Como almas en pena

Hemos pasado del silencio de las almas a la ruidosa manifestación de todo tipo de personajes macabros.
viernes, 15 de noviembre de 2013 · 13:04
Han pasado varios días desde el más reciente Todos Santos, pero no quería dejar ir la oportunidad de condolerme por la desgracia en que han caído las almas de nuestros extrañados difuntos. 
No me sorprendería que muchas de ellas hayan recordado con nostalgia otras épocas, cuando llegaban a sus casas y eran esperadas por ofrendas repletas de las comidas y bebidas que disfrutaban en vida. Ahora, en cambio, menudo susto el que se habrán llevado, cuando su fantasmal estampa tropezaba con un niño disfrazado de asesino en serie o con una niña convertida en  amenazante calabaza.
No es que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero en materia de Día de Muertos, sin duda a los muertos de antes les iba mejor. La consideración con la que eran tratados, el respeto a las tradiciones y el recogimiento con el que las familias entreabrían la simbólica puerta al más allá al mediodía del 1 de noviembre, son costumbres que también quedaron en las viejas tumbas de la memoria.
Hoy los cementerios se vacían de fieles  y las calles se llenan de monstruos. La mayoría compra dulces e ignora las flores. De la chicha morada, preparada en casa, fermentada durante días, pocos se acuerdan. No es que uno fatigue la nostalgia y pretenda que todo sea como antes, pero alguito podría respetarse o más bien conservarse a salvo del aluvión del tiempo que arrasa con todo, incluso con las pobres almas.
Cuando alguien me pregunta ¿y tú cómo recuerdas el Día de Muertos?, sólo puedo responder que junto a mi padre, en el Cementerio General, columpiándome en las cadenas que rodeaban las piletas, mientras veía cómo papá limpiaba con esmero y Brasso el nicho de mi abuelo. Entonces, pensaba que por alguna razón, cuando uno se ponía viejo, debía resignarse a vivir detrás de esas lápidas brillosas. Creía, además, que los muertos salían de visita una vez al año y que la única manera de comunicarse con ellos era a través de la oración.
La muerte era un misterio que yo relacionaba con la ausencia. Los muertos simplemente ya no estaban. A tres de mis abuelos sólo los conocía por fotografías y en el cementerio; y la única abuela de la que conservo un claro recuerdo desapareció una noche en la que escuché llorar mucho a mi mamá.
Mis padres tenían sus almas y oraban por ellas, pero en esa época yo no tenía ninguna. Por desgracia ahora he sumado varias, entre otras las de mis padres. No sé si sus almas llegaron el 1 de noviembre, pero de lo que sí estoy seguro es que les habría gustado que los esperemos con bizcochos para el té y una buena jarra de chicha fría para combatir la sed del caluroso noviembre.
Por eso, me da un poco de vergüenza decirles que sus nietos andan espantando gente por las calles, con rostros maquillados que infunden miedo y cuchillos de cartón que emergen sangrantes de sus pechos, y que la única "procesión” que seguimos todos, es la de cientos de vehículos de motores atormentados, bloqueados por un séquito de zombis indigestos de caramelos. 
Hemos pasado del silencio de las almas a la ruidosa manifestación de todo tipo de personajes macabros, del cementerio a la casa de los sustos, de Todos  Santos a Halloween. No debería extrañarnos para nada entonces, que el 1 de noviembre nuestros muertos anden como almas en pena, con esa nostalgia profunda que sólo pueden sentir aquellos que se han ido para siempre.

 

 


   

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