CONFESIONES

Un viaje de repatriación en plena cuarentena. Todo comenzó en marzo

Desde La Paz hasta el abrazo anhelado de la familia en Paris, habrá que atravesar primero infinidad de controles policiales, sanitarios, hambre, sed, horas de viaje en avión y un tren en dirección equivocada. Las historias de la pandemia reposan en la memoria.
domingo, 19 de septiembre de 2021 · 05:00

Cathia Rodríguez Clavijo

Son las cuatro de la mañana del 28 de marzo de 2020 en La Paz. Despedirse de la familia es particularmente duro en tiempos de enfermedad, coronavirus y cuarentena. Abrazo a mis sobrinos, le doy a mi mamá un beso que será el último, pero en ese momento no lo sabemos. Albergamos la esperanza de que nuestra Loidita vencerá en su lucha contra el cáncer y que antes de fin de año estaremos toda la familia junta por fin y celebrando. No teníamos conciencia de que el mundo estaba entrando en una etapa de incertidumbre total, y que hacer planes era inútil.

Mi hermano me acompaña a la puerta del edificio. No me dieron una hora exacta, debo esperar lista para no causar demoras. A las 6:15 de la mañana finalmente llega por mí un funcionario francés de seguridad, me explica que el bus se retrasó y me tocó el servicio exprés: camioneta sólo para mí. En la Plaza del Estudiante nos paran los policías que vigilan el estricto cumplimiento de la no circulación en domingo. Cuesta convencerlos de que nos dejen pasar, que el carro de la embajada de Francia tiene permiso. Finalmente seguimos adelante y llegamos a la Plaza San Francisco para unirnos al convoy de buses rumbo al aeropuerto. No están, ya es tarde y se fueron. Tomamos la autopista esperando que circular en solitario no nos vuelva a causar contratiempos.

Son las 7 de la mañana y hay un mundo de gente en el aeropuerto de El Alto, todos con barbijos. Todavía no estamos acostumbrados a vernos así, es extraño, el ambiente me causa una sensación de miedo, peligro, caos...

Un gran grupo de pasajeros está en pleno trámite de embarque, no sé quiénes son ni a dónde van, parecen asiáticos, sólo sabemos que luego seguimos nosotros.

Quien lo hubiera dicho, formo parte de un vuelo de repatriación coordinado por el gobierno francés, en el cual viajarán también ciudadanos y residentes alemanes, belgas, italianos, españoles y yo, residente temporal en Paris, varada en La Paz tras la explosión de la pandemia del coronavirus.

Llenamos formularios y esperamos nuestro turno una hora, dos horas..., la tensión inicial se va relajando. Tres horas después seguimos con barbijos pero ahora hay gente acostada en suelo, compartiendo galletas en grupos, ambiente de picnic. Finalmente el llamado a formarnos frente al mostrador de Boliviana de Aviación nos devuelve a la realidad: hay que guardar distancia en la fila.

Pasamos el control sanitario. Un funcionario del ministerio de salud con traje blanco hermético nos pone el termómetro cerca de la frente mientras somos registrados con una cámara que además de captar la imagen, mide la temperatura corporal.

-¡Qué modernidad! -le digo

-Es tecnología donada por el gobierno chino -responde desde adentro de su máscara de astronauta- pero sabe…, el termómetro sigue siendo más preciso.

Atravesamos el control normal de rayos X y luego uno extra operado por militares. No entiendo cuál es el sentido, les pregunto y no me responden, se muestran muy concentrados.

Ya en el avión volvemos a apretujarnos, se acabó el metro de distancia. Llegamos a Viru Viru, Santa Cruz, y de nuevo estamos amontonados llenando  formularios y declarando si tenemos fiebre o tos. Otra vez medición de temperatura, gel en las manos y dos controles más de rayos X. Sigo sin entender esta búsqueda redoblada. Por fin ingresamos a la sala de preembarque. Al otro lado del cristal está la aeronave española de Wamos Air que nos llevará a Paris, despegará dentro de 5 o 6 horas.

Es la una de la tarde, el hambre y la sed empiezan a ser un tema, no hay dónde comprar bebida ni alimentos, todo está cerrado, el aeropuerto funciona con el personal indispensable para los vuelos de emergencia. Saco de mi cartera los dulces que por suerte me dio mi mamá. Algunos precavidos traen tuppers con comida, hay familias con niños y van bien preparados. La mayoría lleva jugos y agua, veo botellones de hasta cuatro litros, algo impensable en vuelos ordinarios, como impensable sería ver a alguien abriendo una bolsa verde llena de hojas de coca para “pijchar”, como lo hace en este momento un joven francés.

La mayoría de los pasajeros continuamos con los barbijos quirúrgicos celestes puestos, por si acaso. Uno que otro lleva los codiciados KN95, difíciles de conseguir en ese tiempo, y la nota fashion son los barbijos de aguayo.

Algunos precavidos traen tuppers con comida, hay familias con niños y van bien preparados. La mayoría lleva jugos y agua, veo botellones de hasta 4 litros, algo impensable en vuelos ordinarios, como impensable sería ver a alguien abriendo una bolsa verde llena de hojas de coca para “pijchar”, como lo hace en este momento un joven francés.

Finalmente llega la hora de subir al avión. Está repleto. En Santa Cruz se nos unió otro grupo. Viajaremos codo a codo sin distanciamiento alguno, ya ni modo, lo importante es llegar. Además, a estas alturas sólo pensamos en comida. La chica de mi lado, preocupada le pregunta a la azafata si nos van a dar algún alimento.

-Sí señorita -responde amablemente.

-¡Yei! celebramos aliviados.

A las siete de la noche, entre aplausos y gritos de alegría, llega la esperada cena y  agua, mucha agua por fin.

Durante el vuelo conozco varias historias. Una chica francesa pasó dos meses como voluntaria en una institución de rescate de animales en la selva peruana, allí no tuvieron noticias sobre el coronavirus, se enteró de la pandemia llegando a Lima. Aún así decidió seguir viaje a Bolivia para conocer El Salar de Uyuni y el Lago Titicaca. Sólo conoció La Paz en cuarentena.

Otra chica, italiana, tiene que llegar a su casa en Venecia y escucha consejos sobre posibles opciones de transporte desde Paris. Un señor suizo tiene la misma interrogante, ¿qué hará llegando a Francia?. Los alemanes y españoles están tranquilos: el mismo avión los llevará a sus respectivos países. Quienes vivimos en Paris rogamos que el metro esté funcionando desde el aeropuerto.

Once horas de vuelo y finalmente aterrizamos en Charles de Gaulle. Es un momento emocionante. Hasta hace tres días no sabíamos realmente cuándo podríamos volver a casa, el vuelo de repatriación fue confirmado a último momento. Los preparativos para bajar del avión incluyen esta vez extrañas medidas como ponerse guantes de cirujano, gorros quirúrgicos…, nadie sabe muy bien qué hacer para protegerse del virus y es mejor ser precavido. En todo caso, hemos pasado tanto tiempo juntos que parece haber una sensación colectiva de que el peligro está ahora fuera del avión.

En Paris el aeropuerto funciona a media fuerza. No hay aduana, nadie revisa qué traemos en la única maleta permitida. El funcionario de migración me da un documento oficial para justificar mi circulación en los controles policiales. Paris está en cuarentena rígida y nadie puede salir a la calle sin portar una autorización específica.

 (...) nadie sabe muy bien qué hacer para protegerse del virus y es mejor ser precavido. En todo caso, hemos pasado tanto tiempo juntos que parece haber una sensación colectiva de que el peligro está ahora fuera del avión.

Las pantallas de información dan cuenta de vuelos hacia y desde varios países de Europa, África y México que, al parecer, es el único país latinoamericano que no cerró fronteras.

El aeropuerto está irreconocible, no hay comercio, áreas cerradas, avanzamos hacia la única salida. Escucho por el altavoz que en cinco minutos parte un tren a la estación de Lyon. No es la mejor opción, pero en estas circunstancias agradezco que un tren me lleve a cualquier estación parisina. Corro y alcanzo a subir. Respiro aliviada, estoy a 45 minutos de abrazar a mi familia.

Hay algo raro, estamos saliendo de Paris. ¡Oh no! el tren va a la ciudad de Lyon y no a la estación de metro "Gare de Lyon" en el sur de Paris. Tomé un tren equivocado.

Estoy sola en el vagón del Tren de Gran Velocidad. Comienzo a recorrer los pasillos en busca de algún Controlador que me informe si hay una parada antes de Lyon para bajar y retornar. El tren está desierto, en el coche comedor una persona solitaria lee. Subo, atravieso varios vagones silenciosos, veo una pareja que duerme, bajo otra vez y sigo mi excursión por el tren fantasmal. Y allí están: dos Controladores comiendo sandwiches. No hay paradas intermedias, el viaje hasta Lyon será de dos horas.

Me acomodo en un sillón, resignada, cierro los ojos y sueño con llegar a casa.

Dentro de cinco horas finalmente estaré jalando mi maleta por el distrito 18 de Paris desierto. Avanzaré entre árboles que anuncian que el invierno terminó y en sus ramas se alista para florecer una primavera que no veremos, la pasaremos encerrados y con miedo a salir. Llegaré por fin a mi edificio, subiré los cinco pisos arrastrando mi equipaje, se abrirá la puerta de mi departamento y pese a las ganas acumuladas no podremos abrazarnos todavía. Primero la desinfección, la ducha, la ropa a la lavadora, los barbijos, guantes, gorros al basurero. Ahora sí, un abrazo largo, intenso, desesperado, que no quiero que termine nunca.

ESTE Y OTROS TEXTOS PUEDEN LEERSE EN revistarascacielos.com

 

Cathia Rodríguez Clavijo es periodista.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos