Lúcidas lúdicas

A perder el miedo

¿Cómo puede un adulto hablar acerca de una obra hecha para niños?
domingo, 22 de agosto de 2021 · 18:00

Esta y otras también puede leerlas en www.revistarascacielos.com

 

Mabel Franco

 

Qué será lo que pasa en la cabeza de un niño, de una niña, cuando se enfrenta a una obra teatral que ha sido concebida para esa su edad. Es un misterio que un adulto difícilmente develará en su inmensidad; tal vez se acerque y quizás mucho, pero creo que los años, lo ya visto y vivido, le pondrán siempre un límite. Por eso, comentar desde la adultez una obra dirigida a la niñez seguramente se ocupará del fenómeno sin alcanzar el noúmeno, para decirlo filosóficamente. Quizás.

Con ese pero abordemos la experiencia de Perder el miedo, una obra escénica musical largamente trabajada por su autora, Cristina Wayar, junto a diversos colaboradores, de los buenos que hay en su respectivo ramo: un compositor, Juan Andrés Palacios; un animador, Miguel Mealla; un diseñador de iluminación, Ariel Muñoz; una dramaturga, Katherine Bustillos… Entre todos armaron una obra para decirles a los espectadores, particularmente a los que están entre los 6 y 13 años, que no es malo tener miedo, pero que hay que animarse a enfrentar los irracionales.

Que hay trabajo, es evidente y se aplaude. Nada de facilismos, que el espectador objetivo merece mucho. Las canciones son lindas y bien podrían funcionar por sí solas. El rol de Wayar como la niña protagonista es convincente, tal cual pasa con el breve paso de Avril León como una pequeña caprichosa. Tan bien está trabajada su caracterización, que los espectadores las aceptan como niñas. Como aceptan que la marioneta gigante es un perro o que el dibujo animado es la continuidad del plano tridimensional. 

Pero ahí están mis ojos adultos abandonando la magia para reparar en que la forma del discurso tiene un problema: es como si el equipo no hubiese confiado en todos los recursos reunidos –animación, luces, actores y actrices cantantes (el elenco se completa con Mariana Requena y Luis Enrique Elías)–, decantándose por el exceso del verbo. Más que decir con todo ello, el grupo lo abandona en un plano único, casi estático, en el que la escalera de la izquierda, plantada de principio a fin, es como la constancia de que algo puede pasar y se estanca.

Si lo que se dice en Perder el miedo subordina la imagen, las luces, la música, el vestuario, a la palabra que explica, el efecto lúdico –el globo que vuela, la niña que cae a la manera de Alicia, los mundos que visita– se diluye y entonces la obra se vuelve didáctica. Y lo didáctico, ya se sabe, amenaza al arte y subestima no sólo al espectador, sino al que se ha tomado tremendo trabajo para pararse en la escena.

Falta saber, claro, qué dirán los niños y niñas.

 

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