El poder dictatorial de la palabra

El último filme de Thomas Vinterberg, según el autor, es una crítica a la credulidad social de la palabra. La obra se basa en las falsas acusaciones que hace una niña a un profesor
jueves, 28 de noviembre de 2013 · 20:43
Rafael Vidal Sanz
Pocos vestigios quedan en el cine de Thomas Vinterberg de su etapa Dogma, cuando presentó aquel perturbador filme que ganó el Premio del Jurado de Cannes de 1998, Festen (Celebración).
Esta cinta estaba realizada de acuerdo con los presupuestos estéticos del dogma            y con iluminación natural, ausencia de música extradiegética, sonidos naturales y cámara siempre al hombro. Mostraba los efectos perjudiciales que provoca el mantenimiento de un secreto en la familia: los abusos sexuales de un padre a su hijo.
Desde ese turbio filme, Vinterberg ha limado sus presupuestos estéticos, y en una tensión entre Dogma y un cine más convencional se presenta Jagten (La caza), su última película.
La caza plantea un argumento turbulento: un profesor es falsamente acusado por una niña de abusos sexuales, pero el pueblo cree antes a la joven y comienza  a linchar y marginar al profesor, quien vive un proceso de marginación y descenso a los infiernos. El filme cuenta con la gran presencia de Mads Mikkelsen como protagonista, quien se alzó con el Premio al Mejor Actor en el festival de Cannes de este año por su intensa interpretación.
La caza pretende demoler el refrán que afirma que "los niños y los borrachos no mienten”; al menos, pretende derrumbar el primer sujeto de la oración, y desconfiar de la palabra del niño, despojarla de autoridad para el derecho penal.
Una palabra siempre crea efectos: no se difumina en el aire en su propia pronunciación, sino modifica el mundo. Y la crítica de La caza se encamina hacia esa credulidad social de la palabra: la emisión de una opinión se toma, en ocasiones, como verdad  y provoca el cercamiento de individuos sujetos a su juicio.
Pero para la existencia de una palabra autoritaria  es preciso la existencia de una comunidad donde cada individuo integrado dispone de poder dialéctico; así, lo más destacado del filme es presentar el conflicto de la pederastia falsa en un pequeño poblado danés, donde todos los miembros se apoyan mutuamente y se unen para expulsar al extranjero.
Esta idea de la palabra es la que también tejía Festen, pues la palabra del padre se imponía sobre la del hijo, quien era expulsado de la mesa para evitar la emergencia de la verdad. Así, en ambos filmes parece señalar que una mentira puede vestirse de verdad si hay condiciones de proximidad o jerarquía que le otorguen autoridad: si una mentira nace de la comunidad, y en concreto de sus estamentos más altos (el padre de la familia) o más inocentes (el niño), es fácil su conversión en verdad objetiva.
Pero ése es, también, el problema de la película: no es un filme pegado a la realidad, sino a ciertos arquetipos narrativos ya existentes. El resultado es la sucesión de numerosos estereotipos en la trama, que se corresponden con las fases de la marginación y de descenso a los infiernos: todos los hechos que vemos tienen un eco de otras narraciones, nada parece ser novedoso. Así, sus animales sufren ataques de los vecinos o el personaje sufre un juicio en la iglesia, espacio clave de la moral de la comunidad y recurrente en exceso para estos hechos.
Además, Vinterberg recurre a música extradiegética, y resuena a veces en exceso. De hecho, el filme comienza con Moondance, de Michael Bublé, mientras varios miembros de la comunidad se bañan en un lago; de este modo, una música de corte estadounidense, de jazz, contrasta en exceso con la naturaleza danesa, pero no crea un contrapunto, sino una disonancia: el sentido no se densifica con este recurso, sino que se diluye. Son estos ejemplos y la inclusión de ciertos clichés lo que provocan que un relato turbulento, que provoca conmoción, pierda vigor y se haga más amable: un dogma más puro hubiese logrado resultados más efectivos. (Extracine)

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