La fuerza de Grenoble

La ciudad, en el sureste de Francia, combina la historia y la tradición con el empeño por consolidarse como un centro académico y de investigación. Allí nació el gran Stendhal.
sábado, 16 de noviembre de 2013 · 19:24
Cuando se recorre las calles de Grenoble, la capital alpina francesa, es inevitable pensar en que tal vez al escritor Henri Beyle, universalmente conocido como Stendhal, se le ocurrió la trama de Rojo y negro al conocer, gracias a las gacetillas judiciales, que un joven preceptor, quien en esa novela llegaría a ser Julian Sorel, estaba envuelto en un intento de asesinato vinculado a una trama pasional.  
Acaso la mejor novela, según los críticos, que refleja la Francia de las primeras décadas del siglo XIX precisaba del plácido ambiente de la antigua Grenoble o de sus alrededores para nacer. 
Aunque Stendhal sitúa el relato en la urbe ficticia de Verrières a orillas del Doubs, es posible que el también autor de La cartuja de Parma se refiera a su ciudad natal, Grenoble, situada en las riberas del río Isère. 
Y es que todo en Grenoble parece confluir en la obra de Stendhal, porque Isère deriva del céltico Isar, que significa "hierro”, como el carácter, aunque no lo parezca, de Julian Sorel, quien al ser ferviente admirador de Napoleón -y por tanto un estudioso de sus biografías- cree que toda decisión que se toma en la vida implica pelea, combate. Además, se trata de una ciudad labrada a pico a los pies de las elevaciones alpinas francesas: como si sus primeros pobladores hubieran convenido en sumar esfuerzos para imponerse y fundar, pese a las duras condiciones naturales, una urbe pujante. 
Y también como Sorel, quien pese a tener una apariencia frágil es de un carácter férreo, cuando resuelve ascender, desde sus modestas raíces como hijo de un carpintero, en la rígida sociedad aristocrática francesa, Grenoble lucha por mantener el sitial como uno de los principales centros universitarios y de estudios superiores de Francia. 
Pasado y ciencia
Precisamente en el siglo XIX, sobre una de las montañas de Chartreuse, que rodean a Grenoble, se edificó la fortaleza militar denominada La Bastilla, a la cual se llega, desde el centro de la ciudad, ya sea a pie o mediante un teleférico, cuya estación queda a pocos pasos de la casa de Stendhal.  
Es uno de los sitios turísticos más visitados -unas 600 mil personas al año-, porque desde La Bastilla, a la cual se arriba tras un corto viaje en las cabinas del teleférico, que se asemejan a burbujas, se puede comprender cómo creció esta ciudad, que antes se llamaba Cularo, según un escrito del año 43 a.C., y después Gratianopolis, a partir del 381 d.C, cuando el emperador romano Graciano la dotó de un obispado. 
Desde los miradores de La Bastilla se puede advertir que las principales calles de la vieja ciudad o burgo se conectan a tres de las áreas verdes más antiguas: las plazas de Notre Dame, Grenette y de San André; como en todas las urbes europeas, se destacan, en su conjunto arquitectónico, los antecesores de los edificios modernos, de hasta cinco pisos, coronados, sin embargo, por tejas y por las chimeneas de las estufas u hogares, imprescindibles en los crudos inviernos alpinos.  Pero los viejos inmuebles, de hermosos aleros,  sólo ocupan una parte de la mancha urbana, la que se apiña alrededor de La Bastilla, que comenzó a ser construida a fines del siglo XVI, para defender a la urbe de las guerras intestinas de poder en Francia.
Con el transcurso del tiempo, Grenoble se expandió por los cuatro puntos cardinales; actualmente, predominan las edificaciones contemporáneas, de concreto, que rodean al casco viejo y además bordean al río Isère. 
Si se considera que se trata de una urbe que ha apostado a convertirse en uno de los centros de educación superior más importantes de Francia, no resulta raro que en una explanada se destaque el Sincrotrón, creado en 1988; se trata en realidad de un laboratorio internacional multidisciplinario, en el cual participan 19 países y que emplea la radiación o luz sincrotón para estudiar los átomos y las moléculas que conforman la materia sólida. No por casualidad en la región se han instalado numerosos centros científicos de investigación, universidades, preparatorias y escuelas superiores.
Desde La Bastilla, se comprende más fácilmente que Grenoble conjuga el pasado con el futuro, la historia y tradición con la ciencia, lo que ya ha vivido con lo que vendrá.
Un museo prestigioso
En ciertos sectores, esta amable ciudad alpina se parece a París, en especial en el Barrio de los Anticuarios, donde se puede encontrar desde un aguamanil de la época de Sorel o un incunable o bien una edición rara; en medio de la búsqueda, se puede repostar en uno de los cafés de la zona, todos con fabulosas cartas de vinos y quesos. 
Pero si se prefiere algo más clásico, no se puede eludir una visita al famoso Museo de Grenoble, que tiene desde colecciones de arte egipcio hasta una pinacoteca de impresionismo y  de surrealismo.  Muchas de sus piezas de arte frecuentemente son solicitadas por el parisino Museo del Louvre en calidad de préstamo. 
Y lo mejor de todo es un eficiente sistema de transporte, compuesto por líneas de tren y amplios buses, que hacen prescindible la tentación de alquilar un automóvil. 
La diversidad
Si se aborda, por ejemplo, la línea azul del tren, el recorrido revela la diversidad de Grenoble. 
En las cercanías de la plaza Victor Hugo, en pleno centro, se pueden encontrar las mejores tiendas y marcas globales, como una sucursal de almacenes Lafayette, Dior, Zara, Mango y Louis Vuitton, entre otras, pero  una de las estaciones de la misma línea llega cerca del mercado de Saint Bruno, en cuyo atrio se lleva a cabo una feria popular los fines de semana, en la cual se pueden comprar desde jamón crudo hasta  prendas de vestir árabes y chinas. Lo cual también se refleja en el acervo gastronómico de la capital alpina: hay desde la más fina patisserie hasta recetas con cous cous o marmaón.
Como en toda Francia, son innumerables los cafés y los restaurantes distribuidos por toda la superficie urbana. En el verano, no hay nada mejor que tomar una copa de vino en uno de los bistrós de la plaza Victor Hugo e incluso un mojito en una brasserie que ha instalado mesas al lado de una fuente, con música salsa inclusive.  
Vale la pena visitar Grenoble, ya sea en invierno o en verano. Uno encuentra, siempre, la sonrisa amable de sus habitantes. Y también se siente, con frecuencia, la fuerza espiritual de Julian Sorel, empeñada ahora en impulsar al futuro a esta capital alpina.

Valorar noticia

Comentarios

Otras Noticias