Viaje al equilibrio

Alejandro González Romero cuenta un viaje que hizo por distintas ciudades y lugares del país para buscarse y encontrarse. Tras el mismo comprendió que a pesar del caos, todo estaba en su lugar.
jueves, 26 de diciembre de 2013 · 21:38
El viaje comenzó en mi propia ciudad, pues a veces los viajes son más que ir de un lugar a otro. Pero bueno, una serie de situaciones personales me terminaron de empujar hacia la ciudad de La Paz, más precisamente a Sopocachi, donde fui alojado por un ser muy luminoso, a quien no conocía – y que tampoco me conocía– pero que, pese a eso, accedió a alojarme a petición de una querida amiga que de pronto no pudo hacerse cargo de mi cobijo y respetando su compromiso previo conmigo, me había buscado este lugar alternativo.
Fui a la ciudad de Chuquiago con el pretexto de tomar un taller de teatro, pero me llevé carpetas de dibujos, el currículum, los discos, etcétera, decidido a buscar un espacio para trabajar como ilustrador, músico, actor o lo que fuera, pues de alguna manera estaba escapando de mi ciudad creyendo que ese cambio radical podía alejarme de tantos fantasmas de los que era presa o perseguidor, según la ocasión o el personaje involucrado en ese fragmento de historia en particular.
El hogar en el que me cobijaron y el rumbo que tomaron los diferentes ejercicios que se propusieron en aquel taller de teatro parecían decirme algo (o tal vez era yo quien necesitaba sentir que algo me decían) y por una semana los lamentos cesaron levemente para dejarme ver nuevamente al mundo como algo más grande y luminoso que mis sinsabores y remordimientos.
El asunto es que cuando ya era momento de regresar, la tensión volvió a subir, y de pronto las cosas comenzaron nuevamente a no salir como las esperaba. Una serie de llamadas nocturnas me provocaron profundas perturbaciones y decidido a reparar algunas cosas que quedaban muy pendientes, y pese a una total escasez de recursos económicos, decidí correr el riesgo de no volver a mi ciudad sino de procurar un importante encuentro en Cochabamba.
Se había vuelto prioritario solucionar un asunto pendiente que requería que demostrara de la forma más sincera que estaba apenado por ciertas conductas que habían dañado a una persona muy importante para mí, buscaba una reconciliación.
Llegué a la ciudad de Cochabamba a las 23:00, aproximadamente, esperé empapándome bajo una lluvia inclemente por un par de horas antes de considerar la posibilidad de que la persona a la que quería ofrecerle mis disculpas en realidad había decidido dejarme ahí plantado en venganza. Luego de un tiempo sabría que así fue.
Sentado solo, sin que nadie supiera dónde me encontraba, las luces en el asfalto se reflejaban oscurecidas, eran parte de este mundo mío que había perdido por completo el equilibrio y se había tornado en penumbra y borrasca.
Una llamada bastó para que otro personaje luminoso apareciera. Una persona que desde hacía ya más de un año era para mí un referente de sabiduría y comunión con el universo. Gracias a esta persona, esa noche me tocó dormir en una casa que fue demolida a la mañana siguiente. Un lugar en sus últimos silencios.
Esa noche el viaje se tornó visible y recién me percaté de todo lo que en realidad estaba sucediendo a mi alrededor. Comúnmente se dice que uno "toca fondo” pero creo que esto va más allá que esa simple resignación de seguir cayendo.  
Mientras me distraía mirando un documental acerca de Bob Dylan (que tan acertadamente me regaló mi segundo maestro en este viaje), el sueño me venció y la inmensidad de aquel lugar resignado a desaparecer me susurró al oído y sin duda creo que algo de mí se quedó en aquel lugar para desaparecer con los escombros de aquella casa, para hacerle compañía en su propio viaje de cosa perecedera.
Aún recuerdo  aquella casa resignada a desaparecer. A ésa que parecía decirme que no quería dejar de estar ahí, la recuerdo allá donde ahora hay otra construcción, la siento en ese pedazo mío que del otro lado de la balanza sonríe mientras jugamos al sube y baja. Me acuerdo mucho de ese viaje y lo mucho que hizo por mi vida.
Esa mañana, al salir de esa casa, el amanecer volvió a tener aspecto de amanecer en lugar de parecer infinita sucesión de ocasos.  El mundo seguía golpeando furibundo, nada se había solucionado, todo seguía como estaba pero mi percepción era diferente y de pronto todo parecía volver a estar en el lugar correcto pese al reinante caos.
En lugar de pedir un dinero prestado para soportar el día ahí antes de retornar a Sucre, emprendí el viaje por tramos, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, para llegar a casa por la noche, cansado pero sonriente, iluminando el camino con mi propia mirada, con paciencia para solucionar mis malestares y energía para enfrentar a mis demonios.
Había comprendido la importancia del equilibrio.

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