Un viaje hacia la muerte

Se trata de una adaptación de la novela Mientras Agonizo, de William Faulkner. Según el autor, James Franco recurre a una pantalla partida para mantener la esencia de la obra literaria.
jueves, 31 de octubre de 2013 · 11:39
Rafael Vidal Sanz
James Franco se ha lanzado a una temeridad: adaptar a William Faulkner. Porque este autor clave de la literatura norteamericana del siglo XX es uno de los literatos más difíciles de llevar a la gran pantalla.
Pero si cualquier novela de Faulkner es un reto en su adaptación, más compleja es la adaptación de As I lay Dying (Mientras agonizo),  una novela perspectivista, en la que se accede a la realidad a través de las visiones de los personajes: la realidad es la suma de puntos de vista.
Y, en este caso, son más de 52 personajes quienes emiten sus pensamientos directamente a la palabra, y cuentan su experiencia alrededor del hecho que desencadena la trama: la muerte de la madre de una familia y la obligación de trasladar el cadáver hasta el cementerio. De este modo se inicia una suerte de viaje de iniciación que es, a la vez, un viaje hacia la muerte, todo ello en un escenario de drama sureño como telón de fondo: estamos en el sur profundo de EEUU a principios del siglo XX.
Pero a la hora de elegir la novela se plantea la cuestión fundamental: ¿cómo traducir el monólogo interior al cine? Y, después de esto, la siguiente: ¿cómo crear el perspectivismo en la narración a través de la visión de tantos personajes?
La primera cuestión encuentra una respuesta tibia: James Franco capta el monólogo interior a través de una voz en off, que se cuela en las imágenes mientras el sonido ambiente queda amortiguado para que emerjan las palabras. En este aspecto, no muestra la obra de Franco una excepcional originalidad. Sin embargo, la clave de su adaptación de As I lay Dying está en el perspectivismo.
Esta idea guía la experimentación formal a la que se lanza: casi toda la película está filmada mediante una pantalla escindida en dos mitades, y cada una de ellas muestra una imagen distinta.
Jaime Rosales utilizó la pantalla partida para La soledad y frecuentemente la aplicaba en las conversaciones, mostrando un personaje de forma frontal y otro de perfil. Sin embargo, dentro de su originalidad, en el fondo servía para suturar un espacio, para unificar un plano-contraplano en un único encuadre.
Pero James Franco se muestra absolutamente experimental en la bipartición de la pantalla y que sirve para traducir ese perspectivismo de la novela. Y es que la mitad de cada plano sirve para traducir la visión de un personaje, de modo que nos sumergimos en un fluir de la conciencia diferente a partir de cada mitad de la pantalla. Porque mientras un plano muestra la concepción de la realidad de un personaje, su mitad complementaria explicita el opuesto.
James Franco introduce diferentes posibilidades de acuerdo con la combinación de decisiones y tiempo: reproduce un mismo acontecimiento en ambas pantallas, pero cada uno es distinto, introduciendo así el grado de posibilidad de todo ser humano en su conducta.
Pero también sirve para crear un lirismo sucio y subterráneo: los planos de un personaje pueden contraponerse con planos del cielo o del bosque, con una naturaleza impávida que permanece, mientras en su seno se desarrolla el drama sureño. El drama de los marginados de EEUU, de quienes quedaban fuera de la representación de la imagen del país en su momento y que Faulkner los tomó como modelos de sus novelas.
Y Franco también los exhibe en toda su crudeza, sin idealizarlos ni torturarlos: nos muestra una dicotomía entre individualismo y solidaridad, pues todos luchan por sí mismos y, a la vez, luchan por la unidad familiar. Ambas luchas inconscientes, y que se unifican en un único propósito, conservar el cadáver, símbolo del núcleo simbólico que unía a toda la familia, y que en su particular road movie por los espacios del sur, corre el peligro de desaparecer. Y, con él, los lazos entre los personajes. (Extracine)

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