Entre balas y sonrisas

Daniela Acosta Bernal narra una experiencia que marcó su vida. En 2010 ella y otros miembros del grupo Juventud con una Misión organizaron talleres para niños en una favela de Río de Janeiro.
viernes, 22 de noviembre de 2013 · 22:37
Mis experiencias de viaje casi nunca tienen las imágenes de postal que muchos esperarían, pero sí imágenes de realidades que muchos ignoran. En esta ocasión quisiera que reviva conmigo una de las experiencias que más marcaron mi vida.
La aventura empezó en septiembre de 2010 junto a Juventud con una Misión. Éramos siete misioneros en el equipo; primero fuimos a dos comunidades en el Pantanal boliviano, Santo Corazón y San Fernando.
La siguiente parada fue Río de Janeiro. El primer lugar al que llegamos fue Sao Gonçalo, donde trabajamos con una iglesia haciendo talleres; ahí pasamos Navidad y Año Nuevo. El lugar que más me impactó fue el Morro do Dendé.
La llegada a Morro do Dendé fue muy peculiar, pues además  teníamos de guía a un niño.
La bienvenida del "guardia” de la favela fue un par de tiros al aire anunciando nuestra llegada; al instante otros dos tiros respondieron al anuncio de extraños entrando.
Era un tiempo bastante complicado ya que la Policía estaba interviniendo diferentes favelas para "limpiarlas” de los narcotraficantes, para que así la ciudad pudiera acoger a los visitantes durante el Mundial y las Olimpiadas. Había enfrentamientos a muerte, lamentablemente muchos inocentes murieron en ese tiempo y se creó una herida social muy fuerte.
Uno de los primeros consejos que nos dio nuestro niño guía fue: "si hay tiroteo se agachan e intentan ir contra las paredes”. Lo primero que pensé fue: "¿Qué estoy haciendo aquí?”, inmediatamente después la respuesta de Dios vino a mi mente: "vienes por ellos”.
En ese momento aparecieron muchos niños que salieron a recibirnos con abrazos y se fueron caminando con nosotros por nuestro recorrido de reconocimiento del lugar. Lo curioso era que casi ninguno de estos niños sonreía, y gran parte de ellos portaba armas, desde cuchillos hasta armas de fuego.
Muchos tenían el cabello pintado de amarillo y no necesariamente por seguir una moda, ya que el cabello pintado significaba que el niño era "dealer” de droga.
Los niños estaban marcados para que cuando entrasen a áreas "prohibidas” de la favela  no los matasen y les entregasen la "mercancía” sin problemas.
Nuestro trabajo consistía en hacer un programa vacacional para niños enseñando valores; el tema elegido fue "Cristo es mi Superhéroe”.
Los niños buscaban refugiarse y sentirse fuertes manipulando armas o buscando alguien más fuerte que los proteja, era algo así como pagar violencia con violencia y nosotros intentábamos cambiar ese paradigma.
La iglesia que nos acogió ya había estado trabajando en el lugar por un tiempo, y tanto el dueño de la favela como la Policía conocían la obra social que se hacía. Así se acordó que mientras trabajáramos en el lugar, la Policía no intervendría hasta las cinco de la tarde.
Nos alojábamos a una cuadra de la entrada de la favela, y a partir de las siete se empezaba a escuchar la balacera.
En cada nueva visita nos enterábamos que alguien más había perdido un familiar. Sin embargo, cada día  algo cambiaba: al principio, desde los lugares de expendio de droga, los vendedores nos veían desafiantes mostrándonos sus armas.
La mercancía era comerciada en tiendas de barrio y  había diferentes tipos de droga expuestas como si de pan se tratase; pero al pasar los días, nos veían con más respeto y guardaban la droga, bajaban sus armas y eran más amigables, pues ya nos respondían el saludo.
Muchos nombres vienen a mi mente y detrás de ellos muchas historias de vida. Rayane era una niña de siete años a la que su madre prostituía; Andresa vivía con su padrastro y sufría violencia sexual. Cada vez que teníamos que irnos de la favela, ella nos rogaba con lágrimas que la llevemos con nosotros.
Mateus, de 11 años, era  dealer  y adicto al crack y vio cómo mataron a toda su familia; lo único que buscaba era venganza. Al principio nos miraba de lejos y casi siempre tenía una actitud apática hasta que un día le ofrecimos cambiarle su arma por una pelota, sólo por las horas que duraba el programa. Él aceptó y nos dijo que nunca había tenido la oportunidad de jugar; fue maravilloso ver cómo empezó a recuperar su infancia. Era como un niño pequeño otra vez.
Al final Mateus se hizo parte de nuestro equipo, pues evitaba consumir crack y nos ayudaba con las actividades. Fue uno de los primeros niños a los que vi sonreír y eso se fue contagiando.
Las últimas semanas teníamos alrededor de 30 niños participando en las actividades, todos muy felices. Una esperanza nació en sus corazones, pues entendieron que Jesús podía cuidarlos en cualquier circunstancia y que la vida podía ser muy difícil, pero Dios era una esperanza viva para seguir y salir adelante.

Confidencial

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