Cine

El origen de los (mis) miedos

Hay situaciones, imágenes e incluso recuerdos que nos provocan miedo. Una sala de cine puede convertirse en una sala de tortura si la película logra clavarse en nuestra mente. ¿En una situación así, podremos ayudar a quien amamos?
domingo, 9 de mayo de 2021 · 08:57

Lourdes Reynaga

El Rogelio tiene el ojo hinchado. Y, mediante esa simple oración, he plasmado de forma indirecta uno de mis miedos más grandes. El miedo a que uno de mis gatos rebeldes (vale decir, uno de los que no puedo atrapar) necesite atención veterinaria y yo sea incapaz de llevarlo a donde puedan proporcionársela.

Tengo miedo y, de pronto, una serie de imágenes catastróficas va dibujándose en mi mente, una serie de escenarios en los que no quiero estar, sensaciones que me niego a aceptar como mías. Y es que el miedo es un potente catalizador de todo aquello que escondemos en nuestro subconsciente, de todo eso que nos negamos a mirar, en lo que nunca queremos pensar.

Tengo miedo y, de pronto, una serie de imágenes catastróficas va dibujándose en mi mente, una serie de escenarios en los que no quiero estar.

El miedo es eso que me hizo acurrucarme como una niñita en una sala del Multicine, mientras en la pantalla se proyectaba La morgue (André Ovredal, 2016). Es lo que me hizo cerrar los ojos, cubrirme las orejas con las manos y tratar de pensar en otra cosa, incapaz de moverme, incapaz siquiera de emitir un grito de terror, de materializar el espanto para dejarlo huir de mi cuerpo. Es lo que hizo que comenzara a llorar a silencio, deseando poder hacerme más chiquita, invisible, inmune, deseando poder esconderme lejos de lo que mi propia mente hacía real solo para mí. El miedo es irracional e inexplicable. Tiene un lenguaje propio que es difícil de cristalizar en palabras, en ese lenguaje común que usamos a diario para comunicarnos con nuestros semejantes, es lo que, de alguna forma, construye un muro invisible entre ellos y nosotros, entre nuestra explosión y el diminuto resquicio que da paso a su empatía.

La morgue es una película solo para valientes.

Miedo es lo que sentí cuando me levanté esa madrugada de 2005 para ayudar a mi tía a cambiar el pañal de mi abuela, ya para entonces sumida en un mutismo inaccesible. Es lo que mi mente dibujó ante la expresión escondida en la mirada de esos ojos grises y que había dibujado 20 años antes frente al encuentro brutal de mi rostro de niña con el de don Manuelito, el cráneo que, como un miembro más de mi familia, habitaba el librero de la sala. Es lo que me despertó a saltos durante años, activado por la sensación de que todo lo vivido, esa ausencia devastadora, no eran sino sueños que estaban a punto de terminar.

Miedo es lo que sentí cuando me levanté esa madrugada de 2005 para ayudar a mi tía a cambiar el pañal de mi abuela, ya para entonces sumida en un mutismo inaccesible.

Mi padre solía decir que no debemos temer a nada, que todo lo que nuestra mente teme se hace real, que nuestros miedos más grandes son invocados por nosotros mismos, por esa ausencia de valor. Lo decía cuando yo tenía cuatro años, lo decía para que mi madre dejara de gritarle porque le había parecido muy divertido asustarme mientras veía conmigo Pesadilla en la calle Elm (Wes Craven, 1984). Lo decía también cuando me enseñaba a atrapar moscas para lanzarlas, semimutiladas, a los rincones de los muros donde hubiera una tela de araña. Cuando mis seis años no eran suficientes para oponer resistencia y permanecía quieta y silenciosa mientras la araña, vilmente engañada, asomaba sus patitas peludas y tanteaba la presa con sus colmillos, mientras sus diminutos ocelos se fijaban en el cuerpo del insecto sin percibir que mi padre movía lentamente un palito de madera. Y de pronto, con un solo movimiento rápido y terrible, cazadora y presa terminaban en el suelo, y un hombre adulto alentaba a una niñita a reventar al arácnido a pisotones.

Luego de ver Freddy Krueger no se quería conciliar el sueño.

—Ah, de ahí viene tu aracnofobia —me gruñe Marcelo, recorriendo con el brazo el suelo debajo del sillón.

No le respondo, no sé de dónde vienen las fobias, aunque, en todo caso, el episodio de las arañas y la presencia de Freddy Krueger en mi infancia, algo tuvieron que ver con la pésima relación que siempre he tenido con mi padre.

—Nada… Se debe haber metido debajo del escritorio —dice, limpiándose el polvo de las palmas en las perneras de sus jeans.

No le digo nada, me limito a mover en silencio las cajas que cierran el acceso al escritorio.

No sé de dónde vienen las fobias, aunque, en todo caso, el episodio de las arañas y la presencia de Freddy Krueger en mi infancia, algo tuvieron que ver con la pésima relación que siempre he tenido con mi padre.

—Pensé que íbamos a hablar de pelis… —intenta.

—Qué te puedo decir. Vi Fóllame anoche…

—¿Es una indirecta?

—Si hubieras visto la película, sabrías que no es precisamente eso…

Fóllame es un thriller francés de culto.

Me mira confundido. De pronto, un rayo gris se precipita hacia el dormitorio. Como si estuviéramos de acuerdo, corremos tras él. No sé si lo atraparemos, no sé si me animaré a contarle a Marcelo que lloré por horas viendo Fóllame (Virginie Despentes, Coralie Trinh Thi, 2000), que las escenas del inicio reactivaron ese otro miedo del que siempre hablo, pero del que nunca llego a hablar realmente. No sé si en algún momento esta sensación asfixiante y dolorosa mute, empequeñezca o me abandone. Lo único que sé es que hay peores padres que el mío (basta con ver Tideland –Terry Gilliam, 2006–, por ejemplo) y que la única alternativa posible, es que ese rayito gris llamado Rogelio, termine de nariz en el consultorio del veterinario.

Tideland  está basada en la novela homónima de Mitch Cullin.
  • Lourdes Reynaga es escritora, crítica literaria y profesora a tiempo completo. Amante del buen chocolate y orureña de vocación; habita en la ciudad maravilla del mundo junto a sus seis hijos "muy amados en los que deposita todas sus complacencias" (sí, tiene seis gatos).

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