Los cremadores de Benarés

Queman restos humanos a orillas del Ganges y lanzan luego las cenizas al río, para que las almas escapen del ciclo de reencarnaciones y alcancen la liberación.
jueves, 31 de octubre de 2013 · 12:27

Alberto Masegosa

A los dom, o cremadores de cadáveres, la tradición hindú los considera impuros: "Siempre hemos estado marginados pero nuestro trabajo es muy importante. Si no fuera por nosotros nadie llegaría al cielo”, explica Mathow Chaudry, de 55 años, y quien dice que lleva "toda la vida” quemando difuntos en Harishchandra Ghatt, uno de los dos crematorios que operan en la ciudad más santa del hinduismo: Benarés.
Nacido junto a ese ghatt, escalinatas que descienden hasta el cauce sagrado, Chaudry recuerda que "cuando era pequeño nadie se atrevía a acercarse a mí. Afortunadamente, eso ha cambiado y ahora se enseña a los niños en las escuelas que todos somos hijos de Dios y no hay diferencias básicas entre los seres humanos”.
"Porque Dios sólo hay uno aunque tenga muchas caras y distintas manifestaciones”, apunta el veterano cremador.  
El rechazo y la marginación no han impedido que Chaudry se sienta "contento con la vida que me ha tocado vivir” y "satisfecho de haber desarrollado este oficio”, aunque admite que "no estoy de acuerdo con el sistema de castas”, en el que los dom ocupan uno de los  escalafones más bajos del organigrama social.
350 kilos de madera
"Nací dom y, al fin y al cabo, lo que he hecho a lo largo de mi vida es lo mismo que mis antepasados durante generaciones”, se justifica Chaudry, cuyos dos hijos han seguido la tradición familiar y creman también cadáveres, "algo que asimismo me gustaría que hicieran mis dos nietos, y se sintieran orgullosos de este empleo”.
Un empleo que consiste en preparar el lecho con 350 kilos de madera que son necesarios para convertir en cenizas un cuerpo humanom y facilitar el fuego con que se enciende la pira funeraria.
El viejo dom afirma que la calcinación completa de un cadáver suele llevar tres horas y que a continuación se lanzan las cenizas al Ganges para que sean arrastradas por las aguas hasta el mar.
El objetivo no es otro que el alma del fallecido se instale en el nirvana, no se reencarne en ningún otro ser vivo y se libre del ciclo interminable de avatares en el mundo físico, una circunstancia que, según la mitología hindú, sólo garantiza la cremación en el Ganges y, muy especialmente, a la altura de Benarés.
Mathow Chaudry asegura que con su labor gana unas 15.000 rupias (unos 200 dólares) mensuales, que complementa con pequeñas cantidades que obtiene de la venta de las baratijas y objetos de valor con que los cadáveres son cremados, "tales como dientes de oro y anillos y pendientes que los familiares dejan en los cuerpos”.
Como en Manikarniká, el otro crematorio de la ciudad, en Harishchandra se queman cadáveres durante las 24 horas del día, a razón de unos 30 o 40 por jornada, un ritmo que la reciente inauguración de un crematorio eléctrico no ha hecho descender, ya que "la gente no cree que quemar a sus seres queridos con electricidad sea de buen augurio y prefiere el modo tradicional”.
Una leyenda
Aunque algo más pequeño que Manikarniká, y con menor prestigio entre las castas altas, la leyenda que envuelve el origen del crematorio de Harishchandra es particularmente romántica.
El crematorio toma su nombre del rey Harishchandra, que entregó su reino a un sacerdote en virtud de un engaño por el que también se vio obligado a vender como esclavos a su mujer y a su hijo.
Y a convertirse él mismo en cremador en Benarés y en esa misma medida en guardián del nirvana, hasta que los dioses acabaron por reconocer su bondad, devoción y altruismo y lo devolvieron junto a su familia, el lugar que les correspondía por nacimiento.
La historia se enmarca en el tejido de mitos y leyendas que hacen de esta ciudad el epicentro de la cultura hindú desde que, siempre de acuerdo con la tradición, la fundara el dios Shiva, que desvió con su cabeza el chorro de agua con que las divinidades del cielo decidieron bañar la tierra y que se transformaría en el Ganges.
Desde entonces, en tiempo inmemorial, millones y millones de creyentes de toda edad, circunstancia y condición peregrinan cada año a Benarés, desde los cuatro puntos cardinales de la India, para chapotear con la salida del sol en el río sagrado.
Los peregrinos
Buena parte de los peregrinos son ancianos que vienen a pasar los últimos años de vida en albergues de la ciudad para, cuando expiren, ser cremados por sus familiares en Harishchandra o Manikarnika.
Pero también peregrinan jóvenes, matrimonios y familias enteras que buscan el perdón de los pecados, mediante un rosario de rituales de purificación, en los templos y altares de la ciudad, donde las ceremonias de vida y de muerte se entremezclan hasta hacerse inseparables en una liturgia que es única en el mundo.
En palabras del veterano cremador Mathow Chaudry, "la clave está en que aquí todo es sagrado, todo es cuestión de fe”. (EFE Reportajes)

Los peregrinos son ancianos que pasan los últimos años de vida en  la sagrada ciudad.

Valorar noticia

Comentarios

Otras Noticias