Caminante, no hay camino ...

jueves, 12 de diciembre de 2013 · 20:33
 "Viajando se fortalece el corazón”, dice la canción de Litto Nebbia que me sirvió de guía en esta aventura de enseñar de La Paz a Ixiamas.
Estaba dentro de una flota muy grande (a mi entender) para el camino que me esperaba y una mujer con su niño se me acercó y me dijo: "Éste es mi sitio”.
Llamamos al encargado, revisó mi pasaje y confirmó que tenía una fecha pasada. Así me quedé en Villa Fátima con mi mochila, un data show, 19 libros y la ansiedad por las clases que no se podían suspender.
Encontré una flota que salía en ese momento (más grande) y no sin miedo decidí salir, despegar, saltar, cantar, dejarme llevar, entregarme al silencio y a la música; en fin, viajar y transcurrir desde elevadas cumbres a cántaros del deshiele de los sueños y ver cómo las piedras que te encierran se abren y se convierten en hojas de mil verdes.
Más adelante quedamos varados por un bloqueo que duró 30 minutos. Después el conductor empezó a correr desenfrenadamente y tocaba bocina a los que iban delante. Algunos le daban paso, otros no. Mis manos traspiraban y todos los pasajeros estaban tensos. Los bocinazos no cesaban y aceleró para después frenar de golpe.
"Mucho está corriendo”, le dije al conductor. "Cómo pues si estamos en trancadera”, me respondió el ayudante. ¡Nada que hacer contra esa respuesta!
Era difícil dormir con "Armin Franulic” al volante; mucha lluvia y barro. Llegamos a Reyes y más barro; nos enlodamos por ayudar a otra flota a salir del atolladero. Tras 20 horas de viaje, Rurrenabaque me recibió con lluvia y pasé directo a San Buenaventura, para seguir a Ixiamas.
Seis horas más y llegué. Era un lugar de paz, de aire espeso por la humedad con gente en sillas mirando a la otra pasar. Serrat tiene razón al decir: "caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
Di mi primera clase. Los Iracundos, pasando por Sui Géneris, folklore chapaco, la cumbia actual y la música brasileña eran los gustos de mis alumnos. Las clases cobraron vida con esas personas. Fui invitado por el Centro Psicopedagógico y de Investigación en Educación Superior (Cepies Rural) para dictar un módulo llamado Didáctica en Educación Superior. La responsabilidad era grande y a mis estudiantes su idiosincrasia no les permitía una seriedad absoluta, además el calor arreciaba. Me sentía adormecido y me decían: "No es nada, ni está haciendo calor”. Para mí era difícil exigir un trabajo intenso a 32 grados.
Detrás del hotel donde estaba alojado vivía la familia de uno de mis alumnos que me recibió en su hogar. Su esposa era una hermosa beniana que cocinaba platos típicos que en mi vida había comido. Los primeros días los recibí con desconfianza, pero después me convertí en uno más de sus hijos. Cada mañana despertaba con un estrepitoso: ¡Daniel, está listo el desayuno!
Los días pasaban entre el calor, la lectura y revisar trabajos prácticos. Me sentaba y veía a la gente pasar; también escuchaba música en las pocas horas de luz (cuatro) que había en el pueblo; era algo por lo que la gente protestaba, pero creo que en el fondo festejaba. La TV, lo impersonal que a veces puede ser el internet, la soledad y a todo esto el miedo por vivir, creo que tienen que ver mucho con el mal uso de la energía eléctrica.
El director del colegio, que era mi estudiante, me invitó a cantar en su establecimiento el 21 de septiembre. Seleccioné un hit de los Enanitos Verdes y una composición mía.
Pero me quedo con una charla que hice sobre musicoterapia y una posterior guitarreada con los chicos de la promo.
Las charlas, las venas abiertas, los sistemas y las formas de encarar la materia, el intento, las exposiciones, las profesiones abocadas a la tala y las profesiones abocadas al cuidado del monte, las discusiones y el camino en un mismo sentido, la disco, el aula en el patio fresco, los grillos, los atardeceres y los mosquitos, la ducha fría y la fría ducha, los niños jugando todo el día en el patio, las motos, los insectos sonoros como motos que se chocan en las ventanas, los bichos que se van a la luz y adornan las proyecciones del data, los que dan miedo, el río, el partido de fútbol en domingo y el borrachín que en medio de la calle gritaba "collas de mie…”, la radio del pueblo y sus locutores carrasposos, el pampacu, el aire y el alma que jugaban a inventar palabras para ser escuchados y para ser corrompidos para nuevamente ser aire y alma, el lugar y el estar, la noche y sus ruidos, la sonrisa amable y los viejos mirando la calle, los buses que entraban y salían, y las aves que sabiendo que pueden ir lejos se sentaban a observarnos como entendiendo el misterio de por qué somos y por qué nos perdemos.
En los últimos días había cansancio en las filas, revisaba los trabajos finales hasta las 12 de la noche. Fueron clases extenuantes, pero productivas y como siempre divertidas. La didáctica si no se la aplica no se la enseña, por eso una sesión de musicoterapia terminaba en saya y capoeira.
Así terminamos, con una foto de grupo, palabras finales y conmovidos todos. No podía hablar mucho, los sentimientos fluían con toda naturalidad. Un abrazo general, aplausos múltiples y un sonoro "hasta la próxima”.

El viaje de retorno pide otra historia ya que fueron los mismos días de los problemas en el TIPNIS. La naturaleza no es la misma desde el viaje en el que me habló clarito y sin comas.

Daniel Castellón  recuerda el viaje que hizo a Ixiamas. En el tiempo que estuvo en ese poblado adquirió algunas costumbres de los habitantes, como sentarse en una silla para ver a la gente pasar

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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