Mi viaje al norte de La Paz

David Vildoso Lemoine tenía el sueño de conocer Yungas, que cumplió hace pocas semanas. Junto a sus acompañantes disfrutó los diferentes productos que la naturaleza ofrece en esa región.
miércoles, 18 de diciembre de 2013 · 21:27
En los meses que radico en La Paz pude empaparme de todos sus encantos, pero uno de mis sueños fue siempre conocer Yungas, que en semanas pasadas se hizo realidad.
Un viernes al anochecer partí de Villa Fátima en un minibús rumbo a Caranavi. Fui en compañía de mi amiga, la doctora Martha Gutiérrez, el doctor Ramiro Fernández y una delegación de más de 35 alumnos de la carrera de Veterinaria de la Universidad Pública de El Alto (UPEA). El viaje tenía el propósito de que los alumnos compartan sus conocimientos. Además mi persona debía dar una charla sobre valores humanos.
"Ya estamos a 5.000 metros sobre el nivel del mar”, me aclaró la doctora Martha. "Ahora empezamos a bajar, estamos a 3.500 msnm”, continuó.
Cuando terminó el camino asfaltado, el vehículo ocupó el carril izquierdo. "Es así, hay trayectos que el conductor debe manejar por su izquierda porque está de bajada”, me dijo la doctora Martha al ver mi rostro de asombro.
Soy una persona con los nervios de acero, pero éstos se volvieron de elástico al ver el velocímetro que marcaba 80 kilómetros por hora. ¡Y por el carril contrario!
Un instinto nunca antes experimentado hizo que yo frenara el vehículo desde mi asiento, sin que nadie se dé cuenta.  ¿Imagínense que algún conductor de venida o ida se equivoque de carril a esa velocidad? Yo con mi imaginación ya me había estrellado contra una volqueta.
A casi dos horas de viaje, nuestro transporte se parqueó detrás de un bus tamaño barco. "¡Derrumbe debe ser!”, se escuchó.
Delante de nosotros había como 30 vehículos bien parqueados en la orilla de la carretera, ante un muro infranqueable de un derrumbe reciente. Toda una montaña se había venido abajo y sólo un tractor tendría la fuerza para desbloquear el paso.
Con la ayuda de una linterna reconocí el terreno. A mi izquierda había un precipicio recto y profundo que daba a un río, era mejor no mirar hacia la derecha, hacia los peñascos, porque parecía que toda la montaña se venía abajo.
Después de una hora reinó una calma fantasmal, hasta que cayó una piedrita del tamaño de un balón de una parte del peñasco, por suerte, sin impactar a ningún vehículo, pero fue suficiente para alarmar a todos.
Unos salieron de sus transportes y otros encendieron las luces de sus movilidades, como para calmar su ansiedad. Por fin después de una espera de una hora y media, apareció un tractor que tardó casi una hora en despejar el camino.
"En este mismo lugar, hace unas semanas, un bus y un minibús de transporte interprovincial fueron alcanzados por un alud como éste. El primero fue golpeado y cayó 70 metros hasta el río, mientras que el vehículo más pequeño fue cubierto por la tierra, sobre la misma carretera, fallecieron 19 personas”, me comento mi anfitriona.
Entonces un frío invisible envolvió todo mi cuerpo. "Gracias por no contarme antes”, alcance a decirle.
Casi al amanecer  llegamos a la hermosa Caranavi, que está al borde de los ríos Yara y Coroico. Definitivamente es un paraíso natural verde, con aire puro, con cascadas y un aroma sabor a café recién molido.
Después de una reparadora estadía en Caranavi pasamos a la propiedad de la familia Gutiérrez, fueron dos horas más de viaje.
La finca de la doctora Martha está ubicada entre los cantones Santa Rosa y Suapi. El lugar se asemeja al paraíso que describe la Biblia. Miles de aves nunca vistas por mí nos dieron la bienvenida con sus himnos alegres.
Al día siguiente, muy temprano, con  el hermano de la doctora Martha, Roberto Gutiérrez, su sobrino Gabriel Parra y Elvin Rivera nos internamos en el denso bosque, íbamos de cacería.
El aire era tibio y delicioso por tanta vegetación; los árboles eran tan altos como un edificio de más de cuatro pisos.
Muy emocionado y afanado participé de la caza de un chancho montes. Lo acorralaron en su madriguera que impregnaron de humo, hasta que el animal sacó su hocico y fue muerto de un balazo por mi nuevo y obstinado amigo Roberto. El animal era inmenso, apenas terminamos de comer su deliciosa carne en dos días; comimos "chicharrón y asado al horno”.
Por la tarde fuimos a cosechar naranjas y mandarinas. Me encantó conocer el cacao y saborear su fruto a la sombra del mismo árbol. Lo que más llamó mi atención fue que no utilizan ningún agroquímico para cultivar, todo es orgánico. También me impactaron los criaderos de peces "paku”. La forma como los prepararon "al horno” fue una exquisitez.
Cómo no agradecer a las hermanas de la doctora Martha, Marleny y Susy, y a su hija Raquel Castillo, que me hicieron sentir como en casa. Y por su atención a Viky y Guido Castillo.
Antes de retornar conocí Alto Beni. Hablé con el alcalde Joaquín Benito y me entrevistaron en su radio  Voz de Alto Beni.
Esta experiencia me hizo palpar y saborear lo maravillosa que es nuestra amada Bolivia y a pesar que el camino a los Yungas es conocido mundialmente como "El camino de la muerte” y que los mosquitos me trataron muy mal, ya estoy listo para volver nuevamente.
1
9

Comentarios

Otras Noticias