Santander, ciudad de corte y mar

Lugar de veraneo de reyes, Santander esconde además de historias de lujo y corte, las memorias de los que deambulaban en torno a uno de los puertos más importantes de España.
martes, 22 de octubre de 2013 · 11:20
Acomodada en una bahía, Santander dibuja una silueta de contrastes. Frente al palacio de La Magdalena que utilizaba en época estival el rey Alfonso XIII y los edificios de estilo  Belle Époque que se agolpan en torno a la playa del Sardinero, se erigen las grandes grúas, enormes depósitos y barcos que convierten a esta ciudad en uno de los enclaves portuarios más importantes de España.
Aquellos vestigios de lujo y realeza siguen perdurando en una ciudad cuyo barrio pesquero se adhiere como puede a los majestuosos paseos que la recorren, los cuales permiten a los santanderinos caminar al borde del mar, acercándose así a una bahía de la que Santander sólo puede ocupar uno de sus extremos.
El mar llama al turismo, permite el ocio a los santanderinos, genera puestos de trabajo y trae a la ciudad numerosos coches británicos que deambulan por las calles después de que el ferry, que une esta metrópoli con las Islas Británicas, haga su desembarco. 
AL BORDE DEL MAR
El paseo Pereda, una de las principales avenidas de la ciudad, hace a su vez de muelle y en él se mezclan los bares de moda con otros que llevan décadas ofreciendo pinchos. En él varias estatuas homenajean a los raqueros, niños indigentes que se tiraban al mar en busca de las limosnas que les lanzaban transeúntes y marineros, y de hecho, siguen rindiendo tributo, estas esculturas, a aquellos para los que la supervivencia implica una lucha diaria.
Puertochico es uno de los puntos destacados de este paseo, un pequeño puerto deportivo situado en pleno centro de la ciudad en el que tradicionales barcas conviven con elegantes yates. Este muelle, que despierta la curiosidad de los paseantes, sirve como muestra de los grandes enclaves portuarios que acoge la ciudad. 
LA VIDA DETRÁS DEL MAR
Adentrarse en el interior de Santander supone recorrer un sinfín de estrechas calles que ascienden hacia las colinas que rodean la bahía. En ellas se puede admirar lo poco que queda del casco antiguo de la ciudad que fue destruido en 1941 por un incendio que llegó a alcanzar la catedral. 
Un templo de estilo gótico completamente restaurado, que se levantó sobre la Abadía de San Emetorio y San Celedonio, en torno a la cual nació la ciudad de Santander. Declarada Bien de Interés Cultural en 1931, comenzó a construirse en el siglo XIII en el lugar que en la antigüedad sirvió de entrada al puerto.
La plaza Porticada, la de Cañadío, los Jardines de Pereda o el parque de Piquio son algunos de los enclaves que el visitante no se puede perder. Sirven de esparcimiento y son muestra del ambiente burgués de una ciudad que sigue recibiendo en verano gran cantidad de visitantes.
UN SINFÍN DE PLAYAS
Pero si algo destaca de Santander son las 12 playas que recorren la bahía junto a la ciudad. Algunas, como la del Sardinero, se caracterizan por su larga tradición como lugar de distracción para los santanderinos y otras destacan por el impresionante entorno natural en el que se abren hueco, así ocurre con la Playa de Mataleñas o la de la Virgen del Mar.
Los Peligros, Magdalena, Bikinis son las playas que se extienden desde Puertochico hasta la península de La Magdalena donde se erige, en un entorno natural de 25 hectáreas, un palacio que fue utilizado como residencia de verano por el rey Alfonso XIII.
Construido entre 1908 y 1912, la idea de erigir este palacio surgió del Ayuntamiento, quien quería regalar la mansión a Alfonso XIII y Victoria Eugenia para consolidar la tradición estival que ya se estaba arraigando en la ciudad.
A partir de esta península que suele servir a muchos santanderinos para hacer deporte, se extienden por la costa muchas casas, villas de estilo "Belle Époque”, que miran hacia la playa de la Concha, las del Camello y las dos del Sardinero, situadas en la parte más occidental de la bahía.
Siguiendo esta ruta, la costa cántabra continúa ofreciendo espectaculares acantilados en los que el marrón de la roca contrasta con el verde tan característico de esta zona de España. Lugares que invitan a soñar, a perderse en una maraña de pensamientos que vienen cargados de la calma que genera mirar al horizonte plano que ofrece el mar.
Además de un lugar para la fantasía y la desconexión, Santander conserva la estética burguesa que se desprende de su pasado como lugar de veraneo de la corte, junto a un ambiente que guarda esencia, que despoja tradición y en el que se conservan las historias de sus gentes. (EFE Reportajes)

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