Héroes de verdad

“Esa señora es, para mí, la verdadera heroína de La Paz”. Y con las palabras de mi hijo, todos despertamos.
jueves, 26 de diciembre de 2013 · 21:21
María José Rodríguez
es especialista

en comunicación corporativa.

Cuando la vimos, no reparé en ella con la curiosidad con que lo hizo mi hijo. Él es un ser más sensible. Esa es la primera razón de ello. Pero, además, guarda nuevecita y casi sin estrenar su capacidad de asombro ante la novedad social, un mundo sobre el que viene adentrándose desde que la adolescencia lo ha cogido y él a ella.
Bajábamos del aeropuerto de El Alto a las tres de la mañana. Los vuelos suelen llegar a Bolivia a cómodas horas para las líneas aéreas e incomodísimas para los pasajeros y, como la oferta es reducida para llegar o salir del país, entonces, el horario es un raro lujo al que ni siquiera pensamos en acceder (tema para otra nota).
Volviendo a la heroína de esta historia. Ella hacía parte de las sombras de la madrugada, una más y tan gris como todas las demás en el amanecer también gris paceño. Encorvada –y no por el peso del bulto que, atado a sus hombros, recaía sobre su espalda- hacía su rutinario trabajo: barrer las calles con atados de paja amarilla que, según dicen, son más eficientes que las mismas escobas. Cada papel, cada botella plástica, ovillos de viento y mugre callejera, colillas de cigarrillos; todo con minucioso cuidado.
"Esa señora es, para mí, la verdadera heroína de La Paz”. Y con las palabras de mi hijo,  todos despertamos de ese sopor que creemos natural, con el que miramos las cosas.
Fijamos la vista de nuevo, mirando, esta vez, desde el alma. Tanto nos detuvimos en ella que casi contábamos las pelusitas que recogía y comenzamos a reconocer algo que debió ser obvio desde siempre: hay personas a las que no agradecemos y, sin embargo nos beneficiamos de su trabajo que transcurren en medio del viento punzante de los amaneceres serranos y el olor a basura, orina y alcohol de las urbes.
"Y, ¿crees que le pagan bien, mamá?” Más allá de un sí o un no, la pregunta me dejó pensando, qué es "bien” en ese contexto; cuánto abarca ese término en cuanto a sacrificio; porque no es lo mismo limpiar las calles de día  y sin peligros, con algo más de calor y luz, que hacerlo en las negruras de las frías madrugadas. "No sé hijo, pero voy a averiguarlo”.
Le prometí investigar para hacer el  ejercicio de dotar dimensiones objetivas a lo intangible. Cuánto puede valer para el municipio el desvelo de esta mujer, su frío, la exposición a la inseguridad crepuscular de las ciudades y sus nauseabundos restos de vida.
Cuánto valdrá aquello, más allá de las horas de trabajo y de la poca refinación del mismo; pues se trata básicamente de usar una escoba y un recogedor, no se requiere de formación ni experiencia. Pero ¿es eso lo único que cuenta?
Es posible que en las nóminas de la Alcaldía el salario dependa de la formación y especialización técnica del trabajo.  ¿Deberían en estos casos también pesar las incomodidades, los riesgos, la obvia falta de sueño, entre otras cositas que parecer tan obvias?
Pues sí, porque sería la única vía en que mañana nuestros hijos vieran, con otros ojos, el esfuerzo de la gente que hace nuestros días más limpios y menos grises en una ciudad en la que la basura casi nunca es dejada en su lugar.
También serviría para cambiar hábitos urbanos, pues si todos supiéramos que la ciudad paga, con nuestros impuestos, salarios  caros que se basan también en el peso del sacrificio del trabajador;  entonces le daríamos dos vueltas antes de lanzar el papelito de dulce en medio de la acera.  
Si viéramos a esta heroína con el valor que tiene para la ciudad, no solo la libraríamos de estar confinada a ser fantasmas urbanos de la madrugada, si no que abriríamos los ojos para ser mejores personas.

 

 


   

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