La Inquisición contra las mujeres

El Santo Oficio consideraba que las mujeres que no respetaban las de la sociedad patriarcal eran “brujas”. Y las condenaba a la hoguera. Murieron miles de ellas.
martes, 22 de octubre de 2013 · 10:49
En la historia de la mujer, no hubo época más sombría que la de la Inquisición, establecida en el siglo XI y abolida recién en el siglo XIX. La sociedad de la Europa medieval era totalitaria, cuya Iglesia y Estado se unieron en "santa cruzada” contra las personas que criticaban a príncipes y sacerdotes.
La Inquisición fue instituida por el Papa Lucio III en el sínodo de Verona, Italia, en 1183. Desde entonces, se excomulgó y castigó a quienes contravenían las leyes establecidas por el Estado y la Iglesia, muchas de las cuales no sólo estaban destinadas a erradicar los grupos disidentes que el tribunal eclesiástico creía peligrosos, sino también a moralizar en grado extremo la conducta de la mujer.
La Inquisición fue una maquinaria de represión, cuya misión era velar por la pureza de los principios religiosos e impedir la propagación del protestantismo y de las ideas materialistas, consideradas nocivas para la pureza del catolicismo. La historia de la Inquisición, en realidad, marcó el inicio de un pulso mortal entre intolerancia y libertad, entre el autoritarismo estatal y la independencia intelectual del individuo, entre el fanatismo religioso y el espíritu racionalista.
La Inquisición española fue instituida por el Papa Sixto IV a petición de los Reyes Católicos en 1478 y se puso en marcha en 1480, bajo la tutela del dominico fray Tomás de Torquemada, el prior que, a los 62 años de edad, se convirtió en el "Martillo de Herejes” y montó un aparato represivo contra millares de personas que fueron acusadas por el Santo Oficio de conspirar contra la Iglesia y mantener pactos con el diablo. 
Desde el punto de vista de la antropología social, se sabe que las brujas eran mujeres cuyas conductas contravenían las normas impuestas por la sociedad patriarcal, en la cual el Estado y la Iglesia -instituciones dominadas exclusivamente por los varones- controlaban los dichos y hechos de la población femenina, así como se controlaba y censuraba al primero que tenía la osadía de demostrar, por medios científicos, que en las Sagradas Escrituras no estaba toda la verdad ni todas las leyes que rigen la naturaleza. 
De "naturaleza pecadora”
En ninguna otra época como en el feudalismo, los poderes de dominación hicieron tanto esfuerzo por demostrar "la naturaleza pecadora de la mujer”. 
Se la acusaba públicamente de conjurar contra la Iglesia y de sostener pactos con el diablo. Si la mujer bebía de las fuentes del saber o curaba las enfermedades de sus vecinos, ganándose el respeto y la admiración, la Iglesia la consideraba su rival y se apresuraba a despertar la desconfianza en contra de ella. La acusaba de practicar el "arte de la brujería” y se decía que su trabajo era "obra del mal”; mientras mayor era su capacidad de conocer los secretos resortes de la fertilidad, curar las enfermedades y, en definitiva, representar para las comunidades campesinas un poder incuestionable sobre la vida y la muerte, crecía el riesgo de que los obispos la declararan "hechicera”. 
La bruja representaba a la mujer que había roto las normas que la sociedad impuso en la conducta del sexo femenino. Pero, a la vez, la bruja tenía connotaciones positivas y negativas, las cuales fueron remarcadas de distintas maneras en diferentes épocas. 
Se creía que una bruja contaba con la ayuda de los poderes malos y buenos, que practicaba tanto la magia blanca como la negra y que representaba las pasiones y los instintos reprimidos por el mundo masculino. La bruja, más que ser portadora del mal, era la encarnación del caos. De ahí que su capacidad para eludir las leyes del mundo físico y moral, sus aberraciones sexuales y sus diabólicos sacrificios, causaran terror en las poblaciones, aunque también le concedían un indiscutible prestigio social.
La bruja encarnaba, asimismo, un cierto espíritu de revuelta, una forma diabólica de subversión general contra el orden establecido por el Estado y la Iglesia. Por eso su figura se asociaba a la idea de una conspiración universal contra la sociedad y sus instituciones, en secreta conexión con las fuerzas del mal; un hecho que motivó la brutal represión desatada contra ellas por la Inquisición, cuya finalidad era inquirir y castigar los delitos contra la "Doctrina de la Fe”.
La primera obra publicada sobre la brujería, Fortaliciun Fidei, data de 1464, ocho años después de haber sido publicada la Biblia en la imprenta de Gutenberg. El libro Malleus Maleficarum (El martillo de la bruja), escrito por dos dominicos fanáticos y publicado en 1486, tuvo un éxito inesperado y alcanzó varias ediciones en alemán, francés, italiano, inglés y español. La obra fue adquirida tanto por los círculos de católicos como por el público interesado en los asuntos del Santo Oficio, una institución que ingresó a la historia universal como sinónimo del oscurantismo de la Edad Media.
¡Demonio de mujer!
Cuando la mujer empezó a romper su rol tradicional y a despertar recelos en el hombre, que consideraba en peligro su dominio, se le acuñó el apelativo de "bruja”, con la intención no sólo de hacerla aparecer como aliada del demonio para desprestigiar su imagen, sino también para marginarla del sistema social establecido por la clase dominante y el clero. Las mujeres consideradas "malignas” estaban sintetizadas en la expresión: "¡Demonio de mujer!”. 
No pocos exploraron el personaje mítico de la mujer barbuda, como expresión del travestismo, para indicar "un doble no deseado para la mirada masculina”. Es más, algunos señalan que la mujer masculinizada ocupó un espacio importante en la hagiografía cristiana, a través de la hembra disfrazada de hombre en conventos y mediante la adquisición de abundante pelo que neutralizaba el apetito sexual masculino.

Según cuenta la tradición occidental, las brujas se reunían en vísperas de San Juan y durante la Semana Santa, ocasiones en las cuales se celebraban ceremonias dirigidas por el diablo. Allí se iniciaban las novicias por medio de orgías sexuales, en las que se incluían a niños y animales, y donde no faltaban los rituales de canibalismo y magia negra. Unos decían que las comidas y bebidas que consumían las brujas estaban preparadas a base de la grasa de niños recién nacidos, sangre de murciélagos, carne de lagartijas, sapos, serpientes y hierbas alucinógenas; en tanto otros aseveraban que los niños que volaban hacia las reuniones, montados en escobas, en horquillas para estiércol, en lobos, gatos y otros animales domésticos, eran adiestrados por Lucifer.
¿A quién acusaban de bruja?
Según las prácticas medievales, había una "tipología” establecida que permitía sindicar a una mujer como bruja: 
1. Brula era la mujer que practicaba maleficios o causaba daños a través de medios ocultos; 2. La mujer que pactaba con el diablo en calidad de sierva; 3. La mujer que volaba por las noches y tenía malas intenciones, como la de comerse a los niños pequeños o inducir a los hombres al amor pecaminoso; 4. La mujer que pertenecía a una secta satánica o asistía a reuniones sabáticas en cuevas secretas. 
La Inquisición usó también el silencio y la marginación de las mujeres emancipadas para combatir y contrarrestar su voluntad de hierro, que les permitía romper las cadenas de opresión y acceder a las posiciones controladas por los hombres. A las mujeres emancipadas, que fueron acusadas de brujería y blasfemias, las sometieron a los suplicios de la tortura y las dejaron arder como antorchas en la hoguera.
La acusación que se le imputaba, en parte, estaba referida al "arte de magia” que practicaba, pues se decía que la bruja pactaba con el diablo, quien, según la Iglesia y los tribunales, le concedía un poder real y temible, que iba "del maleficium al pactum” y de los prejuicios mágicos al desprecio de Dios. 
La bruja encarnaba, además, un cierto espíritu de revuelta, una forma diabólica de subversión general contra el orden establecido por el clero y el Estado. Su figura se asociaba a la idea de una conspiración universal contra la sociedad y sus instituciones, en secreta conexión con las fuerzas del mal, lo cual motivó la brutal maquinaria represiva activada por la Inquisición.
Los verdugos no cesaban de pinchar con enormes agujas la garganta, la vagina o los pies de las mujeres en su afán de encontrar en alguna parte del cuerpo el "pactum diabolicum”, que era una suerte de marca sexual dejada por el diablo, pues el mayor pecado para la Inquisición, el que desataba la furia de Dios, era el pecado de la sexualidad, esa transgresión de la ley divina que dio origen a la imagen de la bruja, a quien se la acusaba de copular con el diablo, con ese personaje cubierto de plumas y provisto de un miembro viril enorme.
Mujer "buena” y "mala”

Ya entonces se clasificó a las mujeres en dos categorías: a las "buenas” se las protegía y respetaba, y los hombres, que tenían el privilegio de desposarlas, las trataban como "joyas preciosas” entre las reliquias de su propiedad; en cambio a las mujeres "malas”, que eran más independientes y experimentadas en las artes del amor, se las despreciaba públicamente, como si pagaran caro el precio de su libertad. 
La mujer "joven” y "bella”, en contraposición a la mujer "vieja” y "fea”, era otro estereotipo propio de la época. Si un hombre contraía matrimonio con una mujer "joven” y "bella” se ganaba la admiración de los suyos. Pero si contraía nupcias con una mujer "vieja” y "fea” se creía que entre medio hubo arte de sortilegio, aunque a la hora de la verdad ambas eran tratadas como objetos de placer y propiedades privadas del hombre.
Las mujeres "malas” eran representadas como brujas, con verrugas en la nariz y desgreñadas, quienes, cabalgando sobre escobas, volaban hacia sus reuniones sabatinas, en las cuales preparaban bebidas mágicas y salvas que tenían la propiedad de inducir en los hombres el amor pecaminoso. Las mujeres dulces y coquetas, que atraían a los hombres con el hechizo de su belleza, eran también consideradas corruptoras del género humano y, por lo tanto, merecían la muerte.
Los crímenes perpetrados por la Inquisición, además de haberse usado para dar una aureola de santidad a los conventos, sirvieron para justificar el celibato de las monjas, cuyas conductas llevaron a que muchos padres impusieran a sus hijas una vida recatada. A muchas las tenían recluidas en la alcoba, con una "educación” orientada a las ocupaciones domésticas; su única distracción consistía en ir a misa los domingos. 
De ahí que si alguien pregunta cuál fue la institución más sombría de la historia, la respuesta es categórica: la Inquisición, ese instrumento político y religioso que, establecido en el siglo XI y abolido recién en el siglo XIX, sirvió para perseguir a protestantes, judíos, gitanos, brujas y herejes.

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