialista.

El Malegría de la calle Goitia tenía un espíritu especial. Era la época de más popularidad del local y si querías encontrarte con alguien para pasarla bien, ese era el punto. Pedimos una mesa con la seguridad de que íbamos a ser bastantes; el grupo que habíamos armado era variopinto y numeroso. Era sábado por la noche y sabíamos que a las 2:00 había partido. Por octavos de final se enfrentaban Suecia y Senegal y habían puesto pantallas en el local para verlo. Pedro ya estaba allí. El único detalle es que, una vez más, la Choca había traído a su prima, la Churca. La chica de cabello enrulado caía mal de solo verla. Tenía una mirada que parecía desaprobar todo lo que la circundaba: la gente, el lugar, el ambiente, todo. Un par de veces ya habíamos coincidido y cuando todos decían blanco, ella decía negro.

El Malegría de la calle Goitia tenía un espíritu especial. Era la época de más popularidad del local y si querías encontrarte con alguien para pasarla bien, ese era el punto.

–¿Qué van a tomar?

–Creo que pedimos un fernet, ¿no?, ¿todos de acuerdo?

Todos asentimos menos ella.

–Ay, que asco. Lo siento, yo fernet no tomo.

–Bah, luego pedimos el trago. ¡Vamos a bailar!

–¿Qué es lo que está sonando? No, esto qué será, yo no bailo.

Todo el grupo se levantó y fue hacia la pista de baile. La Choca tomó mi mano de forma tímida.

–Vamos a bailar– le dije. Nos levantamos sonrientes.

–Ay no, no me dejes sola, no seas así. Quédense un ratito –intervino la prima. Nos miramos disconformes y nos sentamos. Pedro me lanzó una mirada de “ni cagando me enganchas con esta mina”. 

Al poco rato, en las pantallas ubicadas en el local, el partido comenzó. Estando sentados no nos quedaba mucho más que hacer que verlo. Pero para aumentar el mal karma de la prima, parecía que el fútbol le interesaba muy poco y de hecho nos buscaba charla mientras la Choca y yo tratábamos de ver el match. Me interesaba un bledo lo que tenía para decir. En estos casos, yo activo un módulo de aislamiento sensorial, una especie de burbuja imaginaria que hace que me pueda enfocar solo en el fútbol. Y de hecho, a los 11 minutos, tras un córner, Suecia abría la cuenta con un cabezazo de Henrik Larsson, mientras la prima nos contaba algo acerca de un viaje suyo al Brasil. Fue un buen momento para darse cuenta de que la mayoría de los presentes en el local habían volcado sus simpatías por Senegal.

Pocos minutos después, la reacción senegalesa fue intensa. Los africanos comenzaron a buscar insistentemente el arco de Magnus Hedman, que resistía heroicamente los embates. Noté que la gente en el local había dejado de bailar para ver el partido. Un par de chicos le pedían al DJ que por favor le bajara a la música para que se pudiera escuchar el relato. La Choca no era fanática del fútbol, pero sabía apreciarlo, y juntos lo estábamos disfrutando; Pedro, ella y yo veíamos el partido, que se había tornado intenso, mientras su prima trataba de hablarnos sobre su maestría o algo así. En ese empeño estaba cuando Senegal empató, Henri Camara la paró con el pecho fuera del área, buscó espacio entre dos defensas y disparó rasante en diagonal. Gol. Alegría general, todos festejaban. El grupo de amigos nos miraba desde la pista agitando sus vasos, todos metidos en el partido que terminaría empatado a uno en tiempo reglamentario. Lo que le daba emoción a la prórroga de los 30 minutos, en este caso era la nueva normativa de la FIFA, el famoso “Gol de Oro”. Se jugaba media hora más, pero el primero en meter gol ganaba.

Henri Camara les aguó la fiesta a los suecos.

A esas alturas de la noche –o de la madrugada–, ya nadie estaba bailando, todos miraban el partido. El grupo de amigos había tomado ubicación en la mesa y nos alistábamos para la prórroga, cuando la Churca no quiso ser menos.

El grupo de amigos nos miraba desde la pista agitando sus vasos, todos metidos en el partido que terminaría empatado a uno en tiempo reglamentario. Lo que le daba emoción a la prórroga de los 30 minutos, en este caso era la nueva normativa de la FIFA, el famoso “Gol de Oro”. Se jugaba media hora más, pero el primero en meter gol ganaba.

–Dice mi prima si la podemos llevar –me dijo la Choca.

–Obvio, que esto termine y la llevamos.

–Dice que no tenía permiso hasta tan tarde, que por favor la llevemos ahora.

En mi cabeza daba vueltas la duda de cómo alguien puede estar en una maestría y seguir pidiendo permiso a sus papás, con hora para llegar al estilo Cenicienta. Eran simple y llanamente ganas de joder. 

–Mirá, si esto comienza yo no me muevo de aquí. Si quiere que la llevemos es ahora.

Salí a acercar el auto a la puerta, acompañado de Pedro, que tenía un sentido especial para el humor negro.

–Esta mina es una amargura andante. 

Cuando se subió al auto partimos a toda velocidad. Por suerte vivía cerca, aunque para variar comenzó a hablar de algo que no queríamos escuchar. También por eso pusimos la radio con la transmisión del partido a todo volumen e hicimos la ida y vuelta en tiempo récord. Al llegar, le pregunté a Pedro qué es lo que ella decía.

–Que por favor no vayas tan rápido. 

Nos juntamos con el resto del grupo que estaba en la pista de baile expectante al partido. A los pocos minutos de entrar, vimos cómo un taconazo mágico de Pape Thiaw habilitaba a Henri Camara, quien recibía en medio de cinco defensores y, nuevamente, con remate fuerte y bajo, vencía el arco sueco, esta vez de modo definitivo. Malegría se vino abajo, todos saltaron de sus asientos y comenzaron a festejar. Nos abrazamos con la Choca, que sonreía, creo que agradecida de que nos hayamos llevado a la plomaza de su prima. Un loco de por ahí se puso a bañarnos a todos en cerveza. Al fin se cortó la transmisión y volvió la música, esta vez para completar la fiesta.

Eran las cinco de la madrugada y Pedro y yo salimos a despachar a una de las amigas del grupo en taxi. Delante de nosotros, bajando por la Capitán Ravelo, un par de ebrios gritaba a voz en cuello:

–¡Senegal!¡Senegal!

Nos quedamos mirándolos un rato. No puedo hablar por él, pero en ese momento, viendo a esos dos hinchas circunstanciales, borrachos, inyectados de alegría por un evento ocurrido al otro lado del mundo, entre dos naciones de tan distintas realidades y tan ajenas, solo pensaba en qué tipo de poder mágico había que poseer para que un simple juego se vuelva algo tan contagiante. ¿Qué determinación hacía que de repente uno mire a un grupo y diga “este es mi equipo, yo soy de Senegal”? Ese vínculo, esa apropiación, era algo sobre lo que los psicólogos y antropólogos podían quedarse años estudiando. Yo prefería dejarlo en el terreno de la magia.

 Pedro me miró y sonrió.

–Qué te puedo decir. La globalización, men

(En memoria de Pedro)


 

  • Martín Díaz Meave es publicista, profesor universitario, cronista y actor. Hincha del Tigre, por eso las canas y el aguante.

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