Quito: recorrer esta distancia

Christian Jiménez Kanahuaty cuenta la experiencia que tuvo al viajar desde La Paz a Ecuador por vía terrestre. Al pasar por tantas ciudades comprobó que el castellano hermana a la región.
sábado, 16 de noviembre de 2013 · 18:53
yo siempre tuve las olas, pero me faltó el mar. Quizás por eso siempre me quise escapar. Escapar así como la protagonista de ese cuento soberbio de Alice Munro, que ahora ha cobrado notoriedad, pero que con Wilmer Urrelo leíamos a profundidad y en completa clandestinidad. Escapar a otro paisaje, uno donde todo fuera de otro color. 
Quizá también por ello ahora recojo sin querer ese verso de Saenz del poema largo Recorrer esta distancia: "Estoy separado de mí por una gran distancia”.
 Y ahora escribo desde la avenida Mariana de Jesús con Amazonas y no ha sido el primer lugar donde viví desde que llegué hace tres semanas a la ciudad de Quito, capital de Ecuador. 
Antes vivía en la 9 de Octubre y Berlín. Pero hoy, entre la niebla del amanecer, veo el mall El Jardín, y recuerdo que antes, al despertar, veía la plaza Abaroa. Han pasado muchos meses de eso, pero llevo aquí tan sólo tres semanas con hoy que es martes. 
El bus Ormeño me trajo hasta acá, partí un 12 de octubre y llegué aquí el 15. Fue un viaje extremadamente largo pero, en cierto modo, divertido; atravesar todo el Perú por tierra, ver Lima y cruzar alguna de sus calles como un reo de nocturnidad, como un personaje más de las novelas que tanto me gustaron; las de Bryce, las de Vargas Llosa, entre otras. 
El mundo en el exterior del bus era multicolor y sus facetas eran las del altiplano, las del valle, nuevamente altiplano, costa y trópico. 
Uno recuerda cómo el Amazonas rompe con la cumbre y se bifurca hacia el otro extremo del continente, pero el mar está ahí, al llegar a Perú, por varias horas uno tiene el mar a la izquierda. Es inmenso y embriagador. 
Y yo que iba con El Arco Iris de la gravedad de Pynchon en las manos, decidí dejar la lectura y concentrarme en el lugar donde mis ojos se detenían. El sueño era lo habitual, el cansancio ganaba a mi curiosidad, pero pude comprender cómo es que uno al viajar por tierra se entrega a la eternidad. 
El exterior te habla de sus transformaciones, los graffitis en las piedras de las montañas te cuentan de la guerrilla de Sendero Luminoso, y de las elecciones municipales en las cuales el MAS (Movimiento de Afirmación Social) va ganando adeptos y tiene la capacidad de interpelar fuerzas más eternas que el mestizaje. 
Al mismo tiempo escuchas el tono de voz, los acentos, el de Perú, el de Colombia, el de Venezuela y el boliviano, que me parece ser el más neutro de todos. Salvo cuando la región marca la lengua. Pero en ese viaje reafirmé la sentencia del poeta mexicano José Emilio Pacheco: "La lengua de Cervantes…, el castellano, el cual nunca abandonaré”. 
Y es así, porque con ese lenguaje se reconoce la tierra donde uno habita y al cambiar de latitudes y hoy estar casi en latitud cero (el centro de Quito, donde me encuentro en este momento, se halla a casi cuatro horas del monumento a la mitad del mundo que a su vez está a cinco metros del sitio geográfico que divide el mundo en dos), reconozco que en Piura, en Arequipa, en Lima, en Chiclayo y en Guayaquil, algunos de los lugares donde nos detuvimos, no hacía falta decir mucho para sentirnos hermanados.
Estábamos de paso, es cierto, pero intercambiamos direcciones electrónicas, números de teléfono y conocimientos generales sobre nuestros países sin evitar las preguntas de rigor: la situación política de Bolivia y si la gente está o no conforme con "Evo” después de tantos años.
Fernando Escobar fue un estudiante que hace siete años ganó una beca para cursar petroquímica en Venezuela, él continuó el viaje, ya que el Ormeño tiene la extraña cualidad de salir desde La Paz y llegar hasta Caracas; es un viaje que suele durar una semana y algo más. 
Al hablar con Fernando supe que él había decidido quedarse a vivir en Venezuela porque uno de sus profesores lo había incluido en una consultoría y de ahí en más fue cogiendo experiencia y nuevos trabajos. Extraña a su familia, pero sabe que si retorna no encontrará un trabajo como el que tiene. 
Roberto, un colombiano que cursa una maestría en geopolítica en recursos naturales en la UMSA, me contó de su experiencia en La Paz; lo que significa para él comer en el mercado Lanza o la feria 16 de Julio. 
"Nunca me había imaginado algo así, lo había leído, pero verlo fue algo muy fuerte, compañero”. 
Y luego: "Para reconocer esta parte de la costa tiene que leer a Fals Borda; es el mejor sociólogo colombiano que ha existido. Si ustedes tienen Lo nacional-popular en Bolivia, nosotros tenemos Historia doble de la costa, lo tiene que leer, panita. Ahí va a ver”. 
Y hoy, por más que ya he recorrido cuatro librerías, aún no doy con ese libro y a pesar de las predicciones, en la biblioteca de la FLACSO (Facultad Latinoamérica de Ciencias Sociales), donde paso la mayor parte de las horas de mis días, tampoco está. Algún día, cuando vuelva a contactarme con Roberto, se lo pediré. Hasta ahora él no responde mis cartas, quizás escribí mal su dirección. 
En la distancia, aquí en Quito, así va la vida.

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