El alemán que quiso industrializar la cocaína

A fines del siglo XIX, el teutón Enrique Rusby inició los trámites para instalar una gran factoría en Yungas para la fabricación la cocaína y otros dos alcaloides. Al final, su proyecto quedó trunco.
miércoles, 18 de diciembre de 2013 · 21:32
Sayuri Loza
La coca y Bolivia han tenido una relación intrínseca desde tiempos inmemoriales, pero vamos a tomar la historia a partir del siglo XIX, más específicamente desde 1859, año en que el científico alemán Albert Niemann logró aislar por primera vez el alcaloide que llamaría "cocaína”.
El contexto era el de la explotación de las economías de exportación de América Latina, que enviaban a Europa materias primas con diferentes usos; la quina, el henequén, el tabaco o el cacao son ejemplos de productos que se despachaban para su industrialización. La búsqueda era intensa y la producción bibliográfica al respecto, masiva.
La coca y sus alcaloides fueron parte de este boom transformador: desde 1860 hasta 1883, la cocaína sería empleada experimentalmente para tratar diferentes problemas como la adicción a la morfina, el agotamiento y, con mayor novedad y asombro, en el tratamiento anestésico; a estos experimentos se sumaron los estadounidenses al desplegar sendos informes sobre los resultados.
El revuelo que causó la cocaína en los círculos intelectuales y científicos despertó también el interés del célebre Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, quien usó la cocaína en sus tratamientos  desde 1884. Ese mismo año, tras experimentos con ranas, se descubrió el efecto anestésico de la cocaína al inyectarla en un nervio. Esto llamó la atención de dos empresas farmacéuticas alemanas, Parke&Davis y Merck, que rápidamente arrancaron con la comercialización del alcaloide.
Una industria de cocaína
Como ya entonces el país era uno de los principales productores de coca, la agitación no tardó en llegar y llevaron volúmenes de la hoja  a Alemania para transformarla.
Pero un aventurero se atrevió a más: presentó la propuesta de establecer una industria de separación de tres alcaloides de la coca: cocaína, higrina y egnonina en los Yungas del departamento de La Paz. Este hombre llamado Enrique Rusby inició en 1885 los trámites para obtener los privilegios de importación de la maquinaria para instalar una fábrica de cocaína.
En nuestro país, la industrialización ha sido constantemente parte del discurso económico estatal y en el siglo XIX se intentó incentivarla al otorgar el privilegio exclusivo de la explotación y venta a los inventores de métodos novedosos y a los importadores de maquinarias para fábricas.
Para acceder a estos privilegios, era necesario seguir algunos pasos que Rusby cumplió al llevar muestras de los tres alcaloides: la prometedora cocaína, beneficiosa como anestésico local; la egnonina, como adelgazante de la sangre, y la higrina, como tratamiento para el mal de altura. Presentó además diseños de la maquinaria y las sustancias necesarias para aislar los alcaloides de la hoja de coca junto con breves explicaciones del método para hacerlo.
Una comisión conformada por tres autoridades paceñas analizó las muestras y los planos de los aparatos y preparó un informe muy halagador sobre las propiedades de los alcaloides y las utilidades que generarían en caso de que tuviera lugar su industrialización y exportación con fines medicinales.  
Todo esto tomó tres meses: desde agosto de 1885 hasta septiembre del mismo año, cuando se lanzó una resolución que otorgaba a Rusby un privilegio exclusivo de importación y establecimiento de la maquinaria para la extracción de la cocaína, higrina y egnonina, con duración de seis años, aunque remarcaban que el éxito o fracaso de la empresa era responsabilidad absoluta de su persona y no del Estado.
Una oportunidad perdida
Rusby estaba entusiasmado con la instauración de la empresa, había viajado a Yungas y establecido contactos para la compra de terrenos y para asegurar proveedores de coca en la cantidad y calidad necesarias; la respuesta del gobierno, empero, sonaba fría y poco alentadora, pues, aunque no lo decía expresamente, al parecer Rusby tenía la intención de acceder a una concesión de terrenos baldíos, pero la actitud impersonal y poco interesada del gobierno lo desanimó.
Era el tiempo del auge de la plata y el régimen del presidente Gregorio Pacheco se inclinaba a dar preferencia, en lo económico, a la industria minera y no a otras menos conocidas y menos populares, como la de la cocaína y de otros productos.
Además, el conflicto político sempiterno, que en este caso enfrentaba  liberales y conservadores; el problema de la negociación tras la Guerra del Pacífico de 1879 y la embrionaria aunque presente lucha por la supremacía de La Paz frente a Sucre ocupaban demasiado la mente de los gobernantes de entonces, que dejaron pasar esta "oportunidad industrial”, ya que la fabricación de cocaína medicinal –en ese entonces legal- movió mucho dinero hasta fines del siglo XIX.
De los Andes a Java
Mientras Rusby hacía el intento de establecer un emporio de la cocaína, los alemanes compraban la coca "en bruto” de Perú y de Bolivia.
Haciendo números, en 1884 la producción de cocaína tan sólo del laboratorio Merck no pasaba de 500 gramos anuales; para 1904, el mercado recibía más de dos toneladas al año provenientes de dicha firma. Pero la hoja de coca usada para extraer toda esta cocaína había dejado de ser latinoamericana, pues Alemania llevó algunos plantines de la hoja milenaria a Java, donde no tardaron en cosechar la hoja del arbusto para abastecer a las compañías farmacéuticas industrializadoras.
Asimismo, el uso de la cocaína había empezado a reportar problemas; el más fuerte de ellos era que causaba adicción, falta extrema de apetito y alucinaciones psicóticas. A pesar de ello, las compañías siguieron produciendo y comercializando el alcaloide.
Rusby levanta las manos
No conocemos muy bien la causa, pero Rusby cejó en sus intentos y abandonó su trámite justo cuando, mediante la resolución, le exigían el pago de 200 pesos por la patente, que le daba el privilegio de extracción de cocaína en el país; seguramente que fue una mezcla de todo lo referido, lo que dejó al país, una vez más, a la zaga de la industrialización mundial; Bolivia se quedó sólo con la exportación argentífera y de cobre, pues la carrera por el procesamiento industrial de la quina también la había perdido ante Colombia.
El nuevo siglo vio la caída del mercado legal de la cocaína, que perdió popularidad como anestésico tras la invención de la procaína.
Posteriormente, el alcaloide fue víctima de una estrategia diplomática: una avanzada moralista estadounidense intentaba atacar el problema del opio llamando a una discusión mundial sobre los peligros de la adicción a esta sustancia e Inglaterra, que estaba directamente implicada en el tema, desvió la discusión al exigir que también se incluyera en el debate a la cocaína, cada vez más satanizada.
Las discusiones no llegaron a ninguna parte: se realizaron reuniones en 1909, 1912, 1913 y luego estalló la Primera Guerra Mundial, en la cual todo quedó en cero. Al finalizar esa conflagración, y dado que las compañías industrializadoras de la coca eran alemanas y estaban derrotadas, nada pudieron hacer ante una prohibición que dura hasta el presente.
Los otros alcaloides
Por supuesto, junto con la cocaína se han satanizado los demás alcaloides de la coca.
 La egnonina es un poderoso metabolizador de grasas, glúcidos y carbohidratos, un elemento que sería ideal para el control de las enfermedades del presente como la diabetes, el sobrepeso, deficiencias hepáticas, etc.
Aunque fue el primero en pensar en la industrialización de la cocaína, el sueño de Rusby quedó trunco.

El alemán fue un emprendedor que, de haber materializado su proyecto, habría establecido una industria que para darle matices diferentes al "problema” de la coca y así colocar en el mercado un producto incomprendido, estigmatizado y en muchos casos mal utilizado hasta el presente.

Mientras Rusby hacía el intento de establecer un emporio de la cocaína, los alemanes compraban la coca "en bruto” de Perú y de Bolivia.

 

 


   

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