Adultos majaderos

viernes, 8 de noviembre de 2013 · 18:54
Hablo de esos que van por la calle pensando que es sólo suya;  caminan a  grandes trancos  y casi no se detienen frente al otro mostrándole, con gestos, que está demás en esa acera. Esos adultos que no respetan las colas, que fingen preguntar a la casera y terminan comprando antes que las otras ocho personas previas en la fila.  De los que llegan  a las dependencias estatales y buscan al amigo para conseguir una excepción. Estos tipos están convencidos que todo se lo merecen, no hay ley ni reglas para ellos.
Me preguntaba de dónde vienen estos adultos majaderos. Y la respuesta parece obvia: de niños caprichosos, que no conocieron los límites y que con berrinches lo consiguieron todo o casi todo. A esa imagen uno suele asociar al chiquillo rico hijo de padres  que cambian el tiempo por dinero y la dedicación por un Porsche a los 17 años.  Si fuera así,  majaderos y majaderas serían sólo los cuicos en chileno,   jailones en paceño,  pelucones en ecuatoriano, chetos en argentino. Y no. La majadería parece ser , por lo menos en Bolivia, transversal a la clase y al dinero. Majaderos los hay en tres de las cuatro esquinas de todos los barrios; en los trufis, taxis, aviones, mostradores, restaurantes, cafés, pensiones, mercados y supermercados… e incluso en tu casa.
Viendo a dos madres en el parque hace unos días, enhebré una teoría sobre la formación masiva de majaderos y majaderas.
Una de ellas le pedía, casi rogaba a su hijo de tres años que comiera la manzana con las dos manos para no dejarla caer. El niño mantenía la mano izquierda estirada en perfecta caída vertical paralela a su tronco y cadera y la estiraba más a cada nuevo ruego de la madre. Finalmente,  la manzana rodó entre las piedritas grises que hacían de piso; y el forcejeo verbal dio paso a una retahíla de recriminaciones maternas que subían y bajaban de tono como una ola que estalla contra la piedra y provoca el llanto desconsolado del niño.  Mágico llanto que consiguió un buen soplo de narices, un abrazo de reconciliación y la compra de una nueva manzana. Había ganado la pulseta, tenía nuevamente la fruta y el abrazo de la madre.
A pocos metros, la otra madre, una casera de frutas había dejado a su hija  dentro de una cajita de cartón. La niña, de no más de 50 centímetros y máximo dos años, colgaba su brazo por encima de uno de los bordes de la caja y usaba el chupón de su mamadera como recolector de granitos de tierra, para saborearlos con su diminuta lengua. La madre  había reparado en ella y la regañaba cansinamente. La acción de recolección se repetía y la madre regañaba. El ejercicio se repitió algo más de 15 veces, hasta que la madre pegó un gritó y  entre zarandeos le quito el biberón. Los sollozos de la nena fueron in crescendo  hasta calar en la madre, logrando que entre caricias repusiera una mamadera limpia.
Imagino que el ciclo de la manzana tomada con una sola mano, su caída, los reproches, el llanto, el abrazo y la compra de una nueva; y el del biberón se repetirá con helados, peras y hasta platos de sopa. Una, dos y tres veces; hasta que la madre o el padre, ya sin paciencia, pondrán la fresa sobre la crema en forma de  una  inolvidable golpiza.
Ése fue el razonamiento del padre del niño de 13 años a quien dejó con una costilla rota, el ego destruido y la bronca en los labios reventados, después de una señora paliza al descubrirlo, por quinta vez, tomando cerveza en un parque con los amigos.  Cuando el abogado le dijo que tendría cárcel por la tunda, el respondió: "Vos te vas a hacer cargo de este chico ¿entonces? Si no, déjame pegarle que sólo así aprende”.

Ése es el mismo padre que cuando el niño apenas tenía tres años le dejó caminar sin zapatos hasta bien de noche "porque la guagua, tan chistosa, no quiere ponerse zapatos”. Más grandecitos, "él no quiere hacer caso” ya no termina en una gracia, sino en una zarzuela de golpes e insultos. Majaderos que golpean a majaderitos que han dejado ser hasta más grandecitos. Romper ese ciclo quizá lograría adultos con más cultura ciudadana y familias con menos violencia.


 

 


   

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