Misterios de la Pachamama

Natalia Vinokurova y un grupo de turistas decidieron conocer el Salar de Uyuni. En su emocionante aventura se toparon con vestigios de la Edad de Piedra y la Edad de Bronce en la zona.
jueves, 28 de noviembre de 2013 · 20:55
Éramos cinco turistas que decidimos conocer el desierto blanco y el inhóspito altiplano salpicado con lagunas verdes, rojas y géiseres.
Después de todas las emociones experimentadas en el salar blanco-cristalino de Uyuni, después de la isla "espinosa” de Incahuasi, con cientos de cactus que se yerguen orgullosos a cuatro metros de altura, la visita a la aldea de Aguaquiza, en la provincia Nor Lípez, no tenía señales de nada fuera de lo común.
El vehículo en el que viajábamos se detuvo cerca a un arco de piedra con el nombre de "Chullpas”. Nuestro conductor salió del 4x4 y se fue apresuradamente a Aguaquiza, a buscar al "dueño” del museo; nuestro grupo comenzó a explorar el camino hacia una elevación de rocas volcánicas.
Descubrí una escalera oculta de piedras que conducía al "techo” de esta pequeña colina. Después de subir a la cima, a la vista se presentaron dos chullpas devastadas y destruidas.
El paisaje de lo simple y lo circundante que nos rodeaba era espectacular; de pronto vi a nuestro chofer-guía, dirigiéndose apurado hacia nosotros. Jadeando, Cipriano nos comunicó que el "dueño” del museo había salido al campo a trabajar en sus sembradíos de quinua.
Pero debido a su relación de fraterna amistad con el dueño del lugar y para no decepcionarnos, Cipriano cometió un acto de "allanamiento”; y en un minuto, la puerta de cactus quedó abierta.
Con gritos de "hurra”, el grupo pasó al interior, mientras los ojos se acostumbraban a la oscuridad. En la medida que tomábamos conciencia de lo que aparecía ante nuestros ojos, lentamente comenzamos a darnos cuenta de que contemplábamos el comienzo de la historia: la Edad de Piedra.
Viendo mejor lo expuesto y frotándome los ojos, me convencí de que lo que veía era un hacha y una pala de piedra; más allá muchas puntas afiladas, armas asesinas (espero, no de personas), junto con piedras redondas del tamaño de un puño (balas prehistóricas) que habían sido dispuestas en filas ordenadas.
Se podía encontrar artículos de la Edad de Bronce: figuras de cobre y cucharas, también agujas y los restos cerámicos de vajillas. Vi una calavera pequeña humana de cobre, una réplica excelente y pensé que en nuestro tiempo ese artículo se vería bien colgado en un teléfono móvil en forma de adorno. En una tabla se veía la cifra de 10.000 años. ¡Wow!
Los "dueños” del museo no estaban, no había vitrinas, el hacha estaba a 50 centímetros de mí. Entonces, ¿cómo no tocar la historia? ¡Tenía en la mano un hacha de piedra!
El contenido de las tumbas o chullpas se encontraba en el museo. Dos esqueletos en posición fetal con todos sus accesorios.
Dejando comentarios de admiración en un pedazo de papel y poniendo un poco más del precio mencionado "por la visita al museo”, el grupo salió del corral de la cueva. Cipriano anudó el alambre de la puerta "tal como estaba” y nos llevó a otro lugar en las cercanías de Aguaquisa, que se denomina "Galaxias”. ¡Esta cueva albergaba muchas más sorpresas!
Dos amigos que vivían en el pueblo de Aguaquiza, Nemesio y Pelagio, cultivaban quinua y a veces paseaban por los cerros y formaciones rocosas. En 2003, en una cueva poco profunda, vieron un pequeño agujero en la pared; alumbrando con su linterna el interior, se dieron cuenta de que al otro lado de la pared existía otro espacio. Durante un año, los dos amigos cavaron y llevaron las cubetas de tierra a la superficie; y un día, la Pachamama decidió dejar pasar adentro a los persistentes buscadores y mostrarles su tesoro secreto.
Los descubridores de "Galaxias” nos cuentan con emoción sobre su hallazgo:
-¡Nadie esperaba ver ese milagro!, con los ojos llenos de lágrimas recibimos de la Madre Tierra ese regalo maravilloso. Hemos prometido proteger y defender su tesoro hasta el final. ¡Ella nos dio las llaves y nosotros nos convertimos en los guardianes de su tesoro!
Con ardiente impaciencia entramos en la cueva iluminada por focos de una batería solar ¡y he aquí la maravilla!
¿Qué es esto? No son estalactitas ni estalagmitas. A la mirada se presenta algo nuevo e inusual, similar a las velas caladas o conchas frágiles. Se cree que es un encaje fosilizado de algas.
Estábamos ubicados en el fondo del desecado lago prehistórico Minchin (Ballivián), a una altitud de 3.870 metros sobre el nivel del mar. Del techo de la gruta cuelgan unos conos de membrana blanco-amarillo-verdosos, con orificios circulares de diferentes tamaños.
El agua se evaporó hace mucho, el hielo y el sol abrasador durante miles de años han creado en esta cueva el efecto de las algas fosilizadas.
A los descubridores de la cueva se les ocurrió nombrarla "Galaxia dos estrellas”. Dos estrellas: Pelagio y Nemesio siguen trabajando en el nuevo lugar turístico.
Continuamos nuestra aventura. En el camino nos esperaba otro tesoro arqueológico: la Cueva del Diablo. ¿Qué encierra esa cueva en sí misma? ¿Por qué ese nombre diabólico? Pues allá nos dirigimos para averiguarlo.

Confidencial

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