Caminando por París

Un paseo por cuatro lugares de la Ciudad Luz. Posiblemente no sean los más emblemáticos, pero cualquier sitio es bello en la capital francesa y tiene una historia que contar.
martes, 15 de octubre de 2013 · 12:27
Marco Zelaya
 
Quien visita París, esa magnífica ciudad, luego siente nostalgia al recordarla. Habrá quien la evoque por sus excelentes restaurantes, brasseries, cafés o por sus museos únicos. Posiblemente, por los magníficos escritores que en ella forjaron su obra, como Víctor Hugo, Gustave Flaubert o el gran Charles Baudelaire, el estupendo dandy que, según cuentan sus biógrafos, solía caminar, con el cabello teñido de verde, por las calles tomado de la mano su amante, la mulata Jeanne Duval, antes de publicar Las flores del mal, lo cual escandalizaba a sus coetáneos.  
 O tal vez se rememora a la Ciudad Luz, el crisol de la modernidad, por sus esplendorosas calles –cada centímetro cuadrado de la capital francesa tiene, al parecer, una historia que contar- y sus bellas galerías. Acaso ha quedado en la memoria el irrepetible paseo por los quais, en las orillas del río Sena, o bien aún se respira el aire bohemio e intelectual de Montmartre, la zona favorita de impresionistas como Camille Pissarro o Claude Monet, entre otros, o el del  Quartier Latin o de Saint-Germain-des-Prés, donde surgió un movimiento tan vigoroso como el surrealismo, bajo el liderazgo de André Breton.  O por las esplendorosas esculturas de Rodin.
Convertida una y otra vez en escenario de narraciones de amor o épicas por la literatura y el cine, Lutecia, como la llamaron los romanos, tiene un rostro para Ernest Hemingway y otro para Julio Cortázar.  Y también para los miles de turistas que van en romería de la torre Eiffel al Arco de Triunfo y se maravillan con los Campos Elíseos, el Jardín de las Tullerías, la Magdalena o el Puente Alexander; desde esta perspectiva, París es inagotable, como el tañido, en un frío atardecer, de las campanas de la Catedral de Notre Dame. 
Pero  París también representa momentos indelebles que han quedado para siempre en la memoria. 
El Café de Flore
Desde la pequeña mesa del Café de Flore, uno se convierte en un espectador privilegiado del transitar de los peatones por el boulevard Saint Germain.  Es un establecimiento lleno de historia, como toda la ciudad. 
El Café de Flore es célebre porque, a comienzos de siglo, era el cuartel general de los dadaístas, con Tristán Tzara a la cabeza, y de los surrealistas. De hecho, los historiadores de los cafés tradicionales de París afirman que el poeta Guillaume Apollinaire, el autor de Alcoholes y Caligramas, tenía una mesa reservada para recibir a sus amigos Louis Aragon y André Breton. 
Un mozo de apellido Tetsuda, quien posiblemente no sea japonés sino francés, se desplaza con rapidez entre  las mesas emplazadas sobre la acera y anota en una libreta los pedidos de los clientes. París es una urbe multicultural y sorprende ver en sus calles, en el metro, en los buses, en los sitios turísticos, a gente de todas las etnias y culturas del mundo. Francia llegó a ser un imperio que controló colonias en América, Asia, Medio Oriente y África, por lo cual hoy la capital francesa tiene una sociedad diversa, plural. 
De pronto, se escucha el bolero Contigo en la distancia, de César Portillo de la Luz; cuando termina la magnífica interpretación, el artista -¿mexicano?, ¿cubano?- trata de recolectar algunas monedas entre los clientes; tiene mejor suerte que un vendedor de flores, a quien otro de los mozos, un colega de Tetsuda, increpa, pues en su criterio importuna a los parroquianos; el hombre se resiste a irse, porque tal vez la venta de un par de rosas, aquella noche, establezca la diferencia entre cenar o irse a la cama con el estómago vacío; la intervención del enérgico gerente pone fin a la disputa y el vendedor se va a regañadientes.
Como está reseñado, este hermoso establecimiento, una bella expresión de la arquitectura Art Deco, era el lugar de reunión, en sus inicios, en 1887, de militantes de partidos de la extrema derecha. Lo curioso es que durante la ocupación nazi de París, entre 1940 y 1944, ningún mandamás, ni oficial del Tercer Reich lo frecuentó, acaso porque las ideas habían levantado un muro contra el racismo y el totalitarismo alrededor del café; uno de los más famosos parroquianos del Café de Flore, Jean-Paul Sartre, solía referirse a ese cuatrienio así: "Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”. No sólo para él, sino también para Simone de Beauvoir, con quien compartía su suerte y una mesa. 
En el menú y presentación, también se rememora que fue el local favorito de Truman Capote, cuando el autor de A sangre fría visitaba París, y también de Ernest Hemingway. Tres semanas antes de que lo encontraran muerto en su departamento en 1971, a causa probablemente de una sobredosis de LSD, los transeúntes vieron en una mesa a Jim Morrison, el vocalista del mítico grupo de The Doors, con la mirada perdida. 
Y a propósito de la carta: una de las recomendaciones es la selección de vinos; una botella de Petrus 1999 Pomerol, calificado como un "vino excepcional”, cuesta 2.500 euros o 3.400 dólares. Entre el menú de platillos fríos, se puede encontrar el Caviar de Francia, de 50 gramos, que tiene un precio de 150 euros o 250 dólares. 
Sólo los líderes de la alta moda parisiense o empresariales, como en el pasado Rochas, Gunnar Larsen, Givenchy, Lagersfeld, Paco Rabanne o Guy Laroche, todos clientes del Café de Flore, podrían pedir no una, sino hasta cajas de finos vinos y de caviar. Los beneficiarios colaterales fueron los mozos como Tetsuda, que perciben, como se sabe, el 10% como propina.  
Pont des Arts
Cuando se da un paseo en barco por el río Sena, en especial llama la atención un puente, de los muchos y bellos que hay a  lo largo de la ruta fluvial: el Pont des Arts o Puente de las Artes.
Construido entre 1801 y 1804, se trata del primer puente metálico tendido entre las riberas izquierda y derecha del Sena y que conecta el Museo del Louvre, situado al final del Jardín de las Tullerías, y el Instituto de París; en realidad, se trata de un paso peatonal, de un sólido piso de madera, que frecuentemente ha sido el escenario de exposiciones de pinturas o de instalaciones artísticas o happenings.  
En la novela Rayuela, los dos personajes centrales, Horacio Oliveira y la Maga, se citan frecuentemente en el Pont des Arts y no por casualidad: es algo así como un puente del amor; sucede a cualquier hora del día; las parejas suelen dejar un testimonio de su paso por la Ciudad Luz, al cerrar un candado, con sus nombres, en la alambrada metálica y luego tiran la llave al Sena, con lo cual dan el mensaje de que su amor será eterno o al menos duradero, ya que nadie podrá abrir el candado. ¿Mantiene el Pont des Arts el amor entre las parejas?
No necesariamente los enamorados son un hombre y una mujer; hay también parejas homosexuales, ¿o son sólo amigos? Una turista asiática trata de fotografiar a dos palomas que se han posado sobre el barandal lleno de candados; otros sólo expresan que París es una ciudad bella. Unos metros más abajo, pasa una embarcación con un llamativo nombre, Le Bateau Ivre, como el poema de Arthur Rimbaud. 
Los impresionistas
Si lo que se busca, además de visitar el Museo del Louvre, es comprender cuál fue uno, entre otros, de los trascendentales aportes de París al arte contemporáneo universal, no se puede dejar de visitar el Museo de Orsay y en particular la pinacoteca dedicada a los impresionistas.
Se trata de una de las experiencias más fascinantes, pues la colección cuenta con obras de Manet, Monet, Renoir, Sisley, Pissarro y Cézanne; pero también se puede apreciar pinturas de Gauguin, Van Gogh y Toulouse-Lautrec, además de los cuadros más famosos de Gustave Courbet, como "El origen del mundo”. Resulta formidable, además, pasear por la sección de pintura oriental o la sala dedicada a los grandes formatos, que  preceden al muralismo. 
El impresionismo, como señalan los especialistas en arte, deriva del nombre de un cuadro de Monet, llamado "Impresión: sol naciente”, pero con esta etiqueta los críticos en realidad trataron de menoscabar el arte de quienes estaban interesados en captar, con su arte, la luz, la impresión visual y el instante, en vez de seguir los principios establecidos por los grandes maestros clásicos, más objetivistas, como los de las colecciones de pinturas del Museo del Louvre. Como la celebérrima Gioconda, de Leonardo da Vinci, eternamente rodeada de turistas, en particular asiáticos. 
La obra que posiblemente te conmueva hasta las lágrimas es "La noche estrellada” de Vincent van Gogh; para apreciarla, hay que esperar un poco, pero vale la pena. Se sale, después de ver esa gran creación, abrumado –o abrumada- y con la convicción de que un pintor de esa talla es el demiurgo al que se referían los griegos. 
En Le Consulat
En la brasserie Le Consulat, en la butte de Montmartre, un comensal acaba de pedir Moules et frites, es decir, mejillones con papas fritas, con una botella de vino blanco, de la casa. La porción es generosa y llama la atención de los transeúntes, que ya al final de la tarde buscan un restaurante para cenar. 
Le Consulat era uno de los locales favoritos de Pablo Picasso y de Salvador Dalí. En diagonal, se ha abierto una tienda en la cual se destacan los afiches de Rodolphe, Le Chat Noir, devenido en símbolo artístico, un ícono, no sólo de Montmartre, sino de París; en realidad, se trataba del nombre de un famoso cabaret, abierto en 1881 y administrado por el artista Rodolphe Salis, pero que fue clausurado en 1897. Entre los clientes famosos, que nunca dejaron de lamentar el cierre del establecimiento, estaban Claude Debussy,  Guy de Maupassant y Paul Verlaine. 
Mientras el cliente de Le Consulat da cuenta de los mejillones, un guitarrista ha comenzado a interpretar una melódica canción y una pareja aprovecha la ocasión para bailar; danzan abrazados, muy cerca uno del otro, al vaivén de la música dulce, cuya letra recuerda una de las tristes historias de amor de Edith Piaf. ¿Es posible que este baile tan hermoso y rítmico sea el abuelo del tango? Es decir, ¿las composiciones galas preceden a "Mano a mano” o "Por una cabeza”? Al fin y al cabo, Carlos Gardel fue francés. Y además compuso "Anclao en París”.  Puede que no. Pero no se puede negar que la sombra de Montmartre y de la bella cúpula del templo del Sagrado Corazón se proyecta mucho más allá de París, donde comienza a llover.

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