Tenía siete hijos y estaba sumida en la más profunda pobreza; un día se dio cuenta que podía “hacer” dinero en su propia casa.

Una ama de casa se hizo rica falsificando billetes con enaguas

ABC Madrid
viernes, 25 de octubre de 2013 · 16:57
Es difícil imaginar que una pobre ama de casa, de 34 años y con siete hijos, se hizo multimillonaria con un ingenioso método para falsificar billetes sin salir de su pequeña villa de Massachusetts. Su nombre, Mary Peck Butterworth.
Nació en Rehoboth en 1686 y, a los 24 años, se casó con John Butterworth, un modesto granjero con el que subsistía trabajando en una pequeña granja heredada. Una década después la pareja tenía siete hijos y se encontraban en la más absoluta pobreza.
Un día la señora Butterworth estaba almidonando la ropa de sus hijos y dejó la plancha, sin darse cuenta, sobre una hoja de periódico.  Se sorprendió al ver que parte del texto del periódico había quedado impreso en una de las pequeñas camisas que estaba planchando. Rápido se le encendió una luz, preguntándose qué ocurriría si apoyaba la plancha caliente sobre uno de los nuevos billetes que se habían emitido en la colonia británica y, después, sobre un papel en blanco.
En las primeras pruebas la impresión aparecía débil y arrugada o directamente el papel se quemaba por el exceso de calor en la plancha. Pero no se detuvo en su empeño hasta dar con el sistema adecuado: estampar el molde del billete sobre la muselina rígida de unas de sus enaguas usadas, perfectamente almidonada, pasar luego la plancha no muy caliente sobre el papel y, finalmente, subrayar los detalles con una pluma de ganso.
Era tan perfecta su obra, tan primitivos los billetes y tan raro que alguien se le ocurriera falsificarlos, que le fue muy fácil colocarlos en el vecindario. Al observar la poca sospecha que levantaban, no tuvo reparos en comenzar a comprar ropas caras y objetos de lujo, así como a poner a toda la familia a producir billetes y contactar con revendedores, a los que les vendía su "dinero” a la mitad de su valor nominal.
Fue tal el éxito de la falsificación  que en poco tiempo afectó a la economía de Nueva Inglaterra y al control de las finanzas coloniales.
En todo este despilfarro, la familia Butterworth cometió el error de adquirir una de las mansiones más lujosas de Rehoboth, la que pusieron a nombre de su hijo. En una inspección rutinaria, uno de los hermanos de John Butterworth fue interrogado sobre el origen del dinero con el que la familia había comprado la mansión. Luego preguntaron a Mary Peck. Ambos, con un ataque de nervios, terminaron confesando su delito.
En el juicio realizado en 1723, el fiscal no pudo encontrar pruebas contra Butterworth, debido a que la astuta ama de casa había arrojado al fuego las piezas que le servían de molde. Fue declarada inocente. ¿Qué hizo después? Continuar falsificando billetes, pero esta vez con la ayuda de toda la parroquia, hasta que se retiró poco antes de morir, a los 88 años, muy rica. (Israel Viana)

Confidencial

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