En la cuna de la democracia

Elizabeth Andia Fagalde recuerda el viaje que realizó a Grecia, donde comprendió que la posmodernidad pasa por la resignificación de la sabiduría y lo femenino.
martes, 15 de octubre de 2013 · 13:56
Después de relatarles cómo recuperé una parte de mi identidad vinculada con la cultura quechua, esta vez quiero contarles sobre un viaje de recreación que hice a Grecia, hace algunos años.
En mi juventud (de cuerpo), cuando quise ser blanca, de cabello rubio y lacio, hombre  y estudiar en París, quería conocer la Ciudad Luz  por constituir, para mí, la cuna de la modernidad: "liberté, igualité y fraternité”.
Cuando estaba allá, me emocioné al ver Notre Dame y la Torre Eiffel; la sensación era como si por fin alcanzara un pedacito de esa idea de la Ilustración que se creó en mi imaginario simbólico.
Sin embargo, con el transcurso de los años, cada vez me intrigaba más y sentía que quería y debía ir a Grecia. Por esas intuiciones que una/o tiene y no sabe por qué, que yo las llamo tinkazos, me parecía que allá iba a encontrar algo, los orígenes de algo que me incumbía.
La vida me brindó la oportunidad de viajar y me lancé sola al éxito. 
De sólo sobrevolar el  transparente y precioso mar Egeo de color turquesa empecé a emocionarme. Me emocioné mucho más cuando, de forma similar a cuando uno/a llega a Bolivia y empieza a escuchar en el avión música boliviana, en el avión griego se escuchaban  zorbas y sirtaquis (música griega) que me llegaban al alma.
Cuando desembarqué en el aeropuerto de Atenas, realmente tomé conciencia de que estaba sola en un país extraño y recién me pregunté qué hacía yo allí.
El miedo inicial pasó y, como si hubiera ido muchas veces, fui detrás de un grupo de turistas que tomó el autobús hasta la plaza central  Sintagma. Por algo dicen "donde estés haz lo que ves”.
Cuando llegué a la mencionada plaza pensé: "aquí cerca debe haber un hotelito”, recordando que al llegar a La Paz una/o llega a San Francisco y ahí  está la calle Sagárnaga. 
Y efectivamente, cerca de Sintagma, estaba el barrio La Plaka, que era algo muy tradicional, con sus callejuelas estrechas y sus casitas blancas de techo azul. Pero lo más hermoso era que, subiendo de manera similar a la Sagárnaga, al final se encontraban los sitios arqueológicos griegos y, obvio, la Acrópolis.
Fui rapidísimo a un hotel, me bañé y cambié y salí a conocer la ciudad. Llegué a un lugar desde donde se veía la Acrópolis iluminada: era de noche y realmente quedé absorta y maravillada. Me senté en una mesa y pedí una copa de vino para sorberla poco a poco, al mismo tiempo que observaba semejante maravilla.
Al día siguiente, me levanté temprano y fui a trepar una senda de calvario con un calor que me quemaba los pies. Al final, estaba satisfecha en la puerta de la misma Acrópolis.
Se entra a la Acrópolis  por una gran puerta llamada los Propileos; a su lado derecho y enfrente  se encuentra el Templo de Atenea Niké y, originalmente, una gran estatua de bronce de Atenea estaba emplazada en el centro, según Wikipedia.
En la mitología griega, según los textos, Atenea es hija de Zeus; nació ya adulta, de su frente, cuando Hefesto le abrió la cabeza con un hacha para curarlo de los dolores que le atormentaban. Atenea es la diosa de la sabiduría, de las artes y de la artesanía. Representa la inteligencia creadora. Es patrona de los ceramistas, de los tejedores, constructores y otros artesanos. Es una diosa guerrera, pero carece del carácter violento e irreflexivo de Ares, sino que se sirve de la valentía prudente, como se aprecia en La Ilíada. También personifica la inteligencia (clara  herencia de la figura de su madre) y la sabiduría, refiere otro portal.
Pero, ¿por qué les cuento este significado?
 Porque al sentirme parte de ese conglomerado de ruinas admiré y me identifiqué con Atenea, ya que considero que nací adulta al encontrar mi identidad perdida por años. Además está mi carácter guerrero que con el tiempo se fue puliendo y convirtiendo en valentía y firmeza, pues no bajo  nunca la guardia en las luchas cotidianas.
Pero me resultó paradójico que Grecia, cuna de la modernidad y por ende de la democracia concebida por los hombres, con Atenea como diosa de la sabiduría y que además representaba a la inteligencia creadora, no haya permitido el voto a las mujeres y a los esclavos.
Inmediatamente me puse a reflexionar sobre nuestras culturas ancestrales que valoraban y valoran, ante todo, la sabiduría entendida como experiencia vivida y no solamente los conocimientos adquiridos en forma libresca, lo cual es una característica de la modernidad. 
Eso fue algo que aprendí de don Policarpio Flores, yatiri de la comunidad de Kaluyo, provincia Ingavi. Por ello yo le pedí a la vida que, aparte de conocimientos teóricos, me proporcione ante todo sabiduría, para arribar a la "verdad”, obviamente mi verdad, como analizan Pierre Hadot y Michel Foucault: desde los ejercicios espirituales a las "prácticas de sí”.
Finalmente, tenía que ser una diosa mujer quien represente la creatividad, por lo que parece que al fin seremos reconocidas como orientadoras de las sociedades  interculturales presentes y futuras.

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