El ejercicio del poder

El filme del director francés Peter Schöller, según el autor, es una crítica al distanciamiento entre política y realidad, que provoca el descrédito de la clase política frente a la sociedad.
sábado, 16 de noviembre de 2013 · 17:44
 Rafael Vidal Sanz
L´exercice de l´état (El ejercicio del poder) comienza  con una de las escenas más poderosas que nos ofrece el filme: una joven desnuda se desliza de rodillas por el edificio institucional de un ministerio y se introduce dentro de la boca de un cocodrilo.
Es un preámbulo que se corresponde con un sueño del protagonista principal, el ministro de Transporte, Bertrand Saint-Jean, y que crea unas resonancias temáticas y espaciales con el resto del filme. Porque la crítica de El ejercicio del poder va dirigida hacia esa maleabilidad de los políticos cuando asumen un puesto alto en la jerarquía del Estado, de ahí ese ofrecerse, casi de forma fascinada, casi como un harakiri, a la muerte a través de una desnudez femenina, pues el protagonista está sin defensas ante su entorno hostil y devorador.
Y, tras esta escena surrealista llega la turbulencia: acaba de producirse un accidente de autobús y el ministro debe trasladarse a la zona de los hechos y hablar en público al país. Con este potente detonante en mitad de la noche comienza esa ruta por las bambalinas del poder y las luchas intestinas que se producen en los pasillos de ministerios y edificios institucionales, todo ello en un metraje que gira en torno a la palabra y al plano-contraplano: es el guión, escrito por el propio director, el francés Peter Schöller, el que sustenta esta crítica de El ejercicio del poder hacia la amoralidad y la banalidad de la política contemporánea.
Bertrand es uno de los pocos políticos del filme que aún respetan a la sociedad que les ha elegido, y sirve como contrapunto al coro que le rodea. Y, para ello, contamos con un guía de lujo: el magnífico actor Olivier Gourmet, el  fetiche de los hermanos Dardenne, que surca toda su filmografía y ganó el Premio al Mejor Actor en el festival de Cannes de 2001 por Le fils (El hijo).
El ejercicio del poder es una película que gira en torno a una única secuencia, que hace estallar toda la narración después de la mitad de la película. Toda la película es, al fin y al cabo, un preludio, una preparación para esa detonación que hace tambalear el tono construido anteriormente, en el que queda involucrado el protagonista y que es filmado de forma prodigiosa, rompiendo con la estética de interiores que prevalecía anteriormente: el tiempo se dilata y se hace real, en una secuencia dominada por el silencio, ausente en el resto de la cinta.
Esta escena es fundamental porque supone la introducción de lo real en un filme que se levanta  en la red simbólica definida por Lacan, en las relaciones de poder que se establecen a través de la palabra. Porque la película es una constante verborrea, cínica y consistente, pero siempre ubicada en el estante de lo simbólico, en los cauces de comunicación que rigen la política.
Y, con el accidente, entra lo real en la política, precisamente el elemento del que se ha alejado en los últimos años: es el trauma el que se infiltra en la vida privada del político y, por lo tanto, estalla la convención, pues es imposible reconstruir la capa de lo políticamente correcto. Precisamente, aquello que llegaba al comienzo como un comunicado, un accidente de autobús, que apenas afectaba al político, ahora le golpea con brutalidad, obligándole a abandonar su comodidad en un instante de irónica justicia poética.
La crítica de El ejercicio del poder acaba dirigiendo su mirada a esa distancia entre realidad y política que está provocando, por un lado, el descrédito entre la sociedad de la clase política y, por otro lado, la construcción de redes simbólicas abstractas en los espacios del poder, donde decir y hacer cada vez están más separados. Fundir realidad y poder es el principal apunte de El ejercicio del poder. 
Pero el problema es que a veces cae en su misma crítica, cuando demasiado metraje concentra su atención en el diálogo y el exceso de la palabra. (Extracine)

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