Más sabe el “paco” por ...

jueves, 03 de octubre de 2013 · 13:05
El refrán dice, en realidad, que es el "diablo” el que sabe más por viejo que por diablo. Pertinente me pareció, empero, cambiarlo un poco  haciendo uso de los términos coloquiales para mantener el tono de este espacio y por caprichos de giro del lenguaje, nada más eso. Por ello uso "paco” en vez de varita, como comúnmente en las calles se lo suele llamar, pero con cariño y respeto. 
No sé si lo notaron;  desde hace varias semanas el tráfico en las calles, por lo menos las paceñas,  está señorialmente vigilado por agentes que han pasado más de tres décadas entre bocinazos, señoras y niños intentando cruzar las calles; accidentes y pedidos de información sobre direcciones. 
 Su prestancia salta a la vista, sombreros de ala amplia y no gorritas tan bonitas como inútiles; porque la experiencia deja marcas profundas como el sol en la piel de estos servidores públicos después de un plantón de 12 horas en el pelar del sol andino. 
Estos oficiales miran, desde la altura de los años, la calzada y la vereda, atendiendo a peatón y conductor, casi al mismo tiempo. Sólo una mirada y el chofer de ese vehículo que buscaba pasar antes de tiempo frena y obedece. 
El lenguaje corporal es lo que marca la autoridad; dirige el tráfico a la sola mirada, así como dicen los padres de antes sobre cómo hacían para dominar los intentos rebeldes de sus hijos.
El taxista intentó tocar la bocina para apremiar la decisión del oficial de darle paso. Apenas se escuchó tímido el chirrido ése y el oficial volteó parte -solamente parte- del rostro y le clavó al chofer una de esas miradas, entre congeladas y severas. Éste soltó la bocina como si estuviera en llamas, juntó las manos en ademán de súplica y ganó  el perdón del también conocido como agente de parada, pero no su clemencia; el oficial le enseñaría el valor de la paciencia. 
Ante la mirada atónita del taxista, el oficial mantuvo el paso abierto a los ya pocos carros que transitaban en la calle transversal; hundiéndole, con ello, la espina de la ansiedad  en el orgullo del conductor del taxi en el que yo iba y despertando la desesperación de todos sus otros congéneres. Ni un bocinazo, ni un gruñir de motores. Seguramente todos despotricaban dentro, pero con las palabras bien masculladas, no fuera que el oficial les llegara a escuchar y les mantuviera el castigo de inmovilidad. 
Mi taxista dejó entrever la desazón que sentía, pero no protestó a voz en cuello, dejó los conocidos ademanes y bajó la guardia. Y así todos los otros. 
Cada incursión en esta jungla de autos en que se han convertido las calles paceñas -casi sin excepción- ha sido, en estas semanas, una lección de cómo la autoridad se respira y se hace respirar a otros, cuando se la tiene. Uno tras otro, estos oficiales vienen aleccionando a los choferes nóveles que piensan que por tener televisión plasma y celulares inteligentes mágicamente saben más y lo conocen todo, la típica arrogancia de la juventud y más de quienes no han visto, paso a paso, la transformación de estas calles y avenidas. 
No sé aún si  la decisión de poner en cada esquina un  varita de alta experiencia obedece a una política del Tránsito o es mera casualidad (lo menos probable, tomando en cuenta la cantidad de oficiales por encima de los 50 que se ven en las calles), lo cierto es que está dando resultado. El caos mengua, exactamente igual que cuando el padre llega a  casa y cesan los gritos, las peleas y, de pronto, la armonía se finge por un tiempo. Y así día tras día y, de tanto fingir que todo es armonía, ésta se hace real, de verdad.

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