Misioneros bolivianos en una favela

Un grupo de jóvenes misioneros ingresó a la favela denominada Morro do Dendé, en Río de Janeiro. Una de ellas narra sus experiencias en esa zona violenta, dominada por un dueño o jefe.
miércoles, 27 de noviembre de 2013 · 23:33
Daniela Acosta Bernal
Entre 2010 y 2011, un grupo de jóvenes recibía instrucción en la Escuela de Discipulado y Entrenamiento de Juventud con una Misión (JUCUM) en Santa Cruz, Bolivia. En esa oportunidad, como parte del entrenamiento, en la etapa práctica, se decidió enviar a los jóvenes a Brasil, específicamente a una favela llamada Morro do Dendé. De esa manera se pudo realizar un proyecto de restauración de vidas y evangelización de manera conjunta con la iglesia presbiteriana de la Ilha do Governador y JUCUM.
Las favelas por lo general son zonas de contrastes; por un lado, está la extrema pobreza, que se hace evidente en casas muy pequeñas -muchas sin ventilación-, la falta de servicios básicos, la insalubridad y el hacinamiento, pero por otro se ve un gran movimiento económico con la venta de drogas y alcohol, muchos bares instalados uno al lado de otro y es muy común ver casas muy pequeñas pero con televisores plasma y digitales, de lo cual se deduce que son casas de los narcotraficantes. En cada cuadra se observan alrededor de cinco bares lado a lado. Y los puestos de expendio de drogas no son clandestinos.
Intervenciones y aislamiento
Desde hace algunos años, la Policía inició un programa de "limpieza” en diferentes ciudades de Brasil, que  consiste en la intervención de zonas riesgosas o favelas, para desarmar a los grupos de narcotraficantes y de otros delincuentes.
Lamentablemente la violencia y la destrucción de familias que  conllevan esas intervenciones han causado problemas de otra índole.
En cada operativo se dan enfrentamientos a muerte y fallecen tanto narcotraficantes como policías. Y sólo en contados casos algunos son tomados presos, pero en general la muerte es la que predomina en las intervenciones policiales.
En ciertos lugares de Río de Janeiro, se han levantado murallas acrílicas que cierran el acceso a las favelas, que tienen a un lado el mar, severamente contaminado por fábricas, y al otro lado la favela "enemiga” y enfrente una gran muralla de acrílico que no permite la salida de la gente;  hicieron esto bajo la justificación de que hubo muchos accidentes, especialmente en las favelas que están cerca de las carreteras, pero lo cierto es que esos muros tienen el propósito de aislar a la gente que se considera "mala para la sociedad”, sin considerar que también son personas y que no todas se dedican a delinquir. También se argumenta que se busca que el lugar sea "acogedor” para los extranjeros, en especial para el Mundial 2014 de fútbol.
Pero en otras zonas resulta curioso cómo cambia el panorama de una cuadra a otra. En Ilha do Governador, se observa una marcada diferencia entre la zona residencial y la favela, solamente separadas por un muro blanco.
En particular, el Morro do Dendé es conocido por ser una de las favelas de más difícil acceso, ya que hay un fuerte grupo armado de narcotraficantes en el interior de la misma.
Curiosamente también vive en esa favela un amplio grupo de personas deseosas de salir de esa realidad en busca de una mejor vida, sin violencia ni drogas; es una tarea muy difícil, ya que la pobreza es apremiante y, según las voces populares, si te identifican como alguien que mora en esa favela es muy poco probable que te dejen salir o que te acepten en otra favela. Se trata una cuestión "territorial”.
El jefe
Cada favela tiene un dueño, que en la mayoría de los casos es el  mayor narcotraficante, el que tiene el poder económico y a quien se le rinde cuentas.
Las favelas se rigen por una "ley” propia, obviamente ni legal ni estatal, sino no escrita y tácita; sin embargo, en el perímetro de la favela es el jefe quien gobierna y su "ley” es la que prevalece. Esta "norma” está vinculada a asuntos de narcotráfico. Por ejemplo, hay zonas en la favela a las que sólo las personas autorizadas por el dueño o jefe pueden entrar y si algún extraño intenta entrar lo más seguro es que termine muerto. Por este motivo, los niños que trabajan para los narcotraficantes son marcados: les tiñen el cabello de amarillo para saber quiénes son los "dealers autorizados”.
Se observa a mucha gente adicta a diversos tipos de drogas. El aspecto de muchas personas es de desnutrición y de dejadez, lo cual se puede apreciar no solamente en los adultos. La triste realidad es que muchos niños también son adictos, la mayoría inducidos al consumo por sus propios padres.
La inocencia de los niños es casi imperceptible: las miradas perdidas, reacciones agresivas, falta de sonrisas y juego, todo esto debido a la realidad a la que se enfrentan día a día muchos niños y niñas. Muchos fueron testigos del asesinato de sus padres, otros fueron participes del asesinato a terceros. En fin: situaciones que han robado la infancia a muchos pequeñitos. Historias de vida que definitivamente ni un Mundial remedia.

Y las políticas empleadas de un tiempo a esta parte, con respecto a las favelas, sólo han acrecentado esa herida social. Muchos niños quedaron huérfanos, muchas madres perdieron hijos y el hambre de venganza entró en los corazones de numerosas personas. En apariencia, un problema fue "resuelto” para el tiempo de las Olimpiadas y el Mundial; a nombre de "limpieza” y una sociedad más "segura”, se han lastimado corazones de inocentes, heridas que quedarán marcadas y los resultados pueden ser aún peores en cuanto a delincuencia o reacciones sociales negativas, si no se interviene con algún programa de restauración del alma.

Las favelas se rigen por una "ley” propia, obviamente ni legal ni estatal, sino no escrita y tácita; sin embargo, en el perímetro de la favela es el jefe quien gobierna y su "ley” es la que prevalece.

Una iglesia
Pero no todo es violencia y drogas.
Hay también un gran número de personas que, a pesar de que viven sometidas a esa "ley”, sin poder denunciar esos hechos, intenta vivir una realidad diferente y busca oportunidades de salir adelante sin involucrarse en el narcotráfico.
En respuesta a esa necesidad de un cambio de vida, la Iglesia Presbiteriana de Ilha do Governador decidió abrir un templo dentro de la favela para ayudar a esas personas.
Al principio, según cuenta el pastor Daniel Oliveira, fue muy difícil, por la presión del dueño o jefe de la favela y el escepticismo de la gente; sin embargo, poco a poco se fueron creando programas de ayuda que beneficiaban a los vecinos de la favela en diversas áreas y de esa manera se pudo instalar el Ponto de Pregaçao do Dendé, donde se realizan diversas actividades, además de la prédica de la palabra de Jesucristo,  como el apoyo escolar, el impulso a una escuela de ballet, una coral, una escuela de instrumentos musicales y se intenta ayudar a las familias con programas de intervención social no asistencialista, pero de resiliencia (aquella capacidad de las personas para sobreponerse a períodos de dolor emocional y traumas).
El equipo de misioneros fue invitado para realizar talleres con niños y para preparar a jóvenes de la iglesia para que el programa sea sostenible y no simplemente se quede en un impacto momentáneo. De ese modo, mediante dramas, coreografías y enseñanzas, se intentó transmitir valores y construir un nuevo paradigma en la mente de la gente,  además de dar una solución a largo plazo a las necesidades internas y externas de la gente.
Se transmitió que hay una esperanza en Jesús. De esa manera mucha gente comprendió que el puente entre los sueños de Dios y una realidad tan cruda y difícil es la fe.  Los programas de JUCUM normalmente se realizan en iglesias locales, para que se pueda dar continuidad a largo plazo.
A largo plazo

Para lograr ingresar a la favela, se tuvo que pasar por un proceso hasta logar que el dueño de la favela aceptara el ingreso de gente ajena a la misma. Un dato curioso es que, pese a estar envuelto en actividades ilícitas, el dueño, según la gente del lugar, intenta que los vecinos de la favela tengan mejores oportunidades de vida. En algunos casos, según testimonios, ese jefe lleva comida o ropa a la gente más necesitada del Morro. Así que, tomando en cuenta esas referencias, se logró el acceso de gente para ayudar en la favela. A pesar del peligro, muchos jóvenes decidieron trabajar por esta causa. Y los misioneros de JUCUM prepararon a los jóvenes para hacer esta tarea.
Y los resultados no se dejaron esperar. Algo bastante sorprendente fue ver a los niños recuperar su infancia mediante los juegos, recobrar sus sonrisas y ver cómo la capacidad de los pequeños pudo cambiar inclusive a los adultos. Muchas familias llegan a los pies de Cristo mediante los niños. Y se vio hasta un cambio en el aspecto físico de las personas.
La respuesta a ese proyecto fue bastante positiva. A pesar de las condiciones de pobreza y a la ley de la favela, mucha gente empezó a proyectar su vida de manera diferente. Actualmente muchos niños, niñas, jóvenes y adolescentes asisten a los programas dirigidos por gente del Ponto de Pregaçao do Dendé.
Se puede observar que la semilla que pusieron los jóvenes de JUCUM está dando frutos a largo plazo. Muchos de los niños que quedaron huérfanos, en vez de aferrarse a la droga o al alcohol, decidieron no repetir la historia que vivieron sus padres y ahora intentan ayudar a otros que pasaron por la misma situación.
Lo hermoso de esto es ver cómo lo humanamente imposible se puede hacer posible con corazones dispuestos y fe. Dios puede transformar realidades, poner gloria en lugar de cenizas, alegría en lugar de dolor, esperanza en lugar de violencia y amor para los que habían perdido el sentido de vida.

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