CRÓNICA / Porvenir, 13 años

Porvenir. Crónica de un descenso al infierno

Cobija olía a muerto, a ira y a venganza. El 12 de septiembre de 2008 el gobierno decretó Estado de Sitio en Cobija, Pando, luego del enfrentamiento, el 11, entre fuerzas oficialistas y opositoras cuando murieron 18 personas. Dos nombres reinaban, Leopoldo Fernández, gobernador, y Juan Ramón Quitana, exministro de la Presidencia. El ingreso de pe-rio-dis-tas estaba prohibido. Imaginese. Impertinente como es, uno de ellos se largó a averiguar qué había sucedido.
domingo, 12 de septiembre de 2021 · 00:02

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Darwin Pinto Cascán

 

(Septiembre, 2008)

Pando parece un territorio ocupado por un ejército extranjero. Por la mala cara, digo, con la que uno se encuentra al pisar el lado pandino del río Beni, y por el tremendo rigor marcial con el que se controla a los bolivianos en los puntos de ingreso a ese territorio que hasta donde se sabe, aún es Bolivia. 

Eso en el control de entrada al departamento, además de los mosquitos, el calor y unos rambitos. Pero su capital está peor. 

Cobija yace aplastada bajo el peso vergonzante de un Estado de Sitio que el comandante de Policía, José Heredia, dice en la TV con claro orgullo de conquistador del universo que hasta para hacer un té piñata le tienen que pedir permiso. 

Sí, lo notaste: Los derechos están suspendidos y las garantías constitucionales también. La única ley en ese ahora Paraíso Perdido es la de las armas del Ejército y eso por órdenes de un amo remoto que gobierna esta comarca verde del Amazonas desde su trono de granito allá en las frías alturas. ¿Stalin, estás ahí? 

Cobija es tratada como una ciudad tomada por un ejército invasor, es una urbe prisionera de la que han escapado, sólo con lo que tenían puesto, unas cuatrocientas personas hacia la vecina Brasilea, en Brasil. ¿Su delito? Ser autonomistas, cívicos o estar acusadas de las muertes en Porvenir, dos días antes. Es una situación surreal, un milagro al revés.

Cobija es una urbe prisionera de la que han escapado, sólo con lo que tenían puesto, unas cuatrocientas personas hacia la vecina Brasilea, en Brasil. ¿Su delito? Ser autonomistas, cívicos o estar acusadas de las muertes en Porvenir.

Pero ¿quiénes hicieron posible el milagro de sacar a un gobernador democráticamente electo y ratificado por el voto popular (Leopoldo Fernández), para imponer a otro al amparo de las Fuerzas Armadas como si esto fuera una dictadura? ¿O es que lo es? 

Debo saber, por eso pregunto en Riberalta (Beni) y en Cobija (Pando) cómo es la cosa, y en cada ocasión un nombre salta una y otra vez como una trampa de hierro oxidado que se cierra de golpe sobre las patas de un cachorro: Juan Ramón Quintana, ex Ministro de la Presidencia y al parecer, virrey de la zona. 

Pando lleva ese nombre en honor a un expresidente paceño, José Manuel Pando, jefe del partido Liberal, excombatiente del Pacífico que inicia la guerra civil en 1898 bajo las banderas del federalismo, despoja a Sucre de su condición de sede de gobierno, traslada el centralismo de Chuquisaca a La Paz y luego pierde el territorio del Acre con Brasil en 1903 porque no podía ser de otra manera. Pando lleva ese nombre, pero el creador del departamento, fundado el 24 de septiembre de 1938, es el presidente oriental Germán Busch, héroe en la guerra del Chaco y un montón de cosas más.

Pese a llevar el nombre de un occidental y ser la obra de un oriental, entrar a Pando es como entrar a otro país. Sí, ya lo dije, es que lo siento así y es la primera vez que me pasa.  

En el punto de control militar para ingresar a Pando, los pasajeros del bus en el que venimos desde Riberalta debemos bajar de la máquina, mostrar carita sonriente y carné de identidad antes de explicarle a los militares del modo más sumiso posible el por qué, para qué y el hasta cuándo te vas a quedar, como si estuvieras cruzando una frontera no sólo internacional sino también enemiga. Es casi como una película de mal gusto y bajo presupuesto, como muchos episodios de nuestra historia. 

Es como si los que estamos haciendo fila en ese puesto de control en la mitad de la jungla a 40 grados en la sombra y hostigados por furiosos mosquitos con esteroides, fuéramos caídos en desgracia camino a un gulag verde e infernal por ser enemigos de la patria, espías de la CIA o algo así. En la fila hay jornaleros jóvenes que van a trabajar en la castaña, madres con sus niños que vuelven a casa o van a buscar parientes de los que no saben nada luego del Estado de Sitio, y ancianos taciturnos y desconfiados sobre los que tampoco se puede saber nada. Algunos en la fila nos interrogamos con la mirada ante lo teatral del control, otros están hartos, miran a un lado, escupen al suelo, agachan la cabeza y sólo quieren pasar. 

La última vez que sentí algo así fue en el Chaco paraguayo hace unos años cuando un grupo antinarcóticos salió de la nada apuntando sus armas contra el carro en el que rodábamos sobre la carretera polvorienta rumbo a Asunción. El grupo se alineó sobre la ruta de lado a lado y con las armas arriba nos obligaron a parar y a bajar ahí en medio de la nada. Creo que la sacamos barata porque el jefe del grupo armado leía los periódicos y conocía el nombre del periodista con el que le dije me iba a encontrar en Asunción. Ok, fue un malentendido, no son narcos, a cualquiera le pasa. Chau.

Al menos ese leía los periódicos. Los de acá, en ese punto de control en medio de la jungla, quizá no. Y mejor así, porque los periodistas están prohibidos en Pando. Imagínese.

Antes de llegar al control militar, tras que uno baja del pontón hediondo a diésel con el que se cruza el gigantesco río Beni, ya se siente en el aire húmedo que las cosas no están bien, no sólo en Cobija, sino en cada metro del territorio pandino, el más pequeño, el más desolado, el menos denso de la república. Se siente que el Estado de Sitio no es solamente una restricción a las libertades, sino también un ataque directo al pensamiento libre y a la libertad de expresión. No se permite prensa, imagínese. 

Porvenir, 2008 / Archivo Página Siete.

El heroico bus que hace los 500 kilómetros entre Riberalta y Cobija acaba de dejar el pontón metálico sobre el que cruzó el río, remolcado por una lancha a diésel. El magnífico cacharro cubierto de polvo rojo es revisado por militares que apuntan sus armas a los pasajeros quietos aún en los asientos. Soldados vestidos de miseria apuntan sus sucias armas en un bus destartalado a nueve personajes también en la miseria. Es una escena del teatro del absurdo, pienso en eso y casi me gana el reflejo de la risa sobradora, esa que ya antes me metió en problemas porque soy un imprudente. Por eso me hice periodista. 

Nos hacen bajar, de frente mar, un dos, un dos, un, dos, tres cuatro, formarse en fila, ya... Preguntan por qué entras y hasta cuándo, y adónde vas a llegar, y qué es pues que justo ahora quieres entrar si antes nunca habías vendido… No ganaron nunca una guerra, pero cómo joden a la gente. 

Miento descaradamente y no me siento culpable, hasta que por fin, todo acaba. Otro bus está bajando del pontón y deben repetir el numerito. 

Para volver al destartalado y tetánico bus hay que mostrarle el carné a un militar con cara de haber hecho ese mismo trabajo por demasiado tiempo. Ese sí me aclarará mejor el panorama. Usa botas viejas y sucias, viste camuflado viejo y sucio, además de una muy tersa polera verde abultada por el monstruo de su panza marcial sobre la que se lee en letras amarillas, resquebrajadas por la lejía y el sol:  "Sección de Marinería". Mira la foto de mi carné, me mira a la cara, le sonrío como si posara, le da la vuelta a mi documento y cuando ve que vengo de Santa Cruz, le toca sonreír a él. Ay Dios. 

-Aquí dice que es periodista. 

-Sí.

-No pueden entrar periodistas.

-Sí, lo que pasa es que ahora vengo como persona. 

-Cómo es eso. 

-No vengo por trabajo. 

- ¿A qué viene un periodista camba a Pando? ¿Acaso no sabe que todos los periodistas han sido expulsados de aquí desde que está el Estado de Sitio?

-Vengo a visitar a un amigo, no es por trabajo, ya le dije. Se llama esto y esto, y vive en tal y cual lugar, lo conozco desde chico y casi me casé con su hermana, y...  

Miento, claro que miento... Voy a trabajar, a ejercer mi oficio, a contarle al país qué está pasando en ese lugar de donde han echado a la prensa. Eso nunca es por algo bueno. 

- ¿Y por qué su amigo no lo visita a usted?

-Tiene familia qué cuidar en Cobija... Dice que las calles ya no son seguras.

-Pero si está el Ejército Nacional ... 

-...

Se enfada, sus ojos se vuelven más pequeños, la boca se le hace un arco con los extremos hacia abajo, le brilla la frente con marcadas líneas de expresión de un color chocolate agrio. Lo veo y me acuerdo de un tío que no podía hacer de cuerpo, uno que sufría mucho con su ser. 

Los otros pasajeros ya están en el bus pegados a las ventanas de nuestro lado, sólo falto yo... Miran. El rotundo marinero me tutea, está en su territorio, la ley en ese momento de la historia le dice que puede hacer lo que le venga en gana. Yo no sé de estas cosas, yo crecí en democracia. 

-¿Te haces el héroe?

Me esperaba y no me esperaba esa reacción. Pensé que no iba a entender, pero sí. 

-No. Héroe no. Acá uno empieza así y después se vuelve villano. 

-No entiendo.

-Claro.

La frente se le arruga más y me mira con odio, como si me conociera. Pese al Estado de Sitio no soy un conscripto suyo ni he cometido ningún delito real. Sus camaradas le hacen señas para que mueva este bus, porque ya ha llegado el otro. Él y yo sabemos que esta escenita ha durado demasiado. 

-¿Cuánto tiempo se va a quedar? Pe-rio-dis-ta

(Divide marcadamente las sílabas de la palabra como si paladeara saberla rota). 

-Lo menos posible... Como le dije, crecí en democracia. El último golpe militar lo dieron cuando yo tenía 4 años, o sea que ni me acuerdo, así que...

-Bueno, bueno, aquí no hay un golpe ni nada, no me cuentes tu vida y ándate...

Me mira con desprecio por última vez y se quita de la puerta del bus, diciendo algo en una lengua que no entiendo. Subo. Mi primer contacto con el Estado de Sitio pandino ha terminado.

El cacharro ruidoso y agonizante arranca, corre con la gracia de un perro viejo otra vez por la desierta carretera flanqueada a ratos por selva virgen y a ratos pampas negras desoladas por el fuego de terratenientes y colonizadores. 

Aquí la piel se vuelve rosada por el calor, el cuerpo se va transformando en una costra de sudor y polvo del camino. Uno se siente casi un ídolo de barro. Cierro los ojos y pienso en las lluvias veraniegas de Santa Rosa, en el sonido de las gotas al caer sobre los techos de palmera seca. Pienso en el olor festivo del pasto mojado y el aroma tibio de la tierra caliente recién llovida; pienso en el brillo de los tamarindos gigantes cuando la lluvia terminaba de golpe y los restos anaranjados del sol se dejaban ver un ratito todavía en el horizonte antes de que nos tragara la noche.

El bus pisa una víbora muerta que se pudre sobre el camino al sol. El niño de adelante se lo acaba de decir a su madre. Tengo sed. 

Abro los ojos porque el aparato se detiene en la ruta. Sube Don Pancho (así le dicen los demás pasajeros). Vende helados, es un personaje conocido, tiene 60 años y una panzota de hombre alegre que viaja en los buses de pueblo en pueblo ofreciendo su deliciosa mercancía. 

Vende helados en una caja de plastoformo como todo el mundo, pero también lleva cartas de amor de un lado al otro, como el esforzado cupido reumático que es. "Como por acá no hay celulares ni internés, entonces yo soy como el imail con patas, y me pagan pues", dice y aclara que antes del Estado de Sitio, en Pando el control militar era mínimo y todos eran felices "sin el estorbo del Estado". Me sorprende con esa frase, tan digamos, liberal y minarquista. 

Pero no es totalmente feliz en su papel de aliado amazónico del amor. Confiesa en voz baja que por su culpa les ha ido mal en la vida a muchos. "Ya sabe, cartita aquí, cartita acá, juramentos de amor eterno y después ¡chan! un embarazo, y al varón le quedan nomás dos caminos: huir para proteger su libertad o casarse bien casau, porque acá la única forma de lavar el honor es con matriqui o con sangre. Aquí somos bien criados". 

Ahora lleva dos cartas, pero no quiere hablar de ellas. Él sabe que el correo es sagrado... Se soba el lóbulo de la oreja derecha y dice que cuando se aburre mucho lee las cartas para entretenerse, pero eso sí, no se lo cuenta a nadie. "Soy puej un caballero", dice.

Llegamos a otro pueblito cuyo nombre no puedo leer en el letrero oxidado junto al camino. Pancho se baja sin despedirse tan súbitamente como llegó, y se pierde para siempre en la nube de polvo que deja el colectivo al acelerar nuevamente sobre esa criatura viviente que es la selva. 

El helado que he estado comiendo se derrite un poco sobre mi mentón y forma un senderito de mugre. Esto es Pando, la selva en toda la extensión de la palabra. Voy sacando fotos a los árboles altísimos y pelados que aparecen sobre llanos artificiales hechos para el pastoreo de ganado o la agricultura. Esto es Pando, una tierra cerrada al mundo a cal y canto. 

Pasamos Porvenir y el cuerpo se me estremece. Aquí mismo, hace tres días la gente se mató en la calle y unos metros más allá, sobre el río Tahuamanu, se siguieron matando. Se respira a muerto, a ira y a venganza. El pueblo está vestido de un silencio sepulcral y si tuviera cara, la tendría larga y escondida detrás de un trágico mascarón azul. De alguna forma se debe llevar luto, aquí nadie hace ruido.  

Un anciano yace sentado en la entrada de su casa de adobe, mientras ve al viento levantar torbellinos de polvo en ese paisaje de vehículos incendiados sobre calles pelonas donde nunca pasaba nada. No, no pasaba nada hasta hace tres días en que fue noticia nacional el enfrentamiento a tiros entre oficialistas que marchaban rumbo a Cobija y autonomistas que trataron de frenarlos allí, para que la violencia no castigue a la ciudad. 

Reconstrucción de los hechos, en 2014.

Marchar a Cobija tenía un precio

Antes de emprender este camino a Cobija, estuve en Riberalta y me dijeron: "A los campesinos de acá les mintieron que iban a Cobija para un ampliado que definiría qué hacer, ya que el INRA estaba tomado por los autonomistas y temían que éstos les quiten sus tierras. El que no iba, perdía sus tierras. Por eso es que también fueron mujeres y niños sin saber que los llevaban a la muerte. No sabían que en Filadelfia había gente armada que se les iba a sumar. Esos provocaron el tiroteo, porque los primeros muertos en Porvenir fueron autonomistas: Oshiro y Céspedes. Los militares no dejaron a los campesinos recoger a algunos difuntos y los quemaron para que la autopsia no revele que en el caos de la balacera se mataron entre masistas, los de Riberalta y los que venían de Filadelfia. En teoría los dos grupos debían juntarse en Porvenir para seguir a Cobija", dice Salvador. Él es uno de los que tenía que ir a Porvenir desde Riberalta. No fue porque sabía que en Filadelfia había venezolanos con armas. También sabe que hay listas negras en contra de los que no fueron a Cobija, por eso esconde su nombre verdadero. Si bien los dos primeros muertos fueron autonomistas, los otros 16 eran afines a Evo Morales.

Felcín Fernández tampoco fue a Cobija. Eso le costó ser detenido por campesinos en Puerto Rico y confinado nadie sabe dónde. No está en la lista de los diez presos en el cuartel de Viacha (La Paz). Su esposa vio una lista negra de 27 personas que correrían la misma suerte. Ironías de la vida, afín al MAS, ella tuvo que huir de sus compañeras y compañeros y ahora comparte destino con los refugiados autonomistas en Brasilea. “La revolución debe ser violenta o no es”, dicen los fanáticos. “Para hacer tortillas, se deben romper huevos”, dicen los psicópatas. 

En los hechos y en esta historia ronda el nombre de un personaje. Es un hombre que ya había anunciado la muerte política de Leopoldo Fernández, condenándolo en un discurso "al fondo de la tierra, a vivir con los gusanos". Y así ocurrió, porque Fernández luego de estas muertes fue preso a La Paz, y sigue ahí

El nombre del entonces ministro de la Presidencia salta como una alarma cuando se pregunta en Riberalta cómo es que gente afín al MAS, proveniente de esa ciudad beniana, terminó muerta o desaparecida en la balacera de Porvenir, en pleno Pando. 

Ante esa pregunta, el Secretario General del Comité Cívico de Riberalta, "Choco" Ibáñez, y el Secretario de Transportes (que tiene bajo su mando a 12.000 mototaxistas) Luis Peñaranda, coinciden: Quintana. 

Se trata de un ex asesor del Ministerio de Defensa en los gobiernos de Hugo Banzer, Tuto Quiroga y Carlos Mesa, que se sumó al MAS a la hora de la victoria electoral y que se volvió el "consentido" de Morales, pese a que sus bases cuestionan el pasado de Quintana.

 Peñaranda dice que Quintana en Riberalta se contactó con Ramiro Morón, de la Central Obrera Regional; con Héctor Cortez, de la Federación de Campesinos (que después del Estado de Sitio en Pando pidió uno igual para Riberalta), con gremialistas; con un grupo de mototaxistas manejados por Edwin Roca, y con otro grupo de dirigentes de la Federación de Zafreros de Castaña, Iver Maguado. También con Javier Peñaranda, hermano por parte de padre de Luis Peñaranda, el dirigente cívico de Riberalta. Ese lazo de sangre entre los Peñaranda, uno autonomista y otro masista, hizo que ambos sean vistos con recelo desde sus respectivos bandos. 

En cada una de sus llegadas, usualmente clandestinas porque en el aeropuerto de Riberalta alguien avisaba al pueblo y entonces lo esperaban con mala cara; los sitios de reunión del entonces ministro de la Presidencia fueron la COR, el Cuartel o la Federación de campesinos. Allí se reunió también con gente de los municipios pandinos Gonzalo Moreno, Las Piedras, el Sena, Santos, Mercado, Loma Alta, San Pedro y otros de las provincias pandinas Madre de Dios, Abuná y Federico Román, cuyas alcaldías en 2008 están en manos de las agrupaciones PASO y MAR, afines al MAS. Se dice que entregó cheques venezolanos del programa "Bolivia Cambia, Evo Cumple", y que así obtuvo el apoyo para marchar sobre Cobija y pedir la renuncia del gobernador Leopoldo Fernández. Al final no pidió ninguna renuncia, él lo “renunció” y lo condenó a vivir bajo tierra, con los gusanos, como lo había anunciado. (...)

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  • Darwin Pinto Cascán Periodista, Premio Nacional de Periodismo 2002. Fue corresponsal de El Deber en el Chapare, El Alto y La Paz durante la revuelta de octubre de 2003, trabajo por el que obtuvo la primera mención especial del Premio Internacional de Periodismo José Martí (Cuba). Es coautor de la biografía no autorizada de Evo Morales, Un Tal Evo, y autor de varios libros. Es editor general de la revista Poder y Placer, de Santa Cruz.

 

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