Los efectos de una guerra que no se ve

El filme En la niebla, de Sergei Loznitsa, según el autor muestra a tres partisanos bielorrusos que luchan contra la invasión nazi en 1942 y son presentados sin caer en una idealización.
jueves, 26 de diciembre de 2013 · 21:31
              Rafael Vidal Sanz
Sergei Loznitsa es un cineasta ucraniano nacido en Bielorrusia que se especializó en el documental. Quizá su obra más célebre sea Blokada (Bloqueo), sobre el sitio a Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial; o Mal de archivo, que toma una idea del filósofo Derrida como título y nos lleva en ruta hacia los más curiosos rincones de la propaganda soviética.
Pero en los últimos años, decidió iniciar el tránsito a la ficción, y en 2010 presentó en el festival de Cannes My Joy, su ópera prima ficcional, que sigue a un camionero que se adentra en la Rusia profunda. Y en la edición de Cannes de este año presentó En la niebla, un filme que obtuvo el Premio Fipresci de la crítica internacional.
En la niebla está basada en una novela del bielorruso Vasiliy Vladimirovich Bykov, que se centra en la actividad de tres partisanos que lucharon, en 1942, contra la invasión nazi. El comienzo nos ubica en la vida clandestina de dos partisanos que se topan con un tercero, del que desconfían y asimilan como colaboracionista, y a partir de entonces se nos descubre el pasado de estos personajes a través de una serie de flash-backs que reconstruyen la trayectoria que les ha llevado a ese conflicto.
Lo más destacado del filme es la ausencia de la guerra, o mejor dicho, su presencia fuera de campo. Y es que el director Loznitsa ha decidido eludir la representación directa de batallas campales, pues lo que le interesa es la intrahistoria y, ante todo, la lucha clandestina.
Todo el filme es sumersión en pequeñas vidas camufladas, y la guerra nos llega como un eco, como una presión constante que impulsa a la huida y al escondite, impidiendo una vida estable. Así, la maldad acecha fuera de campo, y lo milagroso del filme es su capacidad de mostrar esa sumersión de la maldad en el propio partisano que lucha contra el supuesto origen del mal, el nazismo.
Porque lo que mejor muestra En la niebla es el carácter social del mal: el mal no es innato, sino que se desarrolla en una serie de condiciones que determinan la vida del individuo, y la vida clandestina, en constante peligro, es una causa de ello. Porque los partisanos no son idealizados, son mostrados en toda su crudeza y bestialidad.
Una crítica de En la niebla debe recaer, siempre, en su título, donde aparece el elemento atmosférico niebla. Su uso nace de su propia entidad: la niebla impone una ceguera involuntaria, es una capa de agua suspendida que parece, en un primer momento, infranqueable, pero al final se descubre en su inmaterialidad. Todo lo invade pero a nada afecta, salvo a la posibilidad de visión, que siempre lleva a un fundido en blanco. Y es que la niebla sirve aquí para reflejar una guerra desconocida, en el fuera de campo, que no podemos adivinar, y que genera una ansiedad en el personaje ante la parcialidad de conocimiento del mundo.
Y en la pesimista conclusión, Loznitsa logra manejar a la perfección el plano secuencia con los elementos plásticos, revelando una maestría que a veces está ausente en el resto del metraje. De todos modos, el hecho de que salga una obra realizada en Bielorrusia es, de por sí, un hecho sorprendente, teniendo en cuenta el régimen férreo que mantiene un gran aislamiento del país hacia el exterior.
Pero no en vano, esta exportación de discursos nacionales, de cine realizado en el país, no procede directamente de ellos, sino que han requerido de un mediador que toda crítica de En la niebla debe señalar: ha sido un director nacido en Bielorrusia pero que ha vivido en Ucrania desde la infancia, Sergei Loznitsa, y reconocido por la crítica cinematográfica, quien se ha adentrado en la historia bielorrusa para representarla en celuloide y llevarla a Europa. Porque en caso contrario, Bielorrusia nos seguiría pareciendo un país sin cine.  (Extracine)

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