Fiesta en el pueblo

Marcelo Paredes Lastra Patayperro
martes, 3 de diciembre de 2013 · 22:09
Sólo me puse la máscara de moreno para la foto y ya empecé a transpirar y sofocarme. No entiendo a quién se le ocurrió fletar el traje con una máscara de hojalata para bailar en los Yungas. El detalle de la máscara no lo hablamos en la fraternidad durante los ensayos, seguro porque todos sobreentendían que no había que ponérsela.
Miré alrededor y me di cuenta que era el único cojudo que estaba cargando su máscara, los demás la dejaron en La Paz y traían sólo su sombrero.
Ésa no era mi primera desubicación en la fiesta de Huancané, un pueblito en Sud Yungas que es mucho más que un recodo del camino antes de llegar a Chulumani. Sus calles empinadas son el lugar de origen de los nunca bien ponderados huancaneños, una comunidad muy alegre que vive de los lindos recuerdos cargados de café y cítricos.
Yo tengo pocos recuerdos de este paraíso y por eso siempre seré un recién llegado a la fraternidad. Sólo fui un par de vacaciones a disfrutar del inmenso terreno de mi padre. En esas ocasiones, me subía a un árbol, estiraba mi mano para agarrar una mandarina, exprimía el jugo en mi boca hasta que menguaba el chorro y tomaba otra mandarina.  Así podía estar horas, de rama en rama y sin bajar del árbol. Así era antes los Yungas. Ahora no hay frutas, no hay terreno, no hay padre.
Decidí ir por primera vez a la fiesta de Huancané al año que murió mi padre. Él había ido a la fiesta, dicen, a despedirse, pues regresó directo al hospital con una pequeña hemorragia cerebral que poco a poco paralizaba su cuerpo. Murió justo un mes después de la fiesta del pueblo, que se celebra el 16 de noviembre.
Fraternidad 16 de Noviembre: ése es el nombre de la fraternidad a la cual entré por invitación, aunque tenía cierto derecho por herencia, pues era hijo de un auténtico huancaneño. Siendo honrados, la mayoría de los que bailamos somos hijos, parientes políticos o amigos de los originales pueblerinos. Nos llaman residentes (residentes en La Paz).
En la fiesta del pueblo también bailan los comunarios, los que viven en el pueblo, los cocaleros, pues ésa es la producción que predomina en la zona. Otro grupo de bailarines es el de los estudiantes del colegio, que suelen cambiar de danzas cada año. Una vez también vi a auténticos afros bailando la saya.
La fiesta es pequeña, porque Huancané es pequeña. Si bailamos tres comparsas en la plaza, las melodías de las danzas se yuxtaponen y tus pies no saben si seguir el ritmo de la morenada o del pegajoso tinku. Por eso se debe tener cierto instinto para elegir el momento de intercalar el baile con la farra, aunque es posible hacer ambas actividades. Eso sucede con la costumbre de invitar cajas de cerveza a los bailarines a medida que recorren las cuatro esquinas de la plaza. A veces también debemos ir a calles aledañas para recibirlas de los vecinos en su puerta.
Cada regalo de cajas es acompañado de la diana de la banda y de muestras de agradecimiento, como rodear al anfitrión y "airearlos” con los sombreros o bailar la cueca, si la situación lo amerita. La cerveza se va por cuatro caminos: para el anfitrión, los bailarines, los músicos y para la bodega, es decir, el lugar donde se la guarda para luego venderla y recuperar algo de los gastos de la fraternidad.
Mi primer año en la fiesta lo pasé recogiendo y anotando las cajas de cerveza. Era el recogedor y aguatero oficial de la fraternidad. Hasta ahora me gozan de que tomé al pie de la letra la función de aguatero, pues llevé agua cuando en realidad lo único que se toma es cerveza y whisky.
Ya son cinco los años que pertenezco a la fraternidad, de los cuales sólo pude bailar en dos ocasiones y hubo un año en el cual no pude ni siquiera viajar al pueblo. Otros llevan más de 25 años bailando y muchos más forjando sus recuerdos de infancia y adolescencia en medio de los árboles.

Yo, aún soy un invitado al pueblo de mi padre, creo que tardíamente llegué a formar parte de este pueblo. A veces siento que estoy forzando mi pertenencia a un lugar y a un grupo, pero es la necesidad gregaria que tiene el ser humano de pertenecer a un colectivo que me hace sentir bien en esa fraternidad. Si los vieran a los fraternos en las reuniones previas: solemnes y serios preparando la fiesta y riendo de las desgracias diarias. Son como niños.

En la fiesta del pueblo también bailan los comunarios, los que viven en el pueblo, los cocaleros, pues esa es la producción que predomina en la zona. Otro grupo de bailarines es el de los estudiantes del colegio.

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