En Chile, las calles toman el Congreso

La calle optó por ganar el Congreso. Una salida saludable y democrática para canalizar demandas.
miércoles, 27 de noviembre de 2013 · 23:30
Hernán Terrazas E.

Periodista

Mientras que en otros países de América Latina la democracia gana las calles,  en Chile las calles ganaron el Congreso. Y es que si algún resultado interesante dejaron las recientes elecciones presidenciales, al margen de un balotaje que estaba prácticamente asegurado por las encuestas previas, es que los dirigentes que encabezaron las protestas estudiantiles que sacudieron la democracia de ese país en los últimos años llegaron al Legislativo con porcentajes de votación superiores a los de la propia candidata de la Concertación, Michelle Bachelet.
La protesta fue el escenario de un fulgurante despegue público de la exdirigente del movimiento estudiantil Camila Vallejo; Gabriel Boric, su sucesor en el cargo; Giorgio Jackson, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, y Karol Cariola, exlíder de la Universidad de Concepción.
Los cuatro exdirigentes se presentaron por distintas organizaciones de izquierda, pero durante la campaña electoral todos coincidieron en la necesidad de impulsar una profunda reforma de la educación, tema  que fue el detonante de las protestas que devolvieron a las calles de Chile una temperatura social que había desaparecido por largos años.
El sistema democrático chileno funcionó para absorber por la vía de las agrupaciones políticas "tradicionales”, de la Concertación y la Nueva Mayoría, el voto de quienes en algún momento habían mostrado los primeros síntomas de una crisis que podía beneficiar a outsiders como el independiente Franco Parisi, que desde el populismo de derecha se había convertido en uno de los serios adversarios de la oficialista Evelyn Matthei, o del progresista Marco Enríquez-Ominami, quien en la anterior elección rondó el 20% de los votos, pero que en esta ocasión sólo logró la mitad.
Algunos analistas calificaron como amarga la victoria de Bachelet y dulce la derrota de Matthei, tal vez porque con el porcentaje de votación y la representación parlamentaria obtenida será difícil para la expresidenta tener el camino expedito para satisfacer las expectativas de cambio que alentó durante la campaña.
En todo caso, la señal emitida en las urnas es que Bachelet necesitará concertar las reformas y centrar su discurso, una opción que puede propiciar la construcción de una agenda compartida en parte con la futura oposición -los oficialistas de hoy- pero que podría determinar que los actores más radicales, que llevaron al Congreso a sus dirigentes, observen en la necesidad de moderación una suerte de claudicación, lo que podría complicar el escenario callejero de la democracia chilena y dificultar el trabajo de Bachelet.
Indudablemente, los conservadores de la Nueva Mayoría no consiguieron reproducir el poder. Piñera deja el gobierno con un bajo nivel de aprobación y sin haber conseguido marcar con algún elemento destacado su gestión de cuatro años.
Queda, también, para descifrar, la razón por la que más de la mitad de los chilenos habilitados para votar, no acudió a las urnas. Con una visión optimista, puede entenderse que no lo hicieron porque estrenaron el voto voluntario, pero puede ser que esta actitud se origine en un desencanto que, a la postre, podría ser el germen de una alternativa política diferente a las que han dominado Chile desde el restablecimiento de la democracia.
Por ahora, la calle optó por ganar el Congreso. Una salida saludable y democrática para canalizar demandas que muchas veces se convierten en el epicentro de sismos que debilitan la estructura institucional.

 

 


   

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