Los conquistadores en Tenochtitlán

La expedición de Hernán Cortés desembarcó en las costas mexicanas en marzo de 1519. A medida que los conquistadores avanzaban hasta la capital entablaban alianzas con distintos pueblos.
jueves, 28 de noviembre de 2013 · 21:06
Gonzalo Díaz Díaz de Oropeza
Hernán Cortés, después de conocer los principales templos mexicanos así como los ídolos que había en ellos, le dijo al "gran Moctezuma” que sus ídolos eran "cosas malas” o "diablos”, y que no entendía cómo un "gran e sabio varón” podía tener en su pensamiento dioses semejantes. Los españoles desembarcaron en las costas mexicanas en marzo de 1519 y la escena descrita tuvo lugar el 12 de noviembre de 1519, cuatro días después de la llegada de la hueste conquistadora a la capital mexicana.
Según Bernal Díaz del Castillo, quien formó parte de la expedición y escribió la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, cuando los españoles conocieron los templos de Tenochtitlán  estaban convencidos de que la religión de los indios y su comportamiento estaban bajo influencia del demonio cristiano.
La isla de los sacrificios
Al iniciar la marcha hacia Tenochtitlán, los españoles conocieron dos isletas, de las cuales una fue llamada la "isla de los sacrificios”. En ella el soldado cronista observó "dos casas hechas de cal y canto”, en las cuales vieron "ídolos de malas figuras” y los restos de cinco indios que habían sido sacrificados la noche anterior. "Estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes llenas de sangre”, escribió.
Según lo que averiguaron los europeos, con aquellos sacrificios los indios pidieron a los dioses del infierno y de la guerra, que Díaz del Castillo llama Tezcatepuca y Huichilobos, respectivamente, la victoria sobre los recién llegados. Estos sacrificios se habían hecho en los diferentes poblados en los que se conocía de la llegada de los forasteros.
Dioses
Al principio los indios creían que los europeos eran dioses o teules, lo cual fue aprovechado Cortes, ya que cuando se encontraban en la ciudad de Quiahuistlán, para fomentar esa creencia envió a uno de los soldados a un río cercano para disparar un arcabuz.
Cortés se dirigió al escopetero Heredia "el viejo”, quien según Díaz del Castillo era el menos agraciado de la expedición ya que "tenía mala catadura en la cara, y la barba grande, y la cara medio acuchillada, e un ojo tuerto, e cojo de una pierna”.
Cortés indicó a Heredia el Viejo que junto a unos caciques fuera al río, donde debía disparar su escopeta. Así ellos creerían que todos ellos eran dioses y pensarían además que Heredia era un ídolo. El truco obtuvo los resultados esperados y Cortés entabló una de sus primera alianzas con los indios de Quiahuistlán y de otros poblados aledaños.
La santa fe católica
Cada vez que Cortés sellaba una nueva alianza, se hablaba a los indios de la "santa fe” católica y además se les pedía que abandonasen "sus sacrificios, sus creencias y sus ‘sodomías’ y dejen de robarse unos a otros”, e incluso de "comerse” entre ellos. Tras ello, casi siempre los caciques ofrecían a sus hijas para formar alianzas respaldadas en lazos matrimoniales. Así, dice el cronista, se consolidaba la amistad y los indios hacían a los españoles sus "parientes” y "hermanos”. Los españoles aceptaban con la condición de que las hijas se convirtiesen al cristianismo.
Conforme Cortés avanzaba se dio cuenta que entre los indios mesoamericanos había grandes rivalidades y muchos de ellos estaban sometidos a los mexicanos. Pero también había pueblos que eran enemigos declarados de Moctezuma.
Tlascala
Cuando se acercaban a la ciudad de Tlascala, los europeos conocieron que allá todos estaban alzados en armas. Los tlascaltecas pensaban que los europeos eran aliados de los mexicanos porque junto a aquellos también marchaba gente de Cempoal y Zototlán, que eran pueblos tributarios de Tenochtitlán.  
Desde Tlascala llegaron mensajeros que les dijeron que matarían a los españoles y se los comerían junto a la carne de sus aliados porque venían con "traiciones” y "embustes” del traidor Moctezuma.
Poco después los tlascaltecas comenzaron a atacar a los españoles y sus acompañantes. Cortés instruyó que con el fin de que los tlascaltecas continuasen creyendo que los europeos eran teules o dioses, los cuerpos de los soldados caídos debían enterrarse rápidamente, sin que los indios lo notaran.
Después de los primeros enfrentamientos, los ibéricos enviaron nuevos emisarios pidiendo la paz. Cuando éstos retornaron, supieron que los tlascaltecas permanecían firmes pues afirmaron que la respuesta del capitán Xicotenga "el mozo” fue que podían ir a su pueblo y que allí harían "las paces”, comiendo la carne de los españoles y ofreciendo sus corazones y sangre a sus dioses.
Hombres de carne y hueso
Los tlascaltecas fueron los primeros en dudar que los españoles fueran dioses o teules y sus adivinos y hechiceros determinaron que los ibéricos eran hombres de "hueso y de carne”.
Para llegar a esta conclusión los tlascaltecas habían observado que los europeos comían gallinas, perros, pan y fruta; y que además no comían "carnes de indios ni corazones” de los indios muertos. Asimismo, en los primeros enfrentamientos, los tlascaltecas mataron a una yegua cuyo cuerpo sirvió para demostrar a todos los pueblos de Tlascala que el animal era de carne y hueso.
Después de uno de los enfrentamientos, los personajes principales de Tlascala como Mase–Escaci y Xicotenga "el viejo”, quien era el líder de Tlascala, con el fin de determinar la naturaleza de los españoles enviaron a los españoles cuatro mujeres, gallinas, pan, fruta, copal y plumas de papagayos.
Según la idea de Xicotenga "el mozo”, si los ibéricos eran realmente demonios o teules, éstos sacrificarían a las mujeres y comerían "de sus carnes y corazones”; en cambio si no lo eran y por el contrario eran hombres entonces comerían las gallinas, el pan y la fruta; pero también existía la posibilidad de que fueran "teules mansos”, por lo que enviaron copal y plumas de papagayos, ya que estos objetos servían para hacer sacrificios a dicho tipo de divinidades.

Después de las conversaciones que sostuvieron, los tlascaltecas determinaron no sólo hacer la paz con los españoles sino también permitirles el ingreso a Tlascala, lo cual ocurrió el 23 de septiembre de 1519. Ese día muchos "papas de toda la provincia” acudieron al pueblo trayendo "braseros con brasas” para zahumar con sus inciensos a los españoles. A partir de entonces miles de bravos guerreros tlascaltecas formaron parte de la hueste conquistadora.
Hombres gigantes
Ya en franca alianza, en Tlascala los conquistadores quedaron atónitos al escuchar un relato sobre hombres gigantes. Según los tlascaltecas, en tiempos pretéritos, en las tierras que ocupaban, existían poblados de "hombres y mujeres muy altos de cuerpo y de grandes huesos”, los cuales "eran muy malos y de malas maneras”; por ello, los dioses los castigaron haciendo que se mataran entre ellos.
A continuación, los indios mostraron a los hispanos "un hueso o zancarrón”, que era muy grueso y medía "como un hombre de razonable estatura”; con el cual, los soldados compararon su talla. El mismo Díaz del Castillo se paró al lado del hueso y observó que el tamaño de su cuerpo correspondía con la longitud de "la rodilla hasta la cadera” del gigante.
Después de "ver aquellos zancarrones”, todos los españoles quedaron espantados, y, tuvieron "por cierto haber habido gigantes en esta tierra”. La sorpresa entre los europeos fue tan grande que el capitán Cortés determinó que lo correcto sería enviar "aquel gran hueso a Castilla para que lo viese su majestad”, cuenta Díaz del Castillo.
Nostalgia
El último gran poblado antes de llegar a Tenochtitlán fue Cholula que era tributario de los mexicanos. Para muchos españoles, la ciudad de Cholula despertó ciertas nostalgias relacionadas por la tierra que los conquistadores dejaron atrás en Europa, pues al ingresar en ella, los ibéricos, debido a sus altas torres, la compararon con "el propio Valladolid”.
Según Díaz del Castillo, en Cholula existían "en aquel tiempo sobre cien torres muy altas, que eran cues [templos] e adoratorios donde estaban sus ídolos”, entre los cuales existía un "cu mayor” que era superior en altura al que conocieron en México.
Sacrificios de niños
Después de ingresar a Cholula, los tlascaltecas advirtieron a Cortés que algo no andaba bien, pues conocieron que se habían realizado sacrificios de niños para pedir al ídolo de la guerra la victoria sobre los recién llegados.
En Cholula, según Díaz del Castillo, los indios estaban tan seguros de obtener la victoria sobre los ibéricos y sus aliados que ya tenían preparadas las ollas con "sal e ají e tomates” en las que prepararían la carne de los españoles para comérsela.
Posiblemente, el plan urdido por los mexicanos habría culminado exitosamente de no ser por una advertencia que cierta mujer de Cholula hizo a Marina, la intérprete que acompañaba a Cortés; con ello, el plan secreto del ataque se filtró y se desbarataron los planes aztecas. Tras ello se logró la pacificación de los habitantes de Cholula.
Cuando Moctezuma se enteró del fracaso de sus planes en Cholula, "sintió gran dolor y enojo” y sacrificó "ciertos indios a su ídolo Huichilobos, que le tenían por dios de la guerra”.
La respuesta que los ídolos dieron a Moctezuma decía que se debía permitir a los españoles ingresar a México, para, posteriormente, buscar la mejor ocasión de darles muerte.
Los ibéricos continuaron la marcha a pesar de que conocían el consejo que Huichilobos había dado a Moctezuma. Según Díaz del Castillo, éste era constantemente recordado por los aliados de Cortés: tlascaltecas, totonaques, los de Guaxocingo, los de Chalco, etc., lo cual incrementaba el nerviosismo de las huestes.
Vías atestadas
A medida que se acercaban a México, muchos caciques de diferentes pueblos que "traían mucha gente consigo”, acudían a hablar con Cortés y posteriormente se unían al contingente como nuevos aliados. Las vías que recorrían los ibéricos y sus aliados, se encontraban atestadas de grandes cantidades de gente que salía a verlos, pues todos "los caminos estaban llenos dellos”, lo cual dificultaba la marcha.
Finalmente, el 8 de noviembre de 1519, Cortés y sus acompañantes ingresaron a México, donde en primer lugar fueron recibidos por los parientes de Moctezuma y posteriormente por él mismo. Cuatro días después de la llegada, Cortés acompañado de otros capitanes visitó los adoratorios de Huichilobos y Tezcatepuca.
Adoratorios
En los adoratorios Díaz del Castillo pudo ver la representación de Huichilobos, el dios de la guerra mexicano que "tenía la cara y rostro muy ancho, y los ojos disformes y espantables”. Además tenía "ceñido al cuerpo unas […] grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas”.
Al contemplar a las divinidades, Díaz del Castillo las relacionó con el diablo y el infierno cristiano pues dice "este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía cargo de las ánimas de los mexicanos, y tenía ceñidas al cuerpo unas figuras como diablillos chicos, y las colas dellos como sierpes”.
En otra apreciación relacionada con el sonido del infierno cristiano, Díaz del Castillo dice: "y todo estaba lleno de sangre, así paredes como altar, y era tanto el hedor, que no veíamos la hora de salirnos afuera; y allí tenían un tambor muy grande en demasía, que cuando le tañían el sonido dél era tan triste y de tal manera, como dicen instrumentos de los infiernos, y más de dos leguas de allí se oía; y decían que los cueros de aquel tambor eran de sierpes muy grandes”.
Después de conocer estos adoratorios Cortés le dijo a Moctezuma que no comprendía cómo un hombre sabio como él podía tener como dioses a los ídolos que había visto; lo cual molestó a Moctezuma, quien explicó que los mexicanos consideraban a sus dioses Huichilobos y Tezcatepuca como "muy buenos” porque les daban agua, salud, buenas sementeras, temporales, victorias y todo cuanto pudieran necesitar, por esta razón, exigió que Cortés no diga nada que pudiera ofenderlos.
A partir de entonces los españoles permanecieron en Tenochtitlán por varias semanas y la tensión fue aumentando, lo cual precipitaría los hechos que permitieron a los españoles tomar el control de la situación, que es otro capítulo de la historia de la conquista de México.

Este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía cargo de las ánimas de los mexicanos, y tenía ceñidas al cuerpo unas figuras como diablillos chicos, y las colas dellos como sierpes.

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