“Inside Llewyn Davis”, de los hermanos Coen, según el autor, es una road movie que muestra el descenso de un joven cantautor de folk a los infiernos, motivado por su fracaso musical.

Un viaje de ida y vuelta

Rafael Vidal Sanz
viernes, 25 de octubre de 2013 · 15:24
Los hermanos Coen han alcanzado, en Inside Llewyn Davis, una de las cimas creativas de su carrera. Y es que en esta obra, que sigue los pasos de un joven cantautor de folk en la escena musical de los años 60, logran recoger las dos vertientes que suelen definir su cine: la visión esperpéntica de la existencia con las atmósferas opresivas e inquietantes.
Parece que asistimos a un retrato de la escena musical de Nueva York, y el protagonista, Llewyn Davis, un proto-Bob Dylan e interpretado por Oscar Isaacs, trata de despertar las conciencias de la sociedad a través de sus letras; pero, al final, queda condenado a ejecutar colaboraciones en las que niega su firma.
La película cuenta con una estructura especular, y cada secuencia de la primera mitad encuentra su correspondencia en la segunda. Comienza y finaliza con un concierto en el mismo local, y toda la película es un díptico, que tiene como bisagra la estancia del músico en Chicago, donde ofrece un concierto a un productor musical para escalar en la música.
El retrato de la escena musical pronto se convierte en una road movie que camufla, en realidad, un descenso a los infiernos motivado por su fracaso musical. Un viaje hacia el declive que tiene numerosos guardianes, pues al salir de su primer concierto irrumpe una figura misteriosa, un hombre en la oscuridad con sombrero de cowboy que le propina una paliza. Este personaje oscuro emerge como símbolo, como un Caronte que ayuda al personaje a cruzar el Aqueronte para seguir en el proceso de descenso.
En este viaje se encontrará con personajes que sirven para impulsar un cambio en el personaje. Y es que, en su travesía en coche, cuenta con John Goodman y Garrett Hedlund como acompañantes: el primero ofrece una desesperanza, al considerar la música un producto más que un arte; el segundo asume la función de siervo de Goodman, mostrando al protagonista el resultado de una interpretación literal de las relaciones capitalistas, la sumisión más absurda.
Y en el concierto en Chicago alcanza el punto más profundo de su viaje al Tártaro, es el pozo del Cocito definido por Dante, el epicentro del fracaso y la cima de la marginación del personaje. Este concierto sirve como espejo entre las dos mitades del relato, y tras esta secuencia, el personaje regresa por sus propios pasos. Aquí está la clave de  Inside Llewyn Davis: es un viaje de ida y de regreso.
Este discurso del viaje está apoyado por la presencia de un fiel acompañante: un gato que pertenece a un amigo fallecido, símbolo de su ausencia, y sirve también como síntoma del movimiento del personaje, pues su nombre es Ulises. Así, el nombre de la mascota ofrece la clave de la estructura: Llewyn sirve como una revisión irónica del viaje homérico de Ulises; pues si este héroe mítico ejecuta un viaje de ida y de vuelta marcado por el éxito, la conquista de Troya, mientras el de Llewyn tiene como marca esencial el fracaso. Inside Llewyn Davis es un díptico, conformado por una integración de la Ilíada y la Odisea en una misma narrativa.
Esta convivencia de dos movimientos opuestos ofrece el discurso más trascendente de la película: no basta con el viaje para iniciar el cambio interior, sino que es preciso un doble trayecto, la ida y el regreso, para sufrir una metamorfosis interior.
Y, como afirma el propio título, este viaje, aun siendo exterior, es una sumersión en el propio sujeto: es un viaje interior, de mutación de la personalidad, pues el título incluye la palabra Inside (dentro). Estamos dentro del personaje, y aunque los hechos ocurren, al final es en su visión de la realidad donde nos asentamos. Al final, parece que asistimos a una canción de Bob Dylan convertida en película, a un viaje en el fondo de la marginación. (Extracine)

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