¡Vecinos al poder!

Sobre cartulina blanca y letras con marcador azul, el letrero, hecho en casa, había sido adherido con cinta de embalaje a esa antigua caseta en forma de púlpito de latón, donde solían dar de varitazos al aire los "varitas” de tránsito.
viernes, 22 de noviembre de 2013 · 21:58
Sobre cartulina blanca y letras con marcador azul, el letrero, hecho en casa, había sido adherido con cinta  de embalaje a esa antigua caseta en forma de púlpito de latón, donde solían dar de varitazos al aire los "varitas” de tránsito.
El cartel se leía con dificultad y sólo al llegar a pocos metros de él uno podía percatarse que el mensaje era un pedido de todos los vecinos de Irpavi  para la colocación urgente de un semáforo peatonal.
Irpavi es uno de esos barrios paceños que solía quedar aislado por lo menos una vez al año cuando las lluvias nutrían ríos que arrasaban hasta los puentes; pero cuando se lograba llegar, tenía la calidez de los domingos en  sus calles tranquilas que llamaban a pasear en bicicleta y dar largos paseos con los perros.
Hoy sus calles están cada vez más llenas y si no son las lluvias las causantes de su aislamiento, lo son los ríos de carros que saturan el acceso principal para llegar al único "Mall”  más o menos grande que tiene la urbe.
Los vecinos hoy soportan cada miércoles, de "2x1 ” en los cines del centro comercial, filas y filas de autos que se mueven con tal lentitud que recorrer 10 cuadras toma más de 20 minutos.
Quienes no quieren zambullirse en el mar de gente del "mega” (apodo cariñoso para el centro aquel) y sólo quieren llegar a sus casas, deberán, de todas formas, entregarse al sopor que provoca estar en un auto casi detenido recibiendo de frente el sol paceño y sintiendo cómo el carro se convierte en una caldera de locomotora antigua.
Llegar a este barrio en fin de semana me hace pensar en cómo sentiría el  aceite que viaja rápido por la botella y de pronto  y sin previo aviso su curso se detiene, desconcertado comienza a impulsarse, y nada, su fluir se ha detenido; ya cuando está a punto de gritar por auxilio -"¡estoy estancado!”- comienza a avanzar a cuenta gotas, ha llegado a la boca del embudo. Luego la caída libre y el estancamiento total.
La sensación del aceite  de sorpresa, frustración y desencanto es idéntica a la de los choferes que viviendo el síndrome del embudo no respetan señales de tránsito, ni líneas cebra; olvidan que hay peatones que caminan y deben cruzar de un lado al otro de la gran avenida y las otras calles. Tarea por demás difícil, es verdad.
Sí, los irpaveños (o como sea el gentilicio de quienes viven en Irpavi) peatones la tienen más difícil aún. Primero deben esquivar los carros, minibuses, micros y trufis que van "a toda” en la avenida principal de Calacoto y que no frenan nunca en la entrada a Irpavi si ése no es su destino; es más, esquivan a los que sí lo tienen y a los pobres ciudadanos de a pie que ponen en riesgo la vida en cada cruzada.
Luego, deben cruzar el otro ala de la avenida y caminar algunas calles para tomar algún transporte público que se verá detenido en el embudo aquel y que recorrerá a paso pesado toda la entrada hasta llegar a las calles principales y como caída libre correr un poco más.
Y si antes Irpavi invitaba a pasear , ahora se ha convertido en uno de esos destinos que uno quiere evitar a toda costa.
Ojalá los carteles se masifiquen y la voz de los vecinos se haga más fuerte, como el caudal del río en época de lluvia.

Hoy sus calles están cada vez más llenas y si no son las lluvias las causantes,  lo son los ríos de carros.

María José Rodríguez
es especialista
en comunicación corporativa.

Confidencial

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