Desde la superficie

María José Rodríguez es especialista en comunicación corporativa.
martes, 3 de diciembre de 2013 · 22:01
Quién diría. Las primeras dos semanas del nuevo Gobierno, la conversación y las noticias habían girado entorno al atuendo del presidente. Si se presentaría en camisa, con la tradicional y famosa chompa o con saco. Por supuesto las corbatas quedaron fuera de la conversación.
Los rumores decían  que el traje de posesión habría salido del tintero y talento de Canedo (sí … la diseñadora) o que serían una de las inspiraciones andinas de algún asesor nutrido de conocimientos ancestrales.
Después no  se hablaba más que del vestido de la novia y el de la hermana "real”; el atuendo y la mirada del novio y de su beso frío o quizá cauto por la realeza del momento y la profundidad del acto en un tiempo en el que la lucha del pueblo debe también marcarse en todos los símbolos del amor más tradicional y pacato que alguien se pudiera imaginar.
Las urbes se comen los símbolos de princesas de Disney sean coloniales o no, tengan toques ancestrales o no, sean andinocentristas e idealistas o no.
Ahora ya se rumora cómo será la boda edilicia, si en los puentes trillizos o en la laguna de Cota Cota; si bajo las farolas del Palacio Consistorial o entre las dunas del Valle de la Luna. Que si el vestido es demasiado calado o está bien, que la juventud de la novia, que si el novio estará elegante o vestido al estilo étnico. Sabemos que el Jardín Japonés ya está siendo redibujado en las mentes más chismosas de la paceñidad, sólo porque a alguien se le ocurrió decir que ése sería el lugar elegido por la flamante primera dama de la ciudad.
Si es allí o no, si el vestido es blanco o rojo, no es realmente relevante. Lo es, en cambio, la seducción que la frivolidad ejerce sobre nosotros (y no sólo paceños sino todos los bolivianos), la fuerza  con que las pequeñeces nublan nuestra mirada y la desvían, finalmente, de la realidad que nos rodea: esa sin glamour, de calle y no de cuento, de olores humanos y no un lecho de rosas.
Y la frivolidad nos inunda, con o sin bodas de la nobleza política.
Ella mira la realidad como desde un caleidoscopio que tuerce, moldea, quiebra y rearma las formas que en realidad  están fuera de su lente. Ella, vestida siempre de minifalda, no importa la edad, tiene el poder, es la conductora de televisión (y no me refiero a la novia edilicia) que finge la voz para aparentar sonreír desde el alma. Ella es la misma en todos los canales. El patrón se repite en rubias y morenas.
 Las mañanas, salvo pequeñísimas excepciones, se diluyen entre comentarios sobre los peinados, las penas de otros y el sabor maravilloso de la marca del té que las auspicia. Ya era la caja boba, bien boba, pero ahora, con la invasión de chicos vestidos de viernes en la noche y actitud de reventón continuo, las noticias de la mañana casi han dejado de existir.
A las siete de la mañana una pensaría que las noticias son frescas y bien buscadas, pasa de canal en canal y lo más nuevo conseguido es el repris de las notas ya vistas, ya conocidas, en el noticiero de la noche anterior.  
Las entrevistas sí son frescas, pero los temas son tan insoportablemente light que no podrían caber en el significado de lo que es noticia. Y para colmo nadie tiene empacho en mostrar al ballet de alguna escuelita o las últimas bandas de cumbia villera u otras versiones para rellenar de vida nuestra mañana y mandarnos al trabajo con sólo la espuma de la realidad.
¿Será, la frivolidad, el preludio de la debacle? Quizá. Lo seguro es que es un claro síntoma de decadencia; la prueba final de cómo hemos dejado en "pausa” la realidad y su análisis. Hay algo que se pudre ahí abajo y preferimos reír fingiendo que miramos más arriba.

 Lo seguro es que es un claro síntoma de decadencia; la prueba final de cómo hemos dejado en "pausa” la realidad y su análisis.

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