CRÓNICA

El misterioso disco negro. Testimonio de un preso político boliviano en el Estadio Nacional de Chile, 1973

En el Estadio Nacional de Chile había un “disco negro”. Si un preso político atrapado durante el golpe de Estado de Augusto Pinochet contra el gobierno socialista de Salvador Allende era llevado ahí, no volvía más. ¿Cómo (sobre)vivieron los presos políticos ese septiembre de 1973 si más de 40 personas fueron asesinadas aquellos días?
domingo, 12 de septiembre de 2021 · 00:03

Esta crónica también puede leerse en https://www.revistarascacielos.com/

NdE. Entre el 12 y el 13 de septiembre de 1973, tras del golpe de Estado del general Augusto Pinochet en Chile, el 11 de septiembre, “se habilitó el Estadio Nacional, que fue en definitiva el centro de detención más grande que existió en esta región, llegando a tener unos 7.000 detenidos al día 22 de septiembre, según estimación de la Cruz Roja Internacional. De ese número, la misma fuente estima que entre 200 a 300 eran extranjeros de diversas nacionalidades. Este lugar estaba al mando de un oficial de Ejército, y hasta allí fueron trasladadas personas provenientes de todos los lugares de Santiago, detenidas en circunstancias y con características muy diversas”. Según datos oficiales, 41 personas fueron asesinadas durante las ocho semanas que se usó el Estadio Nacional como el primer campo de concentración de la dictadura.

“Los detenidos en el Estadio Nacional dormían en los camarines y en el salón de la torre, lugares que carecían de camas, con excepción de las dependencias habilitadas para mujeres, que disponían de colchonetas. Algunos organismos internacionales humanitarios, posteriormente donaron frazadas, las que en todo caso fueron manifiestamente insuficientes para el alto número de personas privadas de libertad en ese lugar. Los detenidos permanecían en un régimen de incomunicación, por cuanto no estaban autorizadas las visitas de familiares o abogados, y en general de personas provenientes del exterior. A las familias de los prisioneros, sólo se les permitía llevarles vestuario y alimentación”. http://memoriaviva.com/nuevaweb/centros-de-detencion/metropolitana/estadio-nacional/

Esta crónica es el testimonio de un ciudadano boliviano detenido en “las entrañas del monstruo pinochetista”, ese septiembre de 1973.

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Edgar Cadima Garzón

En memoria de Antonio Moreno V.

 

Eran las 4 de la tarde de aquel 14 de septiembre de 1973, en Santiago de Chile. Antonio (1), René y yo estábamos estudiando un mapa de Chile para ver los posibles pasos por la cordillera de los Andes que pudieran permitirnos llegar a la Argentina. De pronto, golpearon la puerta y la forzaron para entrar de inmediato. Un oficial de carabineros dirigía la tropa. Nos pusieron contra la pared y comenzaron, sin mayor explicación, a requisar la vivienda ubicada en la calle Eyzaguirre y Serrano 866, segundo piso. Además de nosotros, en el departamento se encontraba Emma, esposa de Antonio, con su hija de dos años y otro de un año.

Tres días antes, el 11 de septiembre, se había producido el sangriento golpe de Estado del general Augusto Pinochet contra el gobierno de la Unidad Popular dirigido por Salvador Allende. Ese día que, en mi familia, en La Paz, podría haber sido un día de alegría por ser el cumpleaños de mi madre, se convirtió en un día de llanto y preocupación por la incertidumbre que dicho golpe despertaba y por las noticias que llegaban desde Chile.

Nos miramos aterrados y no tuvimos tiempo de nada, salvo de ocultar el mapa entre unas ropas lavadas. En mi dormitorio encontraron un par de folletos del MIR boliviano que no tuve tiempo de ocultar y, para suerte nuestra, no encontraron las balas que se encontraban entre unos adornos y juguetes de los niños. En fracción de segundos había que ordenar la mente y prepararse para lo que se venía. 

Además de las cuatro personas adultas que nos encontrábamos en ese momento en el departamento (Antonio, Emma, René y yo), todos bolivianos con diferentes antecedentes políticos, refugiados en Chile como efecto de la dictadura de Banzer que desde hacía dos años imperaba en Bolivia, también vivían Alexandra, mi compañera, y Elsa, su mamá, quienes habían salido juntas unas horas antes a conseguir algunos alimentos y a enterarse de la situación de algunos amigos.

Sin mayores explicaciones, nos ordenaron salir del departamento en fila, con las manos en la nuca y mirando el piso. Mientras bajaba las gradas iba viendo las botas del fuerte contingente policial en cada uno de los peldaños de las gradas, hasta la calle, e iba pensando en las posibles respuestas a dar sobre las posibles preguntas que nos harían en el interrogatorio. Alexandra, que estaba llegando a la casa, se quedó en la esquina a ver lo que estaba sucediendo en el edificio donde vivíamos, sin imaginarse que era en nuestro departamento donde sucedía todo. Afuera nos esperaba un bus de la Policía, nos hicieron subir a golpe de culatazos y nos ordenaron echarnos en el piso con la boca abajo. Algunos policías caminaron sobre nuestras espaldas y, en ese proceso, uno de ellos vio dos anillos de oro en mis dedos y los extrajo sin mayor explicación que el ejercicio de poder que en ese momento ejercía. 

La situación no era nada halagüeña, pero la tranquilidad primaba y no era prudente mostrar miedo ni preocupación aunque los antecedentes eran preocupantes. Desde el día del golpe se sabía de miles de detenciones en todo el país. Los bandos militares conminaban a los extranjeros, cualquiera fuese su situación legal, a presentarse en las comisarías más cercanas; y a los chilenos, a denunciar la presencia de extranjeros que, por ese sólo hecho, eran considerados extremistas peligrosos. Para esa fecha ya teníamos conocimiento de que el boliviano Chichi Rios Dalenz, alto dirigente del MIR boliviano, había sido fusilado en el Estadio Chile el 12 de septiembre. Las tres noches que siguieron al golpe se escucharon ráfagas en diferentes momentos y, al día siguiente, se encontraron los cadáveres de gente en las calles o en el río Mapocho. 

 Para esa fecha ya teníamos conocimiento de que el boliviano Chichi Rios Dalenz, alto dirigente del MIR boliviano, había sido fusilado en el Estadio Chile el 12 de septiembre.

No se tardó mucho en llegar a la comisaría, pero era difícil reconocer la zona en que se encontraba. El registro fue individual y nos quitaron los efectos personales además de cinturones, cordones de calzado, pañuelos, etc. No se vio ningún documento de acusación o denuncia y, a punta de golpes, nos introdujeron en una celda donde ya había una veintena de detenidos, todos varones. En algún momento llegó el rumor de que éramos el trío que fue detenido por denuncia de la tendera de la esquina, acatando el bando militar.

En esas circunstancias lo primero que surge es la desconfianza. ¿Quiénes eran esos detenidos? Algunos parecían extranjeros y otros chilenos. ¿Cuántos de ellos podrían ser agentes infiltrados? Incertidumbre total. Con Antonio procuramos estar juntos y tomamos cierta distancia de René, no por falta de solidaridad sino porque era mejor, ante la represión, no tener que explicar muchas relaciones, mucho más si estas eran peligrosas. René era un alto dirigente del Partido Comunista Marxista Leninista y además dirigente nacional de los maestros, que había escapado a Chile. La tarde que nos detuvieron él había salido del refugio donde se encontraba y estaba de visita en casa, esperando a la señora Elsa para conversar sobre la situación. Además de esos datos, yo no tenía mayor información o conocimiento sobre sus actividades.

Libro Estadio Nacional / Chile, 1973

Y allí estábamos los tres. 

Los detenidos siguieron llegando a la comisaría durante el resto de la noche. Muchos extranjeros fueron introducidos en nuestra celda y, en un espacio de 3 por 3 metros, resultamos apiñadas unas cincuenta personas, todas paradas, mirándonos con desconfianza y siendo testigos del castigo al que sometían a los jóvenes chilenos que tampoco dejaban de llegar. En el patio de la comisaría había una pirámide enorme de fuego hecha con libros, folletos y documentos que hallaban los policías en las requisas que hacían a los domicilios de los detenidos. A media noche llegó un grupo de jóvenes con mandiles blancos, supusimos que eran estudiantes de medicina; les ordenaron desvestirse y, a golpe de culatazos los obligaban a saltar sobre las llamas, gritando “el que no salta es momio”. Esa escena se repitió el resto de la noche con los nuevos presos que llegaban.

 En la madrugada, cuando gran parte dormitaba de parado, logramos ponernos de cuclillas con Antonio y articular algunos criterios para cuando se dieran los interrogatorios. Lo importante era mostrar el menor relacionamiento posible, decir que yo solo era un estudiante (mi inscripción en la Universidad Técnica estaba en proceso), que estaba de visita en el departamento de Alexandra y que vivía en un alojamiento. En cuanto a nuestras militancias políticas, negar hasta donde sea posible. Antonio era miembro de la dirección nacional del Partido Obrero Revolucionario (POR-Gonzales) relacionada a la Cuarta Internacional trotskista. Yo era militante del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) de Bolivia y había llegado a Chile de escapada de Bolivia luego de estar cierto tiempo clandestino en mi país, ya que habían agotado las posibilidades de continuar relacionando a grupos legales con los dirigentes clandestinos del MIR en la estructura correspondiente a la Línea Organizativa Funcional (LOF Especial). Por lo anterior, nuestra relación era de “conocidos”, sin mayor intimidad.

No habíamos dormido casi nada cuando ordenaron salir de la celda; sin ningún registro de control de identidad, nos introdujeron, a golpes, a un bus de la Policía. Considerados como ganado, nos obligaron a tendernos en el piso del bus con las manos en la nuca, en algunos casos unos sobre otros. Dimos vueltas por la ciudad y en varias paradas recogían más prisioneros, en gran parte extranjeros.

Si sales librado de esto, te ruego decirles a mis padres que los quiero mucho, y que me perdonen por el dolor que pude haberles causado, -le dije a Antonio que estaba parado a mi lado. De repente, en una de esas paradas nos hicieron bajar del bus, nos pusieron en fila y al frente de nosotros un pelotón de policías, con fusiles al hombro. 

Si tú sales librado de esto, te ruego cuidar a mis hijos. -me dijo Antonio en voz baja. Estábamos en un descampado amplio, parecía en las afueras de la ciudad ya que habíamos viajado cierto tiempo.

Nadie sabía dónde estábamos, quiénes éramos y, por tanto, podíamos ser presa fácil de una lista de desaparecidos que nunca y nadie hubiera podido explicar. Esperamos mirando de frente al pelotón que disparó sobre nuestras cabezas. En esas circunstancias afloran diferentes reacciones. Varios lagrimeaban, otros frotaban sus manos en signo de preocupación, un par de ellos no lograron controlarse y comenzaron a gritar pidiendo clemencia y fueron callados a culatazos. Se generó un ambiente de caos y miedo. Antonio y yo mantuvimos la calma y ahí aprendí lo que después -y hasta ahora- aplico que, en circunstancias extremas, lo importante es mantener la calma. Esa misma actitud serviría semanas después, cuando me interrogaron una y otra vez. Particularmente, una noche, serían las 3 de la madrugada cuando empezamos a sentir un extraño ruido que venía del piso y las paredes vibraban. El camerino quedaba bajo las graderías del Estadio Nacional y se generó un clima de ansiedad mientras mirábamos el techo, esperando que no se cayera sobre nosotros. Era un temblor y muchos no pudieron controlar el pánico. Varios se agolparon en la puerta a pedir a gritos que nos sacaran. Se escuchaba correr a la tropa de policías y, un momento después, varios disparos que obligaron a tranquilizarse y a esperar resignados a que pase el temblor. Mi actitud fue, nuevamente, de tranquilidad. Me aproximé a la pared, lo más cercano a un dintel y me puse en lenta espera a que pase el peligro.

Esperamos mirando de frente al pelotón que disparó sobre nuestras cabezas. En esas circunstancias afloran diferentes reacciones. Varios lagrimeaban, otros frotaban sus manos en signo de preocupación, un par de ellos no lograron controlarse y comenzaron a gritar pidiendo clemencia y fueron callados a culatazos

¿Era una guerra psicológica? ¿Buscaban asustarnos para que saliéramos corriendo y aplicarnos la “ley de fuga”? Nunca comprendí por qué el pelotón de fusilamiento disparó al aire. 

Ordenaron el retorno al bus para dar otras vueltas y volver a la ciudad. Cuando nos dieron la orden de bajar, vi al frente el monstruo que me temía y que muchos cuchicheaban que allí íbamos: el frontis del Estadio Nacional.

Nos introdujeron con amenazas de muerte, a golpes de patada, puños y culatazos, por callejones de diferente extensión y luminosidad. Muchos llegamos agitados, sangrando, exhaustos, a un espacio apenas iluminado, con piso de tierra, bajo las graderías, y nos ordenaron mantenernos al trote, en nuestros mismos lugares. Así estuvimos un par de horas y luego nos metieron a un camerino, sin ningún control o verificación de identidad. Éramos tantos, en un espacio de unos 30 metros cuadrados, que en la noche dormíamos por turno, tendidos en el piso y cada tres horas cambiábamos con el que se encontraba de pie. Tres días estuvimos en esas condiciones, sin ninguna información sobre nuestra situación, sin comida y con un poco de agua que había en una pila del baño hediondo y taponeado. 

Éramos tantos, en un espacio de unos 30 metros cuadrados, que en la noche dormíamos por turno, tendidos en el piso y cada tres horas cambiábamos con el que se encontraba de pie.

 Periódicamente se escuchaban disparos, órdenes de diferente tipo, golpes, gritos de dolor, trotes y una voz en el parlante que decía un nombre y conminaba a presentarse en “el disco negro”. Muchos días después identificamos, desde las graderías, ese disco negro que se encontraba cerca de una esquina de la cancha. Ahí llegaban los nombrados y luego desaparecían… nadie sabía qué les sucedía, por qué no volvían a la celda. Se conjeturaba que los trasladaban a otras cárceles, los llevaban a interrogatorios o los hacían desaparecer. Por las noches se escuchaban sobrevuelos de helicópteros y se rumoreaba que traían nuevos presos o que sacaban cadáveres. Un par de veces, nos hicieron formar fila fuera de los camerinos; venía una persona encapuchada rodeada de policías, (difícil saber si era un preso o un agente infiltrado), y se ponía a ver nuestros rostros, uno por uno, señalaba a algunos y se los llevaban con rumbo desconocido. Una ruleta rusa.

Estadio Nacional, libro de Adolfo Cozzi / Se observa el "disco negro" sobre una base de metal.

Muchos días después identificamos, desde las graderías, ese disco negro que se encontraba cerca de una esquina de la cancha. Ahí llegaban los nombrados y luego desaparecían…

 

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  • Edgar Cadima Garzón. Profesional en educación y desarrollo. Demócrata por convicción. Trabajó en distintas instituciones públicas y privadas.

 

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