Inventos para no ser enterrado vivo

Los “ataudes de seguridad” tenían mecanismos para que el individuo pudiera salir si revivía, o bien, activar una alarma.
viernes, 15 de noviembre de 2013 · 11:49
 M. Arrizabalaga / Madrid
Los avances médicos permiten certificar con certeza la muerte de una persona, pero a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX suscitó tales temores que se dejaron testamentos con todo tipo de indicaciones, como que su cadáver fuera decapitado o nunca fuera enterrado. 
Por ello se inventaron sofisticados dispositivos para los ataúdes de madera, cuyo uso se extendía al resto de la población. Los llamados "ataúdes de seguridad” estaban provistos de mecanismos para permitir al individuo enterrado alertar de que seguía con vida o incluso salir de su sepultura.
El primero registrado, construido por orden del duque Ferdinand de Brunswick antes de su muerte en 1792, tenía un tubo que comunicaba con el exterior para que entrara aire fresco y una cerradura que se abría con una llave colocada en un bolsillo especial. Otra llave junto a la anterior abría la puerta de la tumba. Seis años después, el sacerdote alemán P.G.Pessler sugirió que todos los ataúdes llevaran un cable dentro de un tubo para tocar las campanas de la iglesia y así llamar la atención.
El campanario ideado por George Bateson le llevó a recibir de manos de la reina Victoria la Orden del Imperio Británico, según el libro Gabinete de curiosidades médicas, de Jan Bondeson.
Sólo en Estados Unidos se registraron 22 solicitudes de patente de ataúdes de seguridad entre 1868 y 1925. Los había con tubo hueco y una escala de cuerda para poder salir una vez apartada la puerta corrediza de la tapa, pero los más comunes incorporaban sistemas eléctricos que ponían en marcha banderas, campanas o luces ante el menor movimiento del cadáver.
El chamberlán del zar Nicolás de Rusia, el conde Michel de Karnice-Karnicki, ideó un avanzado sistema conocido como "el Karnice” que ante el menor movimiento accionaba el mecanismo de apertura de un tubo de aire hasta el ataúd al tiempo que tañía una campana y sacaba una bandera. El problema era que detectaban los movimientos ocasionados por la descomposición del cuerpo, provocando angustiosas alarmas.
En el siglo XX, el francés Angelo Hays creó un ataúd en el que se podía estar sentado, con un aparador con comida, con un ventilador que suministraba oxígeno, radio para pedir ayuda e incluso un baño químico.
Y el millonario estadounidense John Dackeney se hizo construir en los años 60 una bóveda con puertas de acero que se abrirían cada noche por tres horas durante dos semanas después de su sepelio. Mucha gente fue a ver si salía cuando murió en 1969, pero no dio señales de vida. En 1995 el relojero italiano Fabrizio Caselli  patentó un ataúd con alarmas, teléfono, linterna y un estimulador cardiaco.
Pese a todos los ataúdes de seguridad inventados, no se ha documentado ningún caso de una persona que se haya salvado por uno de ellos, aunque sí de personas dadas por muertas cuando no lo estaban.
La Escuela de Medicina de Harvard estableció en 1968 los criterios de muerte cerebral usados para certificar un fallecimiento, pero no siempre se cuenta con los medios para realizar el examen. 
"Para declarar la muerte de una persona recomiendan cuidado en los casos de trauma en la cabeza y epilepsia, tanto como en ahogamiento, golpes de rayos y electrocución”, según explica Bondeson en otra de sus obras Enterrado vivo: la aterradora historia de nuestro miedo más primario.
Los casos de hipotermia, en combinación con abuso de drogas o alcohol, también requieren de un cuidado especial y no puede certificarse el fallecimiento hasta que el cuerpo no haya sido templado. (ABC Madrid)

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